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9 de febrero
de 2006 |
La
Voz de Galicia - 3 de febrero
de 2006
Solana, Hamás e Israel
Ramón Chao
ES
QUE UNO siempre será ingenuo. Ya lo decía Fernando Pessoa:
«Nin se sonha nin se vive; é uma infancia sin fin». Resulta que leo unas
declaraciones del inefable Solana y me digo: menos mal, dejó de ser un perrito
faldero de los yanquis y ha regresado a la posición pura y dura que debe tener
todo socialista digno de Pablo Iglesias. Dice: «La democracia y la violencia o
el terrorismo son incompatibles». Para mí, que hablaba del «país más democrático
del mundo»; un país que invade a una nación histórica y soberana con pretextos
engañosos; que tortura en Guantánamo, en Abu Ghraib; viola el espacio aéreo de
amigos y enemigos y causa miles de muertes -niños, mujeres, ancianos- con
ataques indiscriminados. Pues no: se refería a una porción expoliada de Oriente
Medio cuyo territorio están despedazando sus vecinos, que de paso asfixian a sus
habitantes cortándoles el agua y con muros ciclópeos que impiden toda
comunicación con el exterior. Pero Javier Solana no se arredra, que hasta parece
que tiene segundas intenciones: «Un grupo terrorista no se legitima
sencillamente porque haya ganado las elecciones». No sé cómo le confían a este
hombre esos cargos tan importantes, porque no hace más que aludir a las
elecciones conquistadas por el clan Dick Cheney, Wolfowitz y Georges Bush (hijo
mimado de una familia rica, según un consejero de Ronald Reagan; «estudiante
mediocre», según su propia confesión, alcohólico arrepentido gracias a Jesús y a
una secta religiosa, que llegó a la Casa Blanca al cabo de «la elección más
discutible y confusa de la historia política americana»).
Pero cuando
éste, Bush, declara que los Estados Unidos suprimirán las ayudas a Palestina si
los dirigentes de Hamás no renuncian a la destrucción de Israel, caigo en la
cuenta de que ambos, el amo y el lacayo, sostienen la misma posición. Hacen caso
omiso de la democracia que llevó al poder a Hamás, un grupo que desde hace un
año no practica el terrorismo.
Desafío a cualquiera, por muy Solana que
sea, a que me muestre un párrafo en el programa de Hamás donde se preconice la
destrucción de Israel, como los neoliberales aseguran. Cuanto más podrán
descubrir esto: «El Hamás islámico considera que la tierra de Palestina es una
tierra islámica confiada a generaciones de musulmanes hasta el Juicio Final». Y
añade: «Nadie puede renunciar a la mínima parte de ella».
Que nadie
venga a decir ahora que el proceso de paz se bloqueó porque triunfó Hamás. Ese
proceso está muerto desde fines de 1995: murió con Rabin, asesinado por un
colono israelí (y no palestino) y difamado sistemáticamente por la derecha de su
país. De forma semejante se dejó morir porque no hay interlocutores palestinos,
luego de haber ayudado a morir a Arafat, prisionero en su cuartel general
derruido a cañonazos; luego de haber ignorado la disponibilidad de Abu Mazen y
de años de iniciativas unilaterales de represión, colonización, descolonización,
asesinatos selectivos, construcción del muro, puniciones colectivas y
violaciones de todos los derechos.
Ya no es así ahora, porque Hamás ha
sido elegido democráticamente en medio de un cuadro internacional desolador, en
el que la democracia ha sido reducida a pura técnica de sufragio. Es una
organización de masas arraigada en el territorio, como lo prueban las obras
sociales que alienta. Si se ha manchado las manos con actos terroristas, lo
mismo han hecho todos los gobiernos de Israel, que debe reconocer la propia
responsabilidad en la tragedia de los palestinos, tiene que comprender las
consecuencias de la política israelí y norteamericana. Hamás debe optar por la
política. De otro modo, todos seremos tragados por el agujero negro que se ha
abierto con la ilegal guerra de Irak en el gran Oriente Medio.
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