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15 de febrero de 2006
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La República
de Uruguay - 8 de febrero de 2006
El silencio sobre el periodista torturado en Guantánamo
"Cada vez que el cansancio lo vencía,
sus guardias lo despertaban violentamente con golpes en la cabeza"
Salim Lamrani*
El silencio de la organización Reporteros Sin Fronteras (RSF) de
"defensa de la libertad de prensa" sobre el periodista sudanés Sami al
Hajj, que trabaja para la cadena de televisión catarí Al Jazeera, da lugar
a numerosas interrogantes sobre la imparcialidad de la asociación que
dirige Robert Menard
El 22 de setiembre de 2001, Al Jazeera mandó un equipo de periodistas,
del que formaba parte Al Hajj, a investigar sobre el conflicto de
Afganistán. Luego de 18 días de reportaje, el grupo se retiró a Pakistán.
En diciembre de 2001, Al Hajj volvió allí con sus colegas para cubrir la
investidura del nuevo gobierno afgano. Pero, antes de que pudiera alcanzar
la frontera, la policía pakistaní procedió al arresto del periodista
sudanés, liberando a los demás miembros del equipo catarí.
Entregado a las autoridades estadounidenses instaladas en Afganistán,
Al Hajj iba a vivir una verdadera pesadilla en la base aérea de Bagram.
"Fueron los peores (días) de mi vida", testificó. Confesó que sufrió
abusos sexuales y amenazas de violación por parte de los soldados
estadounidenses. También lo torturaron gravemente durante largos meses.
Padeció múltiples malos tratos. Lo obligaban a ponerse de rodillas
directamente sobre el suelo durante varias horas. Los perros lo acosaban y
lo agredían constantemente. El periodista sudanés también fue encerrado en
una jaula y puesto en un hangar para aviones donde hacía un frío glacial.
Explicó cómo sus verdugos le arrancaban los cabellos y los pelos de la
barba uno por uno. Sus guardias lo golpeaban regularmente y durante más de
cien días no lo dejaron lavarse aunque su cuerpo estaba cubierto de
piojos.
El 13 de junio de 2002, Sami al Hajj fue enviado a Guantánamo. Durante
el vuelo, lo mantuvieron encadenado y amordazado con una bolsa sobre la
cabeza. Cada vez que el cansancio lo vencía, sus guardias lo despertaban
violentamente con golpes en la cabeza. Antes de su primer interrogatorio,
lo tuvieron más de dos días sin dormir. "Durante más de tres años, la
mayor parte de mis interrogatorios tenían como objetivo hacerme decir que
existe una relación entre Al Jazeera y Al Qaeda", relató a su abogado.
En el territorio cubano que Estados Unidos ocupa ilegalmente, el
reportero sudanés no recibió atención médica aunque tuvo un cáncer de la
garganta en 1998 y padece de reuma. Lo golpearon en las plantas de los
pies y lo intimidaron con perros amenazantes. Fue víctima de humillaciones
racistas y nunca le autorizaron los períodos de paseo debido al color de
su piel. También fue testigo de la profanación del Corán en el 2003 y, con
sus compañeros de cautiverio, hizo huelga de hambre. La reacción del
ejército estadounidense ante la protesta fue sumamente violenta: lo
golpearon y lo tiraron por las escaleras, hiriéndolo seriamente en la
cabeza. Luego lo aislaron antes de trasladarlo al Campo V, el más duro de
todos los centros de detención de Guantánamo, donde lo incluyeron en el
nivel de seguridad 4, nivel que es sinónimo de las peores
brutalidades.
Este testimonio, abrumador para la administración Bush que se niega aún
a otorgar el estatuto de prisioneros de guerra a los detenidos de
Guantánamo, se agrega a las declaraciones igualmente acusadoras que
hicieron otras dos víctimas a Amnistía Internacional. Sólo constituyen,
sin embargo, la parte visible del iceberg. En Guantánamo, el crimen es
doble: Estados Unidos inflige las barbaries más inhumanas a personas
secuestradas sin pruebas formales, y ocupa por la fuerza una parte del
territorio de la nación soberana de Cuba.
El contubernio entre RSF y Washington ya se evidenció en el caso del
camarógrafo español José Couso, asesinado por los soldados de la
coalición. En su informe, la entidad parisina exoneró de toda
responsabilidad a las fuerzas armadas estadounidenses a pesar de las
flagrantes pruebas. La connivencia entre RSF y el Departamento de Estado
estadounidense era tal que la familia del periodista denunció el informe y
pidió a Menard que se retirara del asunto. La complicidad es también
evidente cuando se trata de Cuba, donde RSF transforma a agentes pagados
por Estados Unidos en "periodistas independientes", aunque la información
sobre este tema está disponible y es irrefutable.
Las autoridades estadounidenses se regocijan de los informes
tendenciosos de RSF y los utilizan incluso en su guerra propagandística
contra Cuba. Michael Parmly, jefe de la Sección de Intereses de Estados
Unidos en La Habana, afirmó que el 20% de los periodistas encarcelados en
el mundo "están en Cuba. Reporteros Sin Fronteras estableció recientemente
una clasificación de 164 países para la libertad de prensa; Cuba fue
clasificada en el penúltimo lugar justo delante de Corea del Norte".
Al ponerse en duda su veracidad debido a su condena constante contra
Cuba a partir de hechos erróneos y por su alineamiento con el punto de
vista estadounidense, RSF intentó responder a las acusaciones. Pero la
falta de coherencia del comunicado así como las palabras contradictorias
observadas sólo lograron fortalecer aún más las sospechas. En efecto,
Menard no ha dado explicación alguna en cuanto a los dudosos vínculos y
las diversas reuniones de su organización con la extrema derecha cubana de
Florida. El secretario general de RSF hace incluso alarde de su admiración
por Franck Calzón, presidente del Center for a Free Cuba, organización
extremista financiada por el Congreso de Estados Unidos. «Hace un trabajo
fantástico a favor de los demócratas cubanos», aseguró Menard. Más tarde,
RSF tuvo que confesar públicamente que recibía financiación de ese mismo
Centro.
De la misma manera, RSF percibió honorarios por parte del National
Endowment for Democracy, organismo que depende del Congreso y que se
encarga de promover la política exterior estadounidense. Ese
financiamiento implica un conflicto de intereses en el seno de la
organización francesa, poco dispuesta a denunciar las tropelías cometidas
por uno de sus mecenas, a saber el gobierno de Estados Unidos. Antes de la
publicación del testimonio divulgado por Amnistía Internacional, Menard
hubiese podido afirmar que no conocía la existencia de Sami al Hajj. Pero,
a pesar de la fuerte mediatización internacional de estos nuevos casos de
tortura en la base naval de Guantánamo, RSF aún no se ha dignado a
interesarse por este escándalo y se ha refugiado en un mutismo
revelador.
La censura de este nuevo caso de violación grave de la libertad de
prensa cometida por la administración Bush sólo confirma un poco más el
doble discurso de Reporteros Sin Fronteras. Mientras la organización se
ensaña de manera desmesurada con Cuba, aunque los casos que evoca están
muy lejos de ser convincentes, guarda silencio sobre un flagrante atentado
contra la integridad de un periodista, encarcelado y torturado sólo porque
trabaja para la cadena catarí Al Jazeera, extremadamente influyente en el
mundo árabe y poco complaciente con Washington. La credibilidad de la
organización de Menard, ya fuertemente quebrantada debido a su trato
parcializado y sus vínculos con el gobierno de Estados Unidos, está cada
vez más en baja ya que tales omisiones comparadas con la recurrencia
obsesiva de ciertos temas como Cuba no pueden ser pura coincidencia. *
* Salim Lamrani. Investigador francés de la
Universidad Denis-Diderot (Paris VII) especializado en las relaciones
entre Cuba y Estados Unidos. Última obra publicada: Washington contre Cuba
: un demi-siècle de terrorisme et l'affaire des Cinq, Le Temps des Cerises
ed.
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