Gennaro Carotenuto - rodelu.net |
5 de febrero de 2006
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Palestina
¡Nunca terminará!
Los occidentales intentan neutralizar a Hamas
asfixiando económicamente los territorios palestinos y
apuestan a la figura de garantía de Abu Mazen. Hamas quiere
gobernar y en Israel la derecha del Likud sueña con un triunfo
que una vez más pondría a los dos pueblos muro contra
muro.
Gennaro Carotenuto desde Roma
A una semana del triunfo de Hamas se delinea la que será una
larga pulseada. El “cuarteto” –el grupo de mediadores
conformado por Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y las
Naciones Unidas– exige, antes de iniciar tratativas, que Hamas
repudie la violencia, reconozca a Israel y al “mapa de ruta”.
Hamas contesta que lo que se esperaba era que el cuarteto
condenara la ocupación israelí. El cuarteto entonces amenaza
con condicionar el pago de las ayudas –mucho dinero, y aun más
en un país con una economía inexistente como Palestina– a la
aceptación de su diktat. Hamas responde que no se puede
castigar a los palestinos por su voto. Mientras tanto, por
ahora, en Israel prevalece una línea intransigente. No podría
ser de otra manera para el gobierno de Ehud Olmert que no
puede dejar espacio a la ultraderecha del Likud dirigida por
Bibi Netaniahu. Éste sale de su rincón y, con el triunfo de
Hamas, ve una posibilidad concreta de apostar al miedo de los
israelíes. Además Israel, por la condición colonial de
Palestina –un no Estado sin fronteras ni moneda–, cobra los
aranceles en lugar de los palestinos y los devuelve algo
relajadamente. Ahora bloquea ya los primeros 200 millones de
sheikels, unos 35 millones de dólares que pertenecen a los
palestinos. En el cuarteto hay distintas posiciones. El más
duro es George W Bush, los más blandos son los europeos que
temen desautorizar todo el castillo de la Autoridad Nacional
Palestina (ANP) y quieren dar a Hamas el tiempo de modificar
su discurso. El no pago de los fondos –sólo Bruselas paga 500
millones de dólares por año– podría precipitar a los
territorios en el caos. Palestina titubea entre la posible
división de poderes –un gobierno técnico respaldado por Hamas–
y la mecha que podría incendiar en cualquier momento una
situación extremadamente tensa. El presidente Abu Mazen no
dimitió hasta ahora y probablemente quedará en su lugar. El
presidente se encontró en Ramala con la cancillera alemana
Angela Merkel y le dijo: “Nada impide que quede en mi lugar
durante los próximos tres años”. Es un detalle importante y
probablemente lo que muchos países esperan de él. Bajo su
control quedan las fuerzas de seguridad palestinas, entre 30 y
40 mil policías más los servicios. Poderío militar en el
territorio, pero sobre todo sueldos mensuales relativamente
seguros. Así, Hamas heredaría un importante poder político
pero estará vigilado por su rival político y tendrá menos
cargos para repartir entre los suyos. Fatah por su parte
demora en recuperarse del golpe. La crispación en la base es
fuerte y los incidentes son diarios. Marwan Barghouti, el
hombre que muchos consideran el líder del futuro, aún no ha
hablado desde la cárcel. Como contrapartida al caos aparece la
iniciativa de convocar al primer congreso en 16 años del
partido-Estado que perdió el gobierno.
UNA HISTORIA COMPLEJA
El pueblo de Hamas es el pueblo de los campos de
refugiados. Es el pueblo desprotegido que vive de ayudas
internacionales y al cual Hamas tendió una red de servicios
sociales, sanitarios, educativos. Está en Gaza, en Hebrón, en
las aldeas y en los suburbios, pero también en Jerusalén,
donde ganó los cuatro escaños a pesar de la prohibición de
hacer campaña en la parte ocupada de la ciudad. Sin embargo,
en este pueblo hay por lo menos dos tipos de electores. De un
lado están los que reconocen a Hamas el liderazgo de la
resistencia durante la intifada Al Aqsa. Son los que reconocen
a los integristas la moralidad y la honradez y los que han ido
viendo en la religión respuestas que la laicidad no pudo
ofrecer en estos años difíciles. Pero del otro lado hay un
voto no consolidado. Es el voto de los que no aguantaban más
el callejón sin salida de una Fatah corrupta. Para estos
electores, la tregua proclamada por Hamas en una guerra
terrorista que no aprobaban y temían ha sido decisiva para
intentar un cambio difícil, controvertido pero inevitable.
