n su informe anual,
presentado ayer en el Capitolio, el presidente George W. Bush puso en evidencia
el enorme desgaste político, ideológico y moral de su gobierno y la carencia de
percepciones precisas de la realidad y de ideas nuevas para enfrentar sus
críticas circunstancias internas y externas. Demagógico en el ámbito doméstico,
Bush se refirió a una "construcción de prosperidad" que contrasta con la brutal
concentración de la riqueza que ha tenido lugar en los cinco años que lleva en
el cargo, a programas sociales que no guardan relación con el crecimiento de la
pobreza en el país más rico del planeta y a disminuciones impositivas
irrealizables, y provocó aplausos emocionados con una oferta de reforma al
sistema de seguridad social envuelta en un sentimentalismo caritativo. Insistió
en el reforzamiento de las fronteras; abogó por medidas de apoyo a la educación
con un sistema educativo postrado por los recortes presupuestales e infestado, a
instancias del propio Bush, por supersticiones anticientíficas. Al resto del
mundo, el presidente ofreció más de lo mismo: reforzamiento del "liderazgo
planetario" estadunidense un liderazgo que no ha dejado de declinar durante
su gestión y promoción de "la libertad" y la "democracia" de acuerdo con el
significado real que estas palabras poseen en la política exterior tradicional
de la superpotencia: sumisión y obediencia de otros gobiernos a Washington. El
mandatario permaneció fiel a sus propias obsesiones en torno al "terrorismo
internacional" y dio un tono de urgencia a la ofensiva en curso contra Irán por
las actividades nucleares que desarrolla el gobierno de Teherán.
Mucho más significativo del verdadero "estado de la Unión" es lo que Bush no
dijo en su informe: el avance del autoritarismo, el recorte a las libertades y
derechos fundamentales, el recurso sistemático a la tortura, el desprecio a los
procesos democráticos que no son del agrado de Washington, la corrupción
escandalosa y generalizada en el gobierno y en la iniciativa privada del país
vecino, la indolencia criminal de las autoridades federales ante el desastre de
Nueva Orleáns, el declive de la influencia de la Casa Blanca en Sudamérica, los
2 billones de dólares gastados hasta ahora en la aventura militar en Irak, las
casi 19 mil bajas (entre muertos y heridos) estadunidenses en ese país y las
decenas de millones de dólares despilfarrados o robados en el contexto de la
"reconstrucción" del infortunado país árabe. El 11 de septiembre de 2001 sigue
siendo, a estas alturas, el ancla y la justificación principales y casi únicas
de la política exterior de la superpotencia; por ello su jefe máximo llamó al
Congreso a ratificar la (Ley) Patriótica, instrumento de un régimen de excepción
carente de propuestas.
Es tan extenso el abismo entre lo dicho por Bush y la vida real, que resulta
oportuno aplicarle la metáfora con que se describe, en México, la distancia
entre el discurso oficial y la realidad: Bush ha construido un país que no
existe más que en sus alocuciones; su fabricación verbal bien podría llamarse
Bushilandia, un territorio sicológico en el que el ocupante de la Casa
Blanca puede refugiarse y olvidar su angustiosa coyuntura política,
caracterizada por la caída de su popularidad, la desaprobación social a su
gestión, el estallido de escándalos de corrupción en su gobierno y en sus
entornos partidista y empresarial, la evidencia de que Washington no podrá ganar
la guerra que desató en Irak, el déficit fiscal histórico y astronómico, el
crecimiento injustificable de la pobreza y la desigualdad en la economía más
vasta del mundo.
Finalmente, la brecha que existe entre el informe de Bush y las realidades
estadunidenses tiene un correlato preocupante entre el creciente descontento
social y la facilidad con que la clase política de Washington entra en una
suerte de trance hipnótico con los exhortos patrioteros y sentimentales del
Ejecutivo. Y es que la complaciente audiencia del Capitolio dio muestras, ayer,
de su afán por seguir viviendo en Bushilandia.