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17 de febrero de 2006
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El Periódico
de Catalunya - 16 de febrero de 2006
Dos guerras a la vez
• Con la invasión de Irak se ha
entrado en la doble batalla de la rapiña neocolonial y de las
civilizaciones
Sami Naïr Profesor de Ciencias Políticas de la
Universidad París-VII
Hay
pueblos que, no se sabe por qué aberrante
ley de la historia, están condenados a sufrir. Hay verdugos
que a menudo se benefician, por efecto de esta misma ley, de
la impunidad de sus contemporáneos. Desde siempre, nos
preguntamos por qué y cómo son posibles estas cosas. Para todo
ser razonable, está claro que hoy vivimos un momento
particularmente aberrante de la historia, en el corazón mismo
de lo que se presenta como la panacea universal: la
democracia. En nombre de la democracia, americanos e ingleses
han invadido y desmantelado Irak, han provocado una guerra
civil interreligiosa, han fomentado el racismo étnico entre
comunidades con revanchas pendientes entre sí, han creado
condiciones para que surgiera el terrorismo fundamentalista y,
finalmente, han hecho de Al Qaeda una organización: héroes
para unos centenares de millones de musulmanes humillados y
ofendidos. En el nombre de la democracia, las tropas de
ocupación en Irak han torturado en Abu Graib. Por no decir
nada de esos centenares de prisioneros sunís librados al odio
de las milicias shiís armadas por los ocupantes, que
aterrorizan a todo el pueblo iraquí. Es bien conocido que
las tropas americanas en Irak están hechas de reclutas y
voluntarios. Los reclutas parten hacia la guerra muertos de
miedo. Muchos se oponen a esta matanza provocada por George
Bush, por el vicepresidente Dick Cheney y por
Paul Wolfowitz, el ideólogo de esta operación, ahora
convertido en respetable presidente del Banco Mundial. Y los
voluntarios, en general, son golfos o parados, delincuentes, y
a menudo, prisioneros a los que se les ofrece un sueldo y una
remisión de condena si aceptan servir durante algún tiempo en
Irak.
FINALMENTE, están los mercenarios, empleados por
el Ejército de EEUU, y también centenares de sociedades
privadas que hacen negocios en Irak con la complicidad de los
iraquís colaboracionistas de los ocupantes. El resto de las
tropas de ocupación están para reforzar a las americanas,
excepto las británicas, consideradas como coocupantes,
invitadas a repartirse el contrato de la reconstrucción
y el petróleo. Se ha querido presentar a las tropas británicas
como "los buenos", los "conocedores" del mundo árabe, en
contraposición a la bestial brutalidad de los
americanos. Pero el News of the World, un suplemento
de The Sun, periódico de gran tirada en Gran Bretaña,
acaba de dinamitar esa leyenda que no engañaba a nadie. El
suplemento ha publicado fotos de un vídeo en el que se ve a
soldados británicos azotar a jóvenes iraquís de menos de 15
años, con más de 42 golpes en menos de un minuto, en un
campamento del Ejército británico. Este crimen se suma pues a
los ya cometidos por los mismos británicos con torturas y
abusos sexuales a prisioneros. Aunque denunciados, estos
comportamientos ya no levantan ninguna indignación. Las
autoridades de los países implicados declaran que van a
investigar, pero no se sabe qué están haciendo, las
torturas y los malos tratos siguen sucediéndose en la
oscuridad, hasta la próxima revelación. Y Tony Blair no
cesa de perorar sobre los beneficios de exportar por la fuerza
la "democracia". El pueblo mártir iraquí no sabe ni cuándo ni
cómo cesará esta sangrienta caída hacia el
infierno. Mientras, en Europa, unos caricaturistas
extremistas la toman no contra estos verdugos, sino contra el
profeta Mahoma, a quien representan con un turbante y
bomba en mano. Libertad de expresión, de acuerdo. En Oriente
Medio, y por todo el orbe musulmán, multitudes encolerizadas
desfilan por las calles y en algunos lugares pasan a la
acción. Se atacan embajadas, y el diario danés que publicó las
caricaturas ve en estos actos la confirmación del fanatismo
que atribuye al profeta. Resumiendo, con la invasión de
Irak se ha entrado en dos guerras a la vez: la de la rapiña
neocolonial y la de las "civilizaciones", como deseaba tan
neciamente Samuel Huntington. Dos guerras, una militar
y otra cultural. ¿Me atreveré a afirmar que las dos fueron
provocadas por potentes poderes de Occidente? ¿Estaