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5 de febrero
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en español - Febrero de 2006
Después de esta guerra
Howard Zinn
La
guerra contra Irak, el asalto a sus gentes, la ocupación de
sus ciudades llegará a un final más temprano o más tarde. El proceso ha empezado
ya. Los primeros signos de rebelión están apareciendo en el Congreso. Los
primeros editoriales pidiendo la retirada de Irak han empezado a surgir en la
prensa. El movimiento contra la guerra ha ido creciendo, despacio pero sin
pausa, por todo el país.
Las encuestas de opinión pública muestran ahora
un país tajantemente en contra de la guerra y de la Administración Bush. Las
duras realidades se han hecho visibles. Las tropas tendrán que volver a
casa.
Y mientras trabajamos con una determinación creciente para que esto
ocurra, ¿no deberíamos pensar más allá de esta guerra? ¿No deberíamos empezar a
pensar, incluso antes de que esta vergonzosa guerra acabe, en acabar con nuestra
adicción a la violencia masiva y utilizar la enorme riqueza de nuestro país para
las necesidades humanas? Quiero decir, ¿No deberíamos empezar a hablar de acabar
la guerra, no sólo esta guerra u otra cualquiera, sino la guerra en sí misma?
Quizás ha llegado el momento de acabar con las guerras y llevar a la humanidad
por una vía saludable y reconfortante.
Un grupo de figuras conocidas
internacionalmente y aclamadas tanto por su talento como por su dedicación a los
derechos humanos como Gino Strada, Paul Farmer, Kart Vonnegut, Nadine Gordimer,
Eduardo Galeano y otros están a punto de lanzar una campaña a nivel mundial para
reclutar a millones de personas en un movimiento de renuncia a las guerras, con
la esperanza de alcanzar un punto en el que los gobiernos, enfrentados a una
resistencia popular, encontrarán difícil si no imposible hacer la guerra. Puede
ser que haya llegado la hora de poner en práctica esta idea.
Hay un
argumento persistente contra esta posibilidad que he estado oyendo de personas
que vienen de todos los sectores del espectro político: nunca podremos suprimir
la guerra porque está en la naturaleza del hombre. La respuesta más convincente
a este argumento está en la historia: Nunca hemos encontrado gente que
espontáneamente se haya lanzado a la guerra contra otros. Lo que sí nos
encontramos es con que los gobiernos deben hacer un esfuerzo tremendo para
movilizar a los ciudadanos para que vayan a la guerra. Deben atraer a los
soldados con promesas de dinero y educación; deben ofrecer a la gente joven,
cuyas posibilidades en la vida son muy escasas, que hay una oportunidad para
alcanzar respeto y estatus. Y si estos incentivos no funcionan, el gobierno debe
usar la coacción, tienen que reclutar gente joven, forzarlos a que cumplan el
servicio militar y amenazarles con la cárcel si no obedecen.
Además el
gobierno tiene que persuadir a la gente joven y a sus familias de que aunque el
soldado puede morir, aunque puede perder los brazos y las piernas o quedarse
ciego, todo es por una noble causa, por Dios, por la patria. Si analizamos la
interminable serie de guerras de este siglo no encontraremos a la gente
exigiendo la guerra sino mas bien resistiéndose a ella hasta que se les
bombardea con exhortaciones que apelan no a un instinto asesino sino a un deseo
de hacer algo bueno como extender la democracia y la libertad o derrocar a un
tirano.
Woodrow Wilson se encontró con una ciudadanía tan reacia a
meterse en el matadero de la primera guerra mundial que en su campaña
presidencial de 1916 prometió no entrar en ella: “Existe una nación que tiene la
dignidad de no luchar”. Pero una vez elegido, pidió y recibió del Congreso la
declaración de guerra. La arremetida de lemas patrióticos empezó, se aprobaron
leyes para encarcelar a los disidentes y los Estados Unidos se unieron a la
matanza que estaba ocurriendo en Europa.
En la segunda guerra mundial
había sin duda un imperativo moral que todavía resuena entre la mayoría en este
país y que mantiene la reputación de que la segunda guerra mundial era “una
guerra buena”. Había una necesidad de derrotar al monstruoso fascismo. Y esta
fue la creencia que me hizo enrolarme en las Fuerzas Aéreas y volar en misiones
de bombardeo en Europa.
Me empecé a cuestionar el decoro de la moralidad
de la cruzada cuando la guerra ya había acabado. Arrojando bombas desde una
altura de cinco millas no veía seres humanos, no oía gritos, no veía a los niños
destrozados. Pero ahora tenía que pensar sobre Hiroshima y Nagasaki, las bombas
incendiarias de Tokio y Dresde, la muerte de 600.000 civiles en Japón y un
número similar en Alemania.
Llegué a una conclusión sobre mi propia
psicología y la de otros combatientes: Una vez que habíamos decidido que nuestro
lado era el lado bueno y el contrario el malvado; una vez que habíamos hecho ese
cálculo tan sencillo y simplista no tuvimos que pensar en nada más. Podíamos
cometer los crímenes más innobles ya que todo estaba bien.
Empecé a
pensar acerca de los motivos de las potencias occidentales y de la Rusia
stalinista y me preguntaba si lo que les importaba era el fascismo o mantener
sus propios imperios, su propio poder, y si esa era la razón por la cual sus
prioridades militares eran tan sublimes que no podían bombardear las vías del
tren que llevaban a Auschwitz. De los seis millones de judíos asesinados en los
campos de exterminio (¿dejados asesinar?), sólo 60.000 se salvaron por la
guerra, un uno por ciento. Un artillero de otra tripulación, profesor de
historia con el que había entablado amistad me dijo un día: “Sabes, esta es una
guerra imperialista. Los fascistas son malvados pero nuestro bando no es mucho
mejor”. No pude aceptar la idea entonces pero se me quedó grabada.
La
guerra es indudable que crea de manera insidiosa una moral común para todos los
bandos. Envenena a todo el que se compromete con ella por muy distintos sean
unos de otros; les convierte en asesinos y torturadores como vemos en la
actualidad. Simula preocupación por derribar tiranos, y de hecho puede hacerlo,
pero la gente que mata son las víctimas de esos tiranos. Da la impresión de
limpiar el mundo de malvados pero esta impresión no perdura porque su propia
naturaleza engendra más maldad. Concluí que la guerra, como toda clase de
violencia, es una droga. Provoca una euforia rápida, la emoción de la victoria,
pero se pasa pronto y entonces se convierte en desesperación.
Todo lo que
podamos decir sobre la segunda guerra mundial para entender su complejidad, la
situación que la siguió, Corea, Vietnam, estaba tan lejos de la clase de amenaza
que Alemania y Japón habían supuesto para el mundo que esas guerras sólo podían
justificarse mediante el uso del reclamo de “una guerra buena”. Una histeria
contra el comunismo nos llevo al macartismo en casa y a las intervenciones en
Asia e Hispanoamérica – de manera abierta o encubierta- justificadas por “ la
amenaza soviética”, exagerada lo suficiente para movilizar a la gente a la
guerra.
Vietnam, sin embargo, demostró ser una experiencia aleccionadora
en la que la opinión pública estadounidense, durante un periodo de varios años,
empezó a comprender a través de las mentiras que le habían contado para
justificar todo aquel derramamiento de sangre. Los Estados Unidos fueron
obligados a retirarse de Vietnam y el mundo no se acabó. La mitad de un pequeño
país en el sureste de Asia ahora se había unido a su otra mitad comunista y
58.000 vidas estadounidenses y millones de vietnamitas se habían desperdiciado
para evitarlo. La mayoría de los estadounidenses habían llegado a oponerse a la
guerra en lo que constituyó el mayor movimiento antibélico en la historia de la
nación. Cuando la guerra de Vietnam acabó, la gente odiaba la guerra. Creo que
el pueblo estadounidense, una vez que se había levantado la niebla de la
propaganda, regresó a una situación más normal. Las encuestas de opinión pública
mostraban que la gente en Estados Unidos se oponía a enviar tropas a cualquier
parte del mundo por motivo alguno. Las clases dirigentes estaban alarmadas. El
gobierno se propuso deliberadamente superar lo que se había llamado “el síndrome
de Vietnam”. La oposición a la intervención de las tropas fuera del país era una
enfermedad que tenía que ser curada. Por lo cual debían alejar al público
estadounidense de su insana actitud manteniendo bajo estrecho control la
información, evitando el reclutamiento, y metiéndose en guerras cortas y rápidas
contra oponentes débiles (Granada, Panamá, Irak) para no dar tiempo a que la
gente pusiera en marcha un movimiento antibélico.
Yo diría que el final
de la guerra de Vietnam permitió al pueblo de Estados Unidos sacudirse el
síndrome de guerra, una enfermedad no natural para el cuerpo humano. Pero podían
contagiarse una vez más y el 11 de septiembre le dio al gobierno esa
oportunidad. El terrorismo se convirtió en la excusa para la guerra. El
terrorismo sigue siendo un fenómeno que aterroriza al mundo entero. Pero la
guerra no puede parar el terrorismo porque la guerra en sí misma es terrorismo,
reproduciendo el odio y la rabia como estamos viendo actualmente. La guerra es
una excusa para no llegar a las raíces del terrorismo y Estados Unidos se está
aprovechando de esto porque ocuparse de las causasen lugar de los síntomas
requeriría un cambio radical en su política.
La guerra en Irak ha sacado
a la luz la hipocresía de “la guerra contra el terrorismo”. No creo que nuestro
gobierno sea capaz de hacer una vez más lo que hizo después de la guerra de
Vietnam: preparar a la población para hundirse otra vez en la violencia y la
infamia. Me parece que cuando la guerra de Irak acabe y el síndrome de la guerra
se haya curado entonces habrá una gran oportunidad para que la curación sea
permanente. Mi esperanza es que el recuerdo de la muerte y la deshonra será tan
intenso que la gente de Estados Unidos será capaz de escuchar un mensaje que el
resto del mundo, liberado de guerras sin final, pueda también
entender.
Podemos estar al borde del entendimiento a nivel mundial de que
la guerra, definida como una matanza indiscriminada de un gran número de
personas (teniendo en cuenta la posibilidad de intervenciones humanitarias para
prever atrocidades), no puede ser aceptada ya más por ninguna razón, porque la
tecnología de la guerra ha alcanzado un punto donde inevitablemente el 90% de
sus victimas son civiles y muchas de éstas son niños, por lo cual cualquier
guerra, no importa las palabras que se usen para justificarla, es una guerra
contra los niños.
El gobierno de los Estados Unidos, como los gobiernos
de cualquier parte, están siendo denunciados como poco dignos de confianza, es
decir, que no se les puede confiar la seguridad de los seres humanos, o la
seguridad del planeta, o la protección del aire, el agua y las riquezas
naturales, o el acabar con la pobreza, la enfermedad o el alarmante crecimiento
de los desastres naturales que son como una plaga para muchos de los seis mil
millones de habitantes de la tierra.
Es verdad que son los gobiernos los
que tienen el poder, los que monopolizan la riqueza, los que controlan la
información, pero este poder con todo lo abrumador que pueda ser, también es
frágil. Depende de la sumisión y la obediencia de la gente. Cuando esa
obediencia se les retira, las entidades más poderosas, los gobiernos más
armados, las corporaciones más ricas no pueden llevar a cabo sus guerras o sus
negocios. Huelgas, boicots, no cooperación puede convertir en impotente a la más
arrogante de las instituciones.
El gobierno más poderoso de la tierra, el
de Estados Unidos, tuvo que retirarse de Vietnam cuando ya no pudo contar con la
lealtad de sus militares y el apoyo de sus ciudadanos. Hay un poder mayor que
las armas y la riqueza. De vez en cuando, en la historia hemos podido contemplar
el cese de las guerras y el derrocamiento de tiranías. A lo mejor ha llegado el
momento de acabar con las guerras y llevar a la raza humana a un camino de
bienestar y curación.
Quiero citar a Einstein quien reaccionó a los
intentos de “humanizar” la guerra diciendo: “la guerra no se puede humanizar,
solamente se puede abolir”. Esta clase de verdades valientes deben reiterarse
hasta que se fijen de manera que no se puedan erradicar de nuestras mentes;
hasta que las palabras se propaguen a otros; hasta que se conviertan en un
mantra repetido en todo el mundo; hasta que el sonido de esas palabras se vuelva
ensordecedor; hasta que silencien el ruido de las pistolas, los misiles y los
aviones.
• Título original:
After this
war
• Autor: Howard Zinn
• Origen: ZNet; Martes 03 de Enero, 2006
• Traducido por Esther Carrera y revisado por Felisa Sastre
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