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3 de febrero de 2006
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ALAI
Agencia Latinoamericana de Información - 2 de febrero de 2006
Tiempo de ambigüedades
Los movimientos sociales en la encrucijada
El proceso bolivariano liderado por Hugo Chávez es heredero del
primer levantamiento popular contra el neoliberalismo en el continente (el
Caracazo de 1989), que hizo entrar en crisis el sistema político
venezolano. Ironías de la vida, la potencia del chavismo proviene, en gran
medida, del carisma de un líder que sustituye a los movimientos que lo
llevaron al poder.
Raúl Zibechi
Cuando en febrero de 1989 la población más
pobre de Caracas bajaba de los cerros para frenar el ajuste neoliberal
implantado por el recién electo Carlos Andrés Pérez, nadie pensaba que
aquella insurrección popular –sofocada por el ejército asesinando cientos
de personas- representaba una inflexión de larga duración en las luchas
sociales de ese país, pero también a escala continental. Con los años
llegaron otros levantamientos (Ecuador a partir de 1990, luego Chiapas,
Paraguay, Argentina, Bolivia…) que, salvando algunas diferencias,
encarnaban el nacimiento de nuevos actores sociales que tenían en común
que vivían en los “sótanos” de sus sociedades, por utilizar un término
acuñado por el subcomandante insurgente Marcos.
Pero en Venezuela,
además de similitudes, hay algunas diferencias que vale la pena destacar,
y que explican el destacado papel que viene jugando Chávez. Los
movimientos venezolanos comparados con los de los más pobres del
continente, parecen difusos, borrosos, de escasa visibilidad aunque la
contundencia de sus acciones –como la derrota del golpe de Estado de abril
de 2002 y del paro petrolero del año siguiente- los han tornado en actores
destacados. A tal punto, que Michael Hardt sostiene que lo que
verdaderamente obsesiona a la administración de George W. Bush no es la
retórica antimperialista de Chávez (ni tan extrema ni tan coherente como
otras a las que se enfrentó el imperio) sino la autonomía de esos
movimientos que son los que verdaderamente están marcando los rumbos del
proceso bolivariano.La diferencia venezolana Sin embargo,
no hay en Venezuela nada organizado que se parezca a la CONAIE ecuatoriana
(Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador), ni a las juntas
vecinales o los cocaleros bolivianos o a los piqueteros argentinos, por no
mencionar los casos mejor estructurados del movimiento sin tierra
brasileño o del zapatismo chiapaneco. Dicho de otro modo, en Venezuela no
encontramos movimientos abarcativos con estructuras que les garanticen
visibilidad, estrategias y tácticas, dirigentes conocidos y todas esas
características que revisten los movimientos institucionalizados.
Esta situación, realmente novedosa respecto al resto del
continente, puede explicarse en alguna medida como consecuencia del
hundimiento del sistema político a lo largo de los años 90. Este naufragio
no sólo precipitó la desintegración de los partidos tradicionales (desde
los socialcristianos y la socialdemocracia hasta las izquierdas), sino que
se llevó consigo al vertical y corrupto movimiento sindical. Todo lo
institucionalizado se disolvió en el aire, parafraseando la célebre frase
de Marx.
Pero hay algo más, que consiste en realidades
subterráneas que sólo el tiempo y análisis más sólidos podrán iluminar.
Los pobres de los cerros no optaron por crear organizaciones a imagen y
semejanza de las que se habían hundido en el desprestigio por la
corrupción y la subordinación al Estado y los partidos, sino que crearon
multitud de espacios dispersos y escasamente o nada articulados. No vemos
en Caracas, a diferencia de El Alto en Bolivia, estructuras más o menos
centralizadas que agrupen a los barrios. Ciertamente, esta “ausencia” es
funcional a un liderazgo como el de Chávez, pero tiene además la enorme
ventaja de que no ofrece tantas facilidades para la cooptación como las
organizaciones tradicionales. La falta de articulación y de centralización
es lo que explica el éxito que han tenido los movimientos de los pobres
venezolanos a la hora de desarticular el golpe de Estado y el paro
petrolero, las dos principales iniciativas de las elites que habrían
triunfado si se hubieran enfrentado sólo al aparato
estatal. Chávez, imán de los movimientos Así como el
presidente Chávez tiene un enorme poder de atracción en su país, se ha
convertido en el referente más importante de la izquierda continental,
casi a la par de Fidel Castro. Pero el chavismo no sólo tiene sintonía con
los movimientos: interviene en ellos e intenta subordinarlos a sus
objetivos. Un caso evidente es el del movimiento sindical, al lado de cuya
tradicional CTV (vertical, corrupta y aliada de las patronales) el
chavismo impulsó la creación de la UNT utilizando para ello los recursos
del Estado. El cientista social Héctor Lucena asegura que así como los
empresarios antichavistas no descuentan el jornal de los trabajadores que
hacen paros contra el régimen, “el gobierno también financia a los
empleados públicos que participan en sus frecuentes marchas y actos
públicos, y a quienes no lo son, les brinda apoyo material, logístico y
financiero” (1).
A escala regional, el chavismo está siendo capaz
de influir en multitud de movimientos, de forma directa o indirecta. En
noviembre se realizó en Caracas el primer encuentro latinoamericano de
empresas recuperadas, al que asistieron gran cantidad de representantes de
varios países. El resultado fue muy satisfactorio tanto para las empresas
gestionadas por sus obreros como para los promotores del encuentro.
Gracias a los abundantes fondos con que cuenta el Estado venezolano, se
firmaron acuerdos de cooperación que permitirán a unas cuantas empresas
contar con asesoramiento, recursos y mercados, con los que antes ni
siquiera podían soñar.
Por otro lado, el chavismo emite un potente
discurso en varios terrenos que van desde la integración regional y la
crítica a los Estados Unidos, hasta las bondades de los planes de salud y
educación que se llevan adelante en el país con apoyo cubano. A través de
periódicos y medios como Telesur, que son financiados por el Estado
venezolano, pasando por múltiples organizaciones políticas y sociales que
se identifican con el proceso bolivariano, el chavismo cuenta con una
amplia red de multiplicadores en todo el continente. Los foros sociales,
más allá de las actitudes e intenciones del gobierno de Chávez, vienen
mostrando crecientes simpatías hacia ese proceso, como lo muestra la
reciente “contracumbre” realizada en Mar del Plata, donde algunos
movimientos argentinos actuaron como fieles defensores de los gobiernos de
Chávez y Kirchner.
En el amor como en la cooptación se necesitan
dos (como mínimo). Sería demasiado simplista culpar sólo a los gobiernos,
y hacernos los distraídos cuando los de abajo eligen el camino fácil de la
subordinación, ya sea por comodidad, pereza para luchar por la autonomía o
a cambio de beneficios materiales. Ahora que toda América Latina está
salpicada por gobiernos progresistas y de izquierda, se ha instalado el
tiempo de la ambigüedad: las declaraciones de autonomía y de “mandar
obedeciendo” a menudo esconden la sustitución de la política desde abajo
por la estatista, que siempre es política desde arriba.
(1) Héctor
Lucena, “La crisis política en Venezuela”, Clacso, Buenos Aires, 2005, p.
90.
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