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10 de febrero de 2006
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La Jornada
de México - 3 de febrero de 2006
Latinoamérica, en la mira de los halcones
Editorial
Más
temprano que tarde, el surgimiento de gobiernos latinoamericanos preocupados por
el bienestar social y por recuperar la soberanía nacional de sus respectivos
países se ha colocado como tema en la agenda estadunidense de "seguridad
nacional" y ha empezado a generar preocupantes tendencias injerencistas en
Washington. Ayer, dos importantes exponentes del intervencionismo militar y
paramilitar de Estados Unidos en el mundo, el secretario de Defensa, Donald
Rumsfeld, y el ex embajador en México (y en Honduras, y en Irak, y en la ONU),
John Dimitri Negroponte, actual jefe máximo de las agencias de espionaje del
país vecino, enumeraron entre las "amenazas" y las "preocupaciones" en este
rubro al gobierno de Hugo Chávez, en Venezuela; la presidencia de Evo Morales,
en Bolivia; las elecciones que habrán de realizarse en nuestro país, en julio
próximo, y el surgimiento de "figuras populistas radicales (que) abogan por
políticas económicas estatistas".
Es un hecho de sobra conocido que la evocación de amenazas "a la seguridad
nacional" o a los "intereses de Estados Unidos" ha sido, a lo largo de la
historia, el clásico correlato discursivo de los operativos de
desestabilización de gobiernos soberanos en este hemisferio. Con esos pretextos
Washington organizó el golpe de Estado contra Jacobo Arbenz en Guatemala en
1954; promovió actividades terroristas contra el régimen de Fidel Castro en
Cuba; patrocinó el sangriento cuartelazo del 11 de septiembre de 1973 en Chile;
formó escuadrones de la muerte en Centroamérica en los años 80 del siglo
pasado y envió, a finales de esa década, fuerzas invasoras a Granada y a Panamá.
No cabe, en consecuencia, ignorar la ominosa perspectiva que trazan las
declaraciones de Rumsfeld y de Negroponte, personajes ambos con una vieja y
repudiable trayectoria en materia de agresiones armadas, apoyo a actividades
subversivas y violaciones graves a los derechos humanos: en tiempos de Ronald
Reagan, Rumsfeld fue el encargado de apoyar a Saddam Hussein en su sangrienta
guerra contra Irán, promovió la invasión de Irak desde 1998 y, ya a cargo del
Pentágono, ha sido el instrumento para arrastrar a su país a la cruenta agresión
militar contra esa nación árabe. Negroponte fue el ejecutor, desde Honduras, de
los operativos terroristas contra el gobierno sandinista de Nicaragua y
coordinó las estrategias contrainsurgentes implantadas por Estados Unidos en la
región, estrategias que incluían la tortura, las desapariciones forzadas y el
exterminio de poblados enteros.
Para nuestro país resulta especialmente preocupante la mención de sus
elecciones de este año, asociada con esa alusión a "figuras populistas
radicales", que bien podría ser la percepción que genera en los halcones
de Washington uno de los candidatos presidenciales: Andrés Manuel López Obrador.
Hay, pues, indicios fundados para suponer que, tras el estrepitoso fracaso de
la invasión, el arrasamiento y la ocupación de Irak, el gobierno de George W.
Bush voltee hacia lo que Estados Unidos consideró siempre su "patio trasero", es
decir, nuestras naciones, y dirija a esta región sus afanes injerencistas. El
que esa perspectiva amarga se concrete o no dependerá, en buena medida, de los
márgenes de acción de que disponga la actual administración estadunidense, la
cual ha empezado ya a pagar las facturas políticas por su ineficiencia, su
corrupción, sus tendencias autoritarias y sus atropellos a la legalidad
internacional. En todo caso, es claro que la circunstancia demanda el
fortalecimiento de los lazos de solidaridad en América Latina ante el que ha
sido desde siempre su enemigo común.
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