n una reciente entrevista concedida a la agencia española EFE, el Jefe de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana, Michael Parmly, adoptando poses risibles de agorero de mala estofa, señaló que “el cambio ya ha comenzado en Cuba y que serán los cubanos quienes decidan el cómo y cuándo se efectuará el mismo”. ¿A qué cambio se habrá referido el señor Parmly ante el corresponsal de EFE? No quiero imaginarme, por supuesto, que lo haga refiriéndose a la utópica y cacareada “transición democrática” de la que constantemente hablan sus jefes del Departamento de Estado y los acólitos de Washington que pululan por varias ciudades de Europa en busca obsesionada de dinero y protagonismo.
En Cuba, es cierto, sí se experimenta un cambio, pero no es al que se refiere Michael Parmly. Ya Fidel comentó al respecto, en su pasado discurso del 17 de noviembre de 2005, en el acto por el aniversario 60 de su ingreso a la universidad, efectuado en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, lo siguiente, al referirse a la actual batalla por el ahorro de combustible y electricidad, así como al enfrentamiento a las ilegalidades y, en particular, a los primeros resultados obtenidos en esa batalla: “… estamos actuando, estamos marchando hacia un cambio total de nuestra sociedad.” La razón de este cambio es obvia ya que, como explicó Fidel: “Debemos estar decididos: o derrotamos todas esas desviaciones y hacemos más fuerte la Revolución destruyendo las ilusiones que puedan quedar al imperio, o podríamos decir: o vencemos radicalmente esos problemas o moriremos.”
El cambio actual que se produce en Cuba, señor Parmly, no es para destruir las bases de la Revolución Socialista, sino para perfeccionarlas y adecuarlas a la actual coyuntura nacional e internacional. No es, por tanto, el esperado cambio promovido desde Washington o desde la SINA, sino impulsado por los propios revolucionarios. Esa es la sustancial diferencia que usted no puede comprender.
De la misma manera, Parmly sostuvo en la entrevista la dudosa afirmación de sus jefes en la Casa Blanca de que Washington carece de interés en provocar la ruptura de las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, cuando en realidad es harto conocido que las actuales provocaciones de la SINA son un claro reflejo de la creciente hostilidad de la actual administración norteamericana hacia la Isla y no buscan otra cosa que aumentar las tensiones entre las dos naciones, complaciendo de esta forma a la ultraderecha norteamericana y a la mafia miamense. El descaro de Parmly alcanza el límite de lo indecible cuando expresó que las fundamentadas denuncias de Cuba al respecto son reflejo de un “miedo al cambio'' por parte de la dirección de las Revolución. Sería sano recordarle a mister Parmly que Cuba carece de miedo a Estados Unidos y a cualquier maniobra que provenga de ellos. Como señaló Fidel en el mencionado discurso: “Más vale que no quede ni la sombra del recuerdo de ninguno de nosotros y de ninguno de nuestros descendientes antes de que tengamos que volver a vivir tan repugnante y miserable vida”, con lo que ratificó que el único cambio posible y aceptable por los cubanos es aquel que beneficie al pueblo, y cambiar hacia el pasado es un retroceso inaceptable.
Asumiendo una total y cínica desfachatez, el Jefe de la Sección de Intereses norteamericana en la Habana, declaró: ''No me importa lo que puedan decir los líderes del país, sino lo que dice el pueblo''. Parece ser que el pasada 24 de enero Parmly se hizo el ciego (o el tonto) para no percibir la clamorosa voz del pueblo cubano, representado por 1 400 000 capitalinos, frente al nido de víboras que representa, o ¿será, acaso, que el pueblo para él sea solo el reducido e insignificante grupúsculo de mercenarios bajo su cobija?
Y como para mantener la tensión al clímax, declaró con toda la repulsiva prepotencia propia de los ocupantes de la Casa Blanca que mantendrá la proyección de los mensajes provocadores desde el edificio de la SINA. Cuba por su parte, como espero, sabrá darle una oportuna y contundente respuesta a este provocador de turno como se la ha sabido dar a sus antecesores.
30 de enero de 2006