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10 de febrero de 2006
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El País
de España - 10 de febrero de 2006
Entre manipulaciones y fetuas
Juan Goytisolo
1. En 1989, inmediatamente después de la fetua del imam
Jomeini contra Salman Rushdie por su visión novelesca del Profeta en
Los Versos Satánicos, recibí una llamada telefónica de Londres para
solicitar mi adhesión a la carta abierta de medio centenar de
intelectuales en defensa de la vida y la libertad del escritor. La misiva,
publicada un par de días más tarde en The Times, salió con mi
firma: recuerdo que fui el único español que figuraba entre los
signatarios y el único también que aprobó su contenido desde un país
musulmán. Las razones que me indujeron a ello -además de mi sostén por
principio a la libertad de expresión- eran de dos órdenes. El primero,
expuesto anteriormente en mi ensayo 'De la literatura considerada como una
delincuencia' (Contracorrientes, 1985), se fundaba en la
dificultad, por no decir imposibilidad, de extraer los elementos
estrictamente religiosos, políticos o ideológicos de un texto de ficción,
en la medida en que sólo cobran sentido y pueden ser analizados en el
interior del proyecto artístico del autor. El segundo, de mayor peso,
consistía en señalar que Salman Rushdie, escritor inglés y cuya obra fue
publicada en Inglaterra, no podía ser juzgado por un delito que no lo era
fuera de Irán. Invocar una razón religiosa, por respetable que sea, para
violar la legalidad internacional resulta inadmisible en el mundo
posterior a la Carta Fundacional de Naciones Unidas, pues equivaldría, por
ejemplo, a dar la razón a la política expansionista de la derecha
religiosa israelí para adueñarse, en nombre de la promesa bíblica, y con
la brutalidad que sabemos, de lo que queda de Palestina. Este último
argumento lo expuse un año después ante un pequeño grupo de periodistas
iraníes durante mi estancia en su país, sin que ninguno de ellos alcanzara
a darme una respuesta mínimamente aceptable.
2. La visión del Profeta por parte de la Cristiandad responde a
una animosidad vieja de siglos. Desde el nacimiento del islam, centenares,
por no decir millares, de panfletos y libros, desde obrillas supuestamente
devotas a los magistrales versos de Dante, lo dibujan con las tintas más
negras y lo caricaturizan con saña. La bibliografía sobre el tema es
extensa y no me demoraré en él.
Contrariamente a nosotros, no hallamos un trato equivalente con Jesús
en el espacio musulmán, ya que Aisa, hijo de José y de María, es un
profeta del islam y, por ello, objeto de veneración como los demás
nabi-s de Dios. Una película como La última tentación de Cristo
chocó más a los musulmanes que a los occidentales laicos: Irán y la
mayoría de gobiernos árabes la prohibieron. Pero gran parte de los fieles
musulmanes ignoran o no comprenden esta diferencia: "¿Por qué nosotros
respetamos y queremos a Jesús y vosotros insultáis a Mahoma?". Para unos,
Jesús no es, simplemente, el Hijo de Dios; para los otros, Mahoma encarna
el impostor por excelencia.
Este malentendido tiene la piel muy dura. Desde el obispo Juan de
Segovia (siglo XV) hasta el papa Juan XXIII, las tentativas de establecer
un vínculo de coexistencia pacífica entre las dos grandes religiones
monoteístas han dado escasos frutos. Mientras los exaltados del Occidente
católico se calientan hoy los cascos con lo de la "marea negra islámica" y
hablan de Covadonga, los islamistas radicales retoman el lenguaje y la
violencia indiscriminada de la yihad y denuncian las agresiones
reales o supuestas de los cruzados.
3. En el ámbito islámico que se extiende desde Filipinas al
Atlántico, el lenguaje político tiende a ser reemplazado por el de los
teólogos. Las razones de dicha sustitución están a la vista de todos. Las
grandes potencias europeas combatieron los nacionalismos arabomusulmanes
contrarios a sus intereses y apoyaron a los gobiernos despóticos
favorables a ellos. El islamismo salafista era percibido hasta fecha
reciente como una fuerza amiga en cuanto opuesta al comunismo soviético y
al espíritu emancipador de Bandung. Las experiencias liberadoras y
nacionalistas de Mosadegh y Sukarno acabaron con golpes de Estado
fomentados por Occidente. Mientras los disidentes soviéticos recibían el
apoyo de éste en nombre de la libertad, los musulmanes laicos fueron
abandonados a su suerte en aras de consideraciones geoestratégicas o de
sustanciosos acuerdos económicos con los Estados que los reprimían y
encarcelaban. Tal política de dos pesos y dos medidas halla su ejemplo más
convincente en el caso de Palestina: ninguna de las resoluciones de
Naciones Unidas tocante a los territorios ocupados ha sido cumplida por
Israel, gracias al apoyo incondicional de Estados Unidos.
La frustración de los países islámicos sometidos a gobiernos corruptos
e incompetentes aliados de Occidente ha sido la causa de la creciente
desafección de sus pueblos por el presunto sistema democrático en el que
desmedran. Los partidos políticos -en los Estados en donde son tolerados-
han perdido toda credibilidad y las elecciones plebiscitarias son vistas
como un ritual en el que los resultados favorables al poder se cocinan de
antemano. En dichas circunstancias, el lenguaje religioso-social ha
sustituido paulatinamente al político. Si los principios democráticos con
los que Bush justificó la invasión ilegal de Irak se aplicaran hoy de
Indonesia a Marruecos, no me cabe duda de que los islamistas alcanzarían
una confortable mayoría como la que han logrado el partido de Recep
Erdogan en Turquía, Hamás en Palestina y las agrupaciones religiosas
chiíes en Irak. Esta realidad tendría que inducirnos a reflexionar y
evitar ecuaciones mortíferas como la de musulmán = islamista = terrorista.
