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12 de febrero de 2006

Brecha de Uruguay - 10 de febrero de 2006

Tango feroz

Riñas y disputas por la celulosa

Argentina no negocia si no se detiene la construcción de las plantas de celulosa, y Uruguay no lo hace mientras se mantengan los cortes de ruta. Néstor Kirchner busca en su país el consenso que Tabaré Vázquez ya logró en el suyo. La demanda ante La Haya es, a la vez, una prenda de unión para los partidos argentinos y una amenaza para el gobierno uruguayo.

Guillermo Waksman
El lunes 6, en ocasión del Consejo de Ministros de Santa Teresa, el presidente Tabaré Vázquez habló públicamente por segunda vez del diferendo con Argentina por la construcción de las plantas de celulosa en Fray Bentos. La primera había sido el 17 de enero, cuando declaró a la radio AM Libre que “a este gobierno y a este pueblo no lo van a patotear”. En esta segunda ocasión Vázquez volvió a poner al país en posición de víctima: recurrió a una metáfora tanguera, identificando a Uruguay con una mujer prepoteada por su marido golpeador –léase Argentina– que castiga por las dudas, es decir por daños que no se sabe si dentro de unos años ocurrirán o no. Se infligen ahora castigos reales, graves –con “procedimientos que no son los adecuados”, aclaró en relación con pegarle a una mujer, lastimarla, golpearla o romperle algún hueso– para prevenir futuros hechos que podrán suceder o no. Habló de que el propósito del marido sería, según el tango, evitar, con esos métodos, una eventual infidelidad, un engaño, una traición, refiriéndose en realidad a una contaminación ambiental que podría afectar las aguas y las dos orillas de un río compartido (¿o habrá que decir ganancial?).
En esta peculiar partida de póquer sin mesa, naipes ni paño verde de por medio, el otro jugador, Néstor Kirchner, aludido como victimario, subió su apuesta dos días después al anunciar, por intermedio del secretario de su gabinete, que promoverá, previa aprobación del Congreso (que deberá reunirse en forma extraordinaria porque se encuentra en receso), una demanda contra Uruguay ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya. La competencia de ese tribunal está prevista en el Estatuto del río Uruguay y el motivo de la demanda será el incumplimiento, por parte del Estado uruguayo, de su obligación de haber consultado a Argentina antes de autorizar la construcción de obras que puedan afectar las aguas comunes. La omisión fue durante el gobierno de Jorge Batlle pero las autoridades argentinas reprochan al de Vázquez no haber hecho nada para repararla.
El presidente argentino no está obligado a obtener la aprobación del Congreso para presentar la demanda ante la Corte Internacional de Justicia. Pero quiere lograrla para reunir un apoyo partidario similar al que ya consiguió Vázquez en Uruguay y, de paso, ganar un poco de tiempo en espera de una negociación que salve la situación. El secretario del gabinete sostuvo que “por el momento” la vía de La Haya es la “única salida”, pero no descartó que antes haya una negociación política. Y en la escueta declaración oficial, el Ejecutivo plantea someter el diferendo ante La Haya “en caso de resultar necesario”.
Desde hace varias semanas ambas partes se mantienen en sus trece: cada una pone condiciones para negociar que sabe de antemano inaceptables para la otra. Argentina exige que se detenga la construcción de las plantas; Uruguay que el gobierno de Kirchner impida los cortes de ruta que no permiten la libre circulación por el puente internacional General San Martín.
Ha habido negociaciones discretas –los contactos Fernández-Fernández, entre Alberto, secretario del gabinete de Kirchner y Gonzalo, secretario de la Presidencia de Vázquez– y una conversación telefónica, el lunes 30. Pero la situación no se destraba y cada mandatario se siente obligado a echar un leño más a la hoguera. Esta semana, Carlos “Chacho” Álvarez, presidente del Consejo de Representantes del MERCOSUR, con sede en Montevideo, instó a ambos gobiernos a “salir de la lógica de la confrontación y pasar a la de la cooperación”. El ex vicepresidente argentino les pidió “un esfuerzo para incrementar el diálogo y crear las condiciones para avanzar” en la resolución del conflicto. Aclaró que no se estaba ofreciendo como mediador, pero dijo que era necesario “activar todos los mecanismos” para iniciar negociaciones entre los dos países y planteó la posibilidad de recurrir a los mecanismos previstos en el MERCOSUR, como había propuesto la cancillería uruguaya. En esa misma línea, el senador Enrique Rubio, si bien entiende que esa instancia no está contemplada en el acuerdo marco, sostuvo que “el MERCOSUR puede tomar este entredicho como punto de partida para iniciar una tarea conjunta de reglamentación y control ambiental, ya que todos sus miembros están fuertemente interconectados por la cuenca del Plata y los grandes ríos que la integran” (La República, martes 7).
