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17 de febrero de 2006
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Página12
de Argentina - 17 de febrero de 2006
El mejor resultado posible
Luis Bruschtein
Haití es el segundo país más pobre del mundo. Y probablemente sea donde más
han intervenido los sucesivos gobiernos de los Estados Unidos, desde los
primeros independentistas hasta los demócratas más liberales como Woodrow
Wilson, y los republicanos más conservadores, como Ronald Reagan. Invadieron,
pusieron dictaduras como la del Papa Doc y condicionaron y exprimieron su
economía. Es una de las regiones de América latina donde la intervención
norteamericana ha sido más obvia y permanente. Y el resultado ha sido el mayor
desastre de América latina: inestabilidad política, una economía devastada, más
del 80 por ciento de la población en la pobreza, catástrofe ambiental y una
mortandad pavorosa por el sida. La responsabilidad histórica de Estados Unidos y
de Francia sobre esta realidad es vergonzosa. No le dieron una sola oportunidad
para levantar cabeza.
La independencia haitiana de Francia, en 1804, fue
la primera en América en seguir el camino abierto por la independencia
norteamericana. Pero gran parte de los independentistas norteamericanos eran
esclavistas, en tanto que los independentistas haitianos eran esclavos
sublevados. Estados Unidos tenía que apoyar la independencia, porque además
alejaba a Francia de sus fronteras, pero no podía dejar que cundiera el ejemplo
de los esclavos sublevados. Entonces llegó a un acuerdo con Francia: los
haitianos serían independientes, pero deberían pagar a Francia por su
independencia. O sea, fue un país que nació con una pesada deuda externa y su
destino independiente fue pagarla a costa de su miseria. A partir de allí,
Estados Unidos y Francia monitorearon sus gobiernos y su economía. El resultado
está a la vista.
Tras la caída de Bertrand Aristide, con la saga patética
de golpes de Estado, presiones económicas feroces y puestas en escena con
mercenarios “luchadores de la libertad”, Haití estaba hundida en el caos, en
gran medida por responsabilidad de los gobiernos norteamericanos. Cualquier
intervención de Washington hubiera provocado una masacre. Estados Unidos y
Francia, que habían sido responsables del desastre, no tenían ninguna
legitimidad para intervenir.
La decisión de formar una fuerza
latinoamericana –la Minustah– que interviniera para impedir la masacre fue muy
arriesgada. Por un lado, Aristide había perdido popularidad por las políticas
que le habían impuesto el FMI y Washington. No había una fuerza política en
condiciones de retomar el gobierno. Sólo estaban los mercenarios y las bandas
armadas de la derecha. Por otro lado, cualquier intervención sería criticada por
los sectores populares, que ya tenían experiencia sobre estas situaciones. Y
además era impredecible la actitud norteamericana con relación a los resultados
de los potenciales comicios que debía administrar esa fuerza latinoamericana de
intervención. Había un gran porcentaje de posibilidades de que los gobiernos
latinoamericanos que se involucraron en la Minustah, entre ellos el de la
Argentina, terminaran embarrados en una maniobra de Estados Unidos y
Francia.
El triunfo de René Preval por amplio margen en las elecciones
fue el mejor resultado para empezar a desanudar el embrollo haitiano. En medio
del caos y después de una dura derrota, los sectores populares pudieron generar
una opción de gobierno clara ante la población y, en cambio, los candidatos de
Washington no sacaron más del 10 por ciento de los votos. Este resultado hace
más difícil cualquier intento de manipulación y amenaza golpista o
desestabilizadora. Las fuerzas de la Minustah se salvaron del papelón en el que
podrían haber quedado envueltas y deberán ponerse a las órdenes del presidente
electo.
El futuro todavía es más difícil porque la economía está en
bancarrota y la situación social es calamitosa. Los gobiernos latinoamericanos
que participaron en la Minustah como una actitud solidaria, deberían demostrar
ahora esa misma solidaridad en la reconstrucción de un país cuya situación es un
insulto a la dignidad humana.
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