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17 de febrero de 2006
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El rey George y la guerra larga
Angel Guerra Cabrera
No
pasa un día sin que surjan nuevas pruebas de los desmanes de la pandilla
de George W. Bush contra valores supuestamente sagrados del sistema
estadunidense. Todas implican vulneraciones de la ley y la ética suficientes
para revocar a medio gabinete y someter al presidente al impeachment.
Recientes revelaciones de Paul Pillar, alto jefe de la CIA encargado de Medio
Oriente en vísperas de la invasión de Irak, establecen que ese organismo nunca
tuvo prueba alguna de la existencia de las armas de destrucción masiva en el
país árabe. Según Pillar, Bush, Dick Cheney y Donald Rumsfeld sólo estaban
dispuestos a escuchar datos falsos que permitieran justificar ante la opinión
pública la decisión previamente tomada de atacar a Irak. Por su parte, el
informe de la comisión senatorial que investigó la actuación del gobierno ante
el impacto del huracán Katrina en Nueva Orleáns, precisa la enorme
responsabilidad de la Casa Blanca en el trágico desenlace, ya que fue alertada
con dos días de antelación sobre el peligro de morir ahogadas en que se
encontraban miles de personas en esa ciudad sin que hiciera nada. La comisión
cree que este hecho choca con las palabras de Bush del primero de septiembre de
2005, cuando dijo: "No creo que nadie pudiera haber anticipado la ruptura de los
diques". En otras palabras, el mandatario mintió una vez más. Está, además, la
cuestión del espionaje electrónico a miles de estadunidenses, considerado ilegal
por eminentes juristas y por muchos legisladores de ambos partidos, que la
administración de Bush insiste en seguir llevando a cabo y que será objeto de
una investigación por el Congreso.
El trato a los prisioneros por los bushistas merece capítulo aparte. Un
reciente informe de un panel de expertos de la Comisión de Derechos Humanos de
la ONU y declaraciones de uno de los abogados de los recluidos en el campo de
concentración de la nase Nnaval de Guantámo reiteran las torturas a que son
sometidas estas personas, la mayoría de las cuales no han sido acusadas de
delito alguno ni existen evidencias de que fueran realmente "combatientes
enemigos". El escándalo estalló cuando se conoció el trato degradante e inhumano
a que eran sometidos los reclusos en la prisión de Abu Ghraib, en Irak. Luego se
supo que hechos iguales ocurrían en Guantánamo, en Afganistán y en las cárceles
secretas que mantiene Estados Unidos en distintas partes del mundo. Sobre esta
grave violación de la Convención de Ginebra y de las propias leyes
estadunidenses ha habido en el país del norte audiencias congresionales, fallos
de tribunales que obligan a seguir el debido proceso y hasta se aprobó una ley
que requiere trato humano para los detenidos. Pero Bush persiste en su derecho
de "presidente de guerra" para seguir en las mismas, como quedó evidenciado en
la reciente comparecencia del procurador general Alberto Gonzales en el Senado.
La obsesión del inquilino de la Casa Blanca por llenar la Corte Suprema de
jueces incondicionales encaja perfectamente en su esquema mental de no someterse
a las formas republicanas. En resumidas cuentas, Bush actúa no como presidente,
sino como monarca absoluto.
Pero los bushistas no la tienen fácil. En los grandes medios de
(in)comunicación, que permanecieron callados hasta que se vio claro el desastre
militar en Irak, ahora existe un debate sobre estos temas y se insiste en el
alto costo de la guerra. Ello es reflejo de agrias pugnas contra el grupo de
Bush en el seno de la elite estadunidense. Aunque la oposición ha sido débil y
aquiescente ante este gobierno, muchos analistas consideran posible que los
demócratas consigan un importante avance electoral en las elecciones
legislativas de noviembre.
Para salir del atolladero, los expertos en mercadotecnia de la Casa Blanca
decidieron encargar al Pentágono la sustitución de la marca "guerra contra el
terrorismo" por otra más "vendible" y a partir del informe de Bush sobre "el
estado de la unión" se ha comenzado a hablar de la "guerra larga". Tan larga que
se le compara con la guerra fría y se invoca que durará una generación.
La nueva marca está destinada a un relanzamiento del belicismo bushista -cuyo
próximo objetivo parece ser Irán-, a una legitimación de la creciente e
inconstitucional cuota de poder que se arroga esa presidencia, y quién sabe si a
justificar hasta una suspensión de las elecciones presidenciales de 2007 con el
argumento de que la guerra no deja tiempo para esas menudencias.
Publicado en La Jornada el 16 de febrero de 2006
Angel
Guerra Cabrera
Columnista
de La Jornada de México
aguerra12@prodigy.net.mx
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