Mientras tanto, a un ritmo de dos asambleas diarias –a las seis de la mañana y a las ocho de la noche– y con la tolerancia de las autoridades argentinas, que en otras provincias no permiten los cortes de ruta, los ambientalistas de Gualeguaychú advirtieron que el gobierno recién comenzó a escucharlos en abril, cuando empezaron a movilizarse, y que les ha prestado mayor atención a medida que se han mostrado más duros en sus acciones y más firmes en sus exigencias. Las interrupciones del acceso a los puentes por pocas horas o por uno o dos días, no tuvieron mayores efectos. En enero, el turismo argentino hacia el este uruguayo disminuyó muy poco –4 por ciento– o simplemente no aumentó, y la caída se debería, más que nada, a los elevados precios uruguayos o a un clima que no fue nada propicio para la playa. Pero ahora el corte del puente se ha mantenido, hasta el cierre de esta edición, durante seis días, ha llegado a haber unos 300 camiones trancados (a un costo de 200 dólares diarios por cada uno), hay alguna –muy poca– mercadería que se echa a perder; hay algunos vehículos de carga chilenos que sólo pueden salir si regresan a su país. La movilización adquiere otra dimensión y si bien empiezan a surgir diferencias entre los ambientalistas (algunos propusieron la ruptura de relaciones con Uruguay y otros el levantamiento de las medidas hasta Semana Santa, aunque la mayoría se mantiene lejos de ambos extremos), ya tienen muy claro que su presencia no es sólo testimonial. Más bien se han convertido en el principal factor para que el presidente Kirchner no afloje ni un tranco de pollo y, si alguna duda cabía, ha quedado probado que no eran manipulados por Busti.
Los cortes de ruta y las declaraciones duras, a veces provocativas, de algunos altos funcionarios de ambos gobiernos, generaron un clima de tensión. Da la sensación de que pueden producirse incidentes en cualquier momento y además el ambiente es propicio para que circulen todo tipo versiones falsas. Una muestra es la que, a partir de un cable de la agencia española EFE, fue incluida en todos los portales de internet en la tarde de ayer, jueves: habría habido desplazamientos de tropas uruguayas hacia la zona del litoral, para prevenir una eventual “invasión de ambientalistas” que podría afectar las instalaciones de las dos plantas de celulosa. El cuartel de Fray Bentos, que tiene 200 efectivos, sería reforzado con otros cien, procedentes de Tacuarembó y Durazno. La oficina de Relaciones Públicas del Ejército publicó un desmentido para aclarar que el único despliegue de tropas en el litoral se realizó, a solicitud del Ministerio de Ganadería, “para prevenir el ingreso al territorio uruguayo de agentes de contagio de la fiebre aftosa que provengan de la República Argentina, tal cual acaba de detectarse en la orilla occidental del río Uruguay, provincia de Corrientes”.
El canciller Reinaldo Gargano, el intendente de Río Negro, el blanco Omar Lafluf, y el secretario general del Partido Colorado coinciden en que se está violando de modo flagrante el derecho a la libre circulación entre los países socios del MERCOSUR. Las empresas de transporte –uruguayas, argentinas y chilenas–, los camioneros, los empresarios turísticos del litoral se sienten perjudicados por los cortes. Sólo una empresa asegura que, hasta ahora, no se ha visto lesionada en sus intereses y que el tiempo que pueda haber perdido en la construcción será fácilmente recuperado: se llama Botnia y así lo declaró su directivo Carlos Faroppa. Más claro, echale cloro.
Los árboles que no dejan ver el bosque
Es todo un síntoma que ni siquiera haya acuerdo sobre lo que se discute. El debate central, que interesa tanto a Uruguay como a Argentina, debería ser acerca de si el funcionamiento de las plantas de celulosa a instalarse en Río Negro implica graves riesgos de contaminación, y si esos daños son controlables por las autoridades uruguayas. A este respecto son decisivos los estudios técnicos independientes, realizados por profesionales de los dos países involucrados y con participación de expertos internacionales.
En segundo lugar, es fundamental para Uruguay un debate que permita determinar si el desarrollo de la política forestal –incluso en tierras aptas para la ganadería y la agricultura– contribuye o no al país productivo. En este mismo sentido, habría que establecer qué gana el país con la industrialización de la madera realizada en zonas francas y exportadas desde puertos ubicados en las mismas.
Tercero, para saber cuánta razón asiste a cada país en este conflicto, y también cómo le puede ir a ambos en un eventual litigio, sea ante la Corte Internacional u otro tribunal, habría que analizar si Uruguay, durante el gobierno de Jorge Batlle, desconoció o no el Estatuto del Río Uruguay, que obliga a los dos países que lo comparten a consultar al otro en caso de realizar obras que puedan tener efectos sobre sus aguas o en la población que habita en sus orillas. Habrá que tener en cuenta, eso sí, que en cualquier controversia jurídica, nacional o internacional, hay dos bibliotecas, y cuando no las hay, siempre es posible inventar la que haga falta.
Hay más preguntas pendientes de respuesta. Todas ellas han estado incidiendo sobre el centro de los debates, ya sea sobre los aspectos ambientales, políticos y jurídicos de la cuestión. Por ejemplo, ¿tomar una posición en estos temas implica adherir a una “causa nacional”, es decir ponerse una camiseta, ya sea celeste o albiceleste? ¿Jorge Busti es una bellísima persona o dio manija en Entre Ríos sólo porque no pudo ponerse de acuerdo con Botnia y ENCE para que se intalaran en esa provincia? ¿Cuánto puede haber incidido en los manifestantes entrerrianos la opinión de Busti? ¿Los cortes de ruta son un método de lucha legítimo? A la luz de sus respectivas historias, ¿es posible exigir a los dos gobiernos que actúen del mismo modo frente a los piquetes? ¿Es lícito que un gobierno los tolere cuando conviene a sus intereses y los reprima cuando los contraría? ¿Greenpeace actúa igual ante todos los riesgos ambientales que hay en el mundo? ¿Hay intereses económicos atrás de cada una de las posiciones (las plantas argentinas de celulosa; el grupo Clarín, al cual pertenece una de ellas; Ñandubaisal, el balneario entrerriano privado que compite con Las Cañas)?
Valdría la pena que estas interrogantes también tuvieran sus respuestas. Pero tengamos conciencia de que son accesorias y que, cualesquiera sean, en nada afectan lo que es imprescindible conocer acerca de lo medular de la discusión.
 
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