Para seguir captando este consenso, Hamas debe seguir
balanceando su discurso. Hamas quiere decir “fervor” pero
también Movimiento de Resistencia Islámica. Aparece por
primera vez en los barrios marginales de Gaza y en los campos
de refugiados al inicio de la primera Intifada, en 1987. Una
nueva generación transforma en una organización resistente
aquella red asistencial religiosa que los “hermanos
musulmanes” habían tejido desde los setenta. Hasta entonces la
resistencia palestina había sido identificada con la laicidad
y la izquierda. La popularización de la lucha representada
por la Intifada cambia todo, y modifica profundamente la
percepción de los religiosos en cuanto a la cuestión nacional.
Si los sionistas piensan que Palestina es toda israelí y que
nada debe ser cedido a los musulmanes, Hamas piensa
exactamente lo mismo, aunque de manera especular: Palestina es
tierra musulmana y nada puede ser cedido a los israelíes.
Pronto nace el brazo militar, las brigadas Ezedín Al Qasam.
Durante la primera guerra iraquí los emiratos del Golfo cortan
las ayudas a Arafat –que había apoyado a Saddam Hussein– y un
río de dinero es administrado con extremada seriedad por los
fervorosos islamistas. Israel entiende demasiado tarde el
peligro y en 1993 llega el primer atentado suicida. Son los
años de auge de Arafat y del surgimiento, también dentro de
Hamas, de una posición pragmática dispuesta a aceptar las
fronteras de 1948. Yasín es el líder de estas posiciones
mientras los líderes en el exilio, empezando por Khaled
Mashaal, que hoy ejerce un papel fundamental, representan la
línea intransigente. Cuando comienza la segunda Intifada,
Hamas se toma su tiempo y sólo con la elección de Ariel Sharon
en febrero de 2001 la organización toma rápidamente el
liderazgo de la intifada Al Aqsa. Lo hace con las acciones
suicidas que causan el repudio internacional, pero también con
su capacidad asistencial. Hamas acepta la posibilidad de ser
una alternativa política a Fatah y apunta al retiro israelí
desde Gaza. Cuando esto se concreta maduran los tiempos de la
participación electoral y de cosechar primero los éxitos
administrativos y ahora los políticos.
LAS RESPONSABILIDADES
Las tratativas de Camp David fracasaron en
el año 2000 porque los israelíes, con el apoyo estadounidense,
no quisieron volver a las fronteras internacionalmente
reconocidas, a la línea verde de 1967. Yasser Arafat estaba
dispuesto a intercambios de territorios, incluyendo el barrio
hebraico, el Muro de los Lamentos y probablemente el barrio
armenio de Jerusalén, a cambio de una apertura al problema de
los millones de refugiados palestinos. Estos son los únicos
refugiados en el mundo cuyo derecho humano al retorno nadie
está dispuesto a reconocer. Es decir, Arafat estaba dispuesto
a renunciar para siempre al 78 por ciento de la Palestina
mandataria a cambio del 22 por ciento: Cisjordania y Gaza.
Israelíes y estadounidenses nunca consideraron discutibles las
fronteras de 1967 y pretendían repartir Judea y Samaria, donde
ya era irreversible la política colonial. El reparto hubiese
dejado a los palestinos un espacio que no tenía siquiera
continuidad territorial. Así –a pesar del derecho
internacional que no vale para estadounidenses y afines– se
pudo armar la colosal campaña mediática internacional que
presentó a Arafat como un irracional extremista que rechazó la
más generosa oferta. La humillación padecida entonces por
el nacionalismo laico palestino contribuye a explicar por qué
hoy ese pueblo acude al maximalismo de Hamas. El pueblo
palestino pauperizado, desesperado, derrotado, que en las
últimas décadas ha pasado de ser –junto al libanés– el más
laico de Oriente Medio, busca ahora en la religión, y cada vez
más en el fundamentalismo, una razón de identidad. Y ahora le
toca a Hamas volver a buscar un camino. A pesar de las
declaraciones, es probable que lo que quiera sea lo mismo que
pedía Arafat: las fronteras de 1967. Israel se siente fuerte y
sin embargo ¿qué puede pretender más de lo que ya obtuvo?
Puede pensar en seguir aplastando indefinidamente al pueblo
palestino sobre la base de su enorme poderío militar y el
apoyo y la ceguera de estadounidenses y europeos. Pero la
alternativa al desangramiento recíproco es la paz con
Hamas. Sharon, antes del derrame cerebral que lo barrió del
mapa político, era considerado por algunos incautos el Charles
de Gaulle israelí. Sin embargo la grandeza del general francés
se midió cuando trató con los “terroristas”, los partisanos
argelinos, y supo sustraer a Francia de una guerra colonial
sin sentido. Se dice, y es probablemente cierto, que los
palestinos no tienen una clase dirigente a esa altura. Sin
embargo es Israel el que necesita su Charles de Gaulle porque
la de Cisjordania es una guerra colonial, y sin
sentido.
Publicado en Brecha el 3 de febrero de 2006
Gennaro
Carotenuto
Columnista del semanario Brecha
de Uruguay
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