n la
crisis de las viñetas de Mahoma no hay choque de
civilizaciones, sino enfrentamiento de fundamentalismos. De un lado,
el fanatismo religioso alimentado por la humillación cotidiana que
perciben los musulmanes de parte de la cultura occidental. De otro
lado, la afirmación incondicional de la libertad de expresión. Y es
que la conquista de esta libertad ha costado, y cuesta tanto
sufrimiento a través de la historia que cualquier cuestionamiento
enciende la alarma contra la tiranía de las mentes, la más opresiva
de todas.
Pero lo que aparece como rasgo distintivo de nuestro modo de vida
no lo es tanto en realidad. No es cierto que la libertad de
expresión sea un derecho irrestricto. Existe en el marco de la ley.
En España, el Código Penal tipifica la blasfemia como conducta
punible, sin precisar la religión a la que se refiere. Y si yo
publico un artículo designándole a usted como terrorista, podrá
llevarme a los tribunales por difamación. De modo que si yo
represento a Mahoma como terrorista (explosivos en su cabeza) sus
miles de abogados defensores reaccionarán en consecuencia. Y si la
inmensa mayoría de los musulmanes cree sacrílego representar a
Mahoma (algo discutible en su literalidad histórica), la reiterada
publicación de viñetas ofensivas es, desde su punto de vista, una
megablasfemia global practicada en nombre de la libertad de
expresión. Ese nivel absoluto de libertad no existe en la realidad
cotidiana de los medios. No se puede publicar pornografía infantil
(afortunadamente), no se puede hacer apología del terrorismo (o lo
que un juez interprete como tal), no se puede difamar, no se puede
injuriar, no se pueden tener propósitos racistas o antisemitas y no
se puede difundir una aserción susceptible de ser catalogada como
libelo. Por eso, hay esa legión de abogados que escudriña en nombre
de las empresas los contenidos de la comunicación.
Es más, la práctica del periodismo consiste en el control
cotidiano de lo que se publica por parte de directores y editores de
las empresas mediáticas. Excepto en Internet (y sólo mientras el
Gobierno no intervenga a los proveedores de servicio) la expresión
pública de ideas e informaciones está filtrada y modulada por la
estructura de los medios de comunicación, según criterios
profesionales, pero también intereses políticos y comerciales. Y
aquí es donde apunta un factor clave en la solidaridad en cadena
entre periodistas en el mundo. Lo que empezó como una publicación
ofensiva antimusulmana en un pequeño país xenófobo (según las
encuestas) del norte de Europa, se convirtió en bandera de autonomía
profesional para periodistas en todo el mundo. Ésta es la verdadera
tragedia.
Para afirmar su autonomía corporativa contra las interferencias
cotidianas con las que conviven en su trabajo de información y
opinión, periodistas y creadores de todo tipo se han sumado a la
cruzada (nunca mejor dicho) contra los bárbaros que no respetan
nuestros valores. Pobre cultura aquella que se afirma reivindicando
la libertad de ofender, al precio que sea.
¿Cómo se ha llegado a este imposible dilema entre libertad de
expresión y humillación mediática de la religión mayoritaria en el
planeta? Los medios han trazado la secuencia de la crisis. Sorprende
el lapso de tiempo entre la publicación de las viñetas en el
“Jyllands Posten”, el 30 de septiembre, y la explosión global de
cólera musulmana, cuatro meses después. De ahí que gobiernos como el
danés y el austriaco hablen de manipulación política de la ofensa.
Pero hay otra interpretación posible, que es la que sostiene un
imán danés -Ahmed Akkari-, a saber, que durante semanas la comunidad
islámica de Dinamarca y los embajadores de varios países pidieron
una reparación a la ofensa, en forma de disculpas. El diario sólo
presentó excusas por la ofensa a finales de enero, pero sin
retractarse de la publicación. Y el Gobierno danés no se dio por
enterado hasta que la crisis explotó, con graves consecuencias para
los intereses económicos y políticos de Dinamarca y Europa en el
mundo islámico.
Está claro que el detonante de la crisis fue el viaje por el
Medio Oriente que, en diciembre, organizaron el imán y otros
miembros de la comunidad islámica de Dinamarca, más o menos
radicales, para difundir las caricaturas (incluyendo algunas
particularmente ofensivas que no fueron publicadas pero que
recibieron a título individual de quienes odian a los musulmanes en
Dinamarca). Y es probable que algunos aviesos propagandistas de la
humillación añadieran leña al fuego.
Pero la reacción arrogante (palabra del cardenal Martino) de los
medios occidentales, al publicar en cadena las viñetas, y de algunos
gobiernos, al amenazar con represalias, ha contribuido a un
enfrentamiento cultural de gran alcance. Parte de ese enfrentamiento
proviene del hecho desafortunado de que la actual presidencia de la
Unión Europea la ostenta Austria, cuyo Gobierno incluye elementos de
ideología neonazi y cuya ministra de Relaciones Exteriores ha tomado
posturas beligerantes en el asunto.
Y es que a la reacción visceral de los fundamentalistas de la
libertad de expresión se unen los intereses políticos de la extrema
derecha europea, empezando por Dinamarca y Noruega, donde los
gobiernos de derecha se han visto fuertemente reforzados por la
crisis, pero también en los demás países.
La xenofobia contra los inmigrantes y la asimilación entre
musulmanes y terroristas pueden proporcionar un capital de votos
capaz de convertir a Europa en centinela de Occidente en línea con
los neoconservadores norteamericanos. Ahí estaríamos iniciando de
verdad la guerra de civilizaciones, que nunca había existido, pero
que hay quien quiere provocar (y no sólo Osama Bin Laden).
Por eso las llamadas al respeto y a la sensibilidad en el uso de
nuestras libertades por parte de Rodríguez Zapatero, Erdogan, Chirac
y la Santa Sede constituyen un recordatorio de que no estamos solos
en este mundo. Y de que el respeto observado tradicionalmente con el
cristianismo se extiende a otras religiones y culturas que también
son parte de nuestras sociedades. De cómo gestionemos esta crisis de
convivencia que se nos ha ido de las manos depende que seamos
capaces de vivir, incluso de sobrevivir, en un mundo
irreversiblemente multicultural.
© La Vanguardia
(The New York Times Syndicate)