La llegada al poder de gobiernos democratamusulmanes como el de Ankara
debería, al contrario, ser alentada en la medida en que introducen el
islam político en la arena de las democracias parlamentarias. Cada país,
cada situación regional, exige ser analizado de forma puntual y concreta.
Las generalizaciones son nuestro peor enemigo. Pakistán no es Irán; ni
Egipto, Arabia Saudí; ni Marruecos, Libia. Olvidar estas premisas es la
forma más segura de sembrar los vientos que propician el proyecto global
de los radicales salafistas y el conflicto de civilizaciones anunciado por
Huntington.
4. Los principios democráticos consensuados en Occidente después
de dos siglos de lucha intelectual y política son irrenunciables por más
que hayan sido repetidamente conculcados por sus proclamados heraldos con
toda clase de guerras, agresiones y tropelías coloniales o
neocolonialistas. No es de extrañar, por tanto, que sean percibidos por
las víctimas de tales atropellos como un vacuo ejercicio de hipocresía.
Los palestinos expulsados de sus hogares desde hace más de medio
siglo y hacinados desde entonces en el infierno de Gaza no pueden
entender fácilmente nuestra defensa cerrada de ellos. Imaginar que el
martirio de Sarajevo, el genocidio de Srbrenica y la extinción de Grozni,
conmovedoramente retratada en el filme de Manon Loizeau, no iban a
cobrarnos un precio es vivir fuera del planeta.
¿Debemos resignarnos al juego de arrojar nuestros muertos contra los de
ellos? ¿Dejarles evocar los de Palestina, Bosnia, Irak o Chechenia para
esgrimir los millares de inocentes asesinados en Nueva York, Londres o
Madrid? ¿Volver al espíritu de las cruzadas invocado por algunos fatuos
representantes de la derecha intelectual y política aznariana para
combatir la delirante yihad de Bin Laden y sus sangrientos
compinches? Los extremismos se sostienen y alimentan recíprocamente, y lo
peor es hacerles el juego.
Insisto: el respeto de los valores ajenos, en la medida en que son
respetables, es el fundamento de las sociedades democráticas. Por dicha
razón, ni la poligamia, ni la discriminación de la mujer, ni las prácticas
aberrantes de las sociedades subsaharianas y nilóticas tocante a la
ablación tienen cabida, por ejemplo, en el ámbito europeo ni pueden ser
toleradas. Las leyes las prohíben y nuestra razón las condena. Tratándose
de otros aspectos de orden religioso que podemos calificar de respetable,
la consideración y reciprocidad se imponen. Pues no se trata sólo de una
cuestión de valores, sino de sensibilidad respecto a las creencias
ajenas.
5. El lamentable asunto de las viñetas publicadas en el diario
danés Jyllands-Posten revela con crudeza las múltiples facetas y
ambigüedades del problema. La caricatura de Mahoma con una bomba por
turbante en la cabeza -con su equiparación insidiosa entre musulmanes y
terroristas- me parece una generalización tan abusiva como insultante.
Carente de todo valor artístico -como el que se podía invocar en el caso
de Salman Rushdie-, y políticamente lesiva -conforme los hechos se han
encargado de probar-, arroja aceite al incendio del muy poco espontáneo
conflicto de civilizaciones cuya mecha prendieron los terroristas del 11-S
a fin de ocultar la existencia del incubado en el seno de la que
presuntamente encarnan entre unas tradiciones anacrónicas y la aspiración
a la modernidad. Sólo una ínfima minoría de musulmanes son terroristas,
pero decenas, quizá centenas de millones, pueden sentirse ofendidos por
las viñetas y reaccionar con furor contra ellas. Mahoma no es Bin Laden
como Jesucristo no fue el Gran Inquisidor. Ningún conocedor del vasto
espacio arabomusulmán hubiera aprobado la publicación de las caricaturas,
por muy legal que sea, de haber tenido la posibilidad de hacerlo. La
crítica razonable de lo propio y el respeto de lo ajeno que estimamos
respetable -una actitud en los antípodas de la exaltación patriotera de
los ultranacionalistas y xenófobos- debería ser la aguja de navegantes en
el océano encrespado que atravesamos. No se trata de capitular ante las
amenazas de un enemigo fanatizado, sino de advertir las diferencias
existentes entre una sociedad mayoritariamente pragmática y
librepensadora, y una sociedad de creyentes.
La democracia tiene que mantenerse firme en sus principios y evitar
toda claudicación, pero exige flexibilidad en la aplicación de sus reglas.
Suscribo lo escrito por los editorialistas de The Guardian -"no
sería apropiado, por ejemplo, reproducir una viñeta antisemita de las que
se publicaban en la Alemania nazi"- y de Financial Times -"la
libertad de expresión es una de nuestras libertades más apreciables. Pero
no es absoluta: no incluye el derecho de gritar '¡fuego!' en un teatro
abarrotado"-. La libertad no nos exime de un mínimo de responsabilidad y
el Jyllands-Posten no ha mostrado responsabilidad alguna. Si sería
un desatino en un ambiente crispado como el nuestro publicar un editorial
titulado ¡Los catalanes quieren desmembrar a España!, lo de la
bomba y Mahoma es más insensato aún en una situación explosiva agravada
por cuanto acaece en Oriente Próximo. ¡Bastante fuego hay como para
arrojarle más leña!
Por mi parte, sin apartarme un ápice de la defensa de la libertad de
expresión, me sumo al proyecto de Alianza de Civilizaciones promovido en
Naciones Unidas por el presidente del Gobierno como el mejor antídoto
contra la espiral de irresponsabilidad y violencia avivada por los
extremistas de los dos bandos.
Juan Goytisolo es escritor.
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