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17 de febrero de 2006

La Nación de Chile - 14 de febrero de 2006

Libertad de ofender

Manuel Castells

En la crisis de las viñetas de Mahoma no hay choque de civilizaciones, sino enfrentamiento de fundamentalismos. De un lado, el fanatismo religioso alimentado por la humillación cotidiana que perciben los musulmanes de parte de la cultura occidental. De otro lado, la afirmación incondicional de la libertad de expresión. Y es que la conquista de esta libertad ha costado, y cuesta tanto sufrimiento a través de la historia que cualquier cuestionamiento enciende la alarma contra la tiranía de las mentes, la más opresiva de todas.

Pero lo que aparece como rasgo distintivo de nuestro modo de vida no lo es tanto en realidad. No es cierto que la libertad de expresión sea un derecho irrestricto. Existe en el marco de la ley. En España, el Código Penal tipifica la blasfemia como conducta punible, sin precisar la religión a la que se refiere. Y si yo publico un artículo designándole a usted como terrorista, podrá llevarme a los tribunales por difamación. De modo que si yo represento a Mahoma como terrorista (explosivos en su cabeza) sus miles de abogados defensores reaccionarán en consecuencia. Y si la inmensa mayoría de los musulmanes cree sacrílego representar a Mahoma (algo discutible en su literalidad histórica), la reiterada publicación de viñetas ofensivas es, desde su punto de vista, una megablasfemia global practicada en nombre de la libertad de expresión. Ese nivel absoluto de libertad no existe en la realidad cotidiana de los medios. No se puede publicar pornografía infantil (afortunadamente), no se puede hacer apología del terrorismo (o lo que un juez interprete como tal), no se puede difamar, no se puede injuriar, no se pueden tener propósitos racistas o antisemitas y no se puede difundir una aserción susceptible de ser catalogada como libelo. Por eso, hay esa legión de abogados que escudriña en nombre de las empresas los contenidos de la comunicación.

Es más, la práctica del periodismo consiste en el control cotidiano de lo que se publica por parte de directores y editores de las empresas mediáticas. Excepto en Internet (y sólo mientras el Gobierno no intervenga a los proveedores de servicio) la expresión pública de ideas e informaciones está filtrada y modulada por la estructura de los medios de comunicación, según criterios profesionales, pero también intereses políticos y comerciales. Y aquí es donde apunta un factor clave en la solidaridad en cadena entre periodistas en el mundo. Lo que empezó como una publicación ofensiva antimusulmana en un pequeño país xenófobo (según las encuestas) del norte de Europa, se convirtió en bandera de autonomía profesional para periodistas en todo el mundo. Ésta es la verdadera tragedia.

Para afirmar su autonomía corporativa contra las interferencias cotidianas con las que conviven en su trabajo de información y opinión, periodistas y creadores de todo tipo se han sumado a la cruzada (nunca mejor dicho) contra los bárbaros que no respetan nuestros valores. Pobre cultura aquella que se afirma reivindicando la libertad de ofender, al precio que sea.

¿Cómo se ha llegado a este imposible dilema entre libertad de expresión y humillación mediática de la religión mayoritaria en el planeta? Los medios han trazado la secuencia de la crisis. Sorprende el lapso de tiempo entre la publicación de las viñetas en el “Jyllands Posten”, el 30 de septiembre, y la explosión global de cólera musulmana, cuatro meses después. De ahí que gobiernos como el danés y el austriaco hablen de manipulación política de la ofensa.

Pero hay otra interpretación posible, que es la que sostiene un imán danés -Ahmed Akkari-, a saber, que durante semanas la comunidad islámica de Dinamarca y los embajadores de varios países pidieron una reparación a la ofensa, en forma de disculpas. El diario sólo presentó excusas por la ofensa a finales de enero, pero sin retractarse de la publicación. Y el Gobierno danés no se dio por enterado hasta que la crisis explotó, con graves consecuencias para los intereses económicos y políticos de Dinamarca y Europa en el mundo islámico.

Está claro que el detonante de la crisis fue el viaje por el Medio Oriente que, en diciembre, organizaron el imán y otros miembros de la comunidad islámica de Dinamarca, más o menos radicales, para difundir las caricaturas (incluyendo algunas particularmente ofensivas que no fueron publicadas pero que recibieron a título individual de quienes odian a los musulmanes en Dinamarca). Y es probable que algunos aviesos propagandistas de la humillación añadieran leña al fuego.

Pero la reacción arrogante (palabra del cardenal Martino) de los medios occidentales, al publicar en cadena las viñetas, y de algunos gobiernos, al amenazar con represalias, ha contribuido a un enfrentamiento cultural de gran alcance. Parte de ese enfrentamiento proviene del hecho desafortunado de que la actual presidencia de la Unión Europea la ostenta Austria, cuyo Gobierno incluye elementos de ideología neonazi y cuya ministra de Relaciones Exteriores ha tomado posturas beligerantes en el asunto.

Y es que a la reacción visceral de los fundamentalistas de la libertad de expresión se unen los intereses políticos de la extrema derecha europea, empezando por Dinamarca y Noruega, donde los gobiernos de derecha se han visto fuertemente reforzados por la crisis, pero también en los demás países.

La xenofobia contra los inmigrantes y la asimilación entre musulmanes y terroristas pueden proporcionar un capital de votos capaz de convertir a Europa en centinela de Occidente en línea con los neoconservadores norteamericanos. Ahí estaríamos iniciando de verdad la guerra de civilizaciones, que nunca había existido, pero que hay quien quiere provocar (y no sólo Osama Bin Laden).

Por eso las llamadas al respeto y a la sensibilidad en el uso de nuestras libertades por parte de Rodríguez Zapatero, Erdogan, Chirac y la Santa Sede constituyen un recordatorio de que no estamos solos en este mundo. Y de que el respeto observado tradicionalmente con el cristianismo se extiende a otras religiones y culturas que también son parte de nuestras sociedades. De cómo gestionemos esta crisis de convivencia que se nos ha ido de las manos depende que seamos capaces de vivir, incluso de sobrevivir, en un mundo irreversiblemente multicultural.

© La Vanguardia
(The New York Times Syndicate)

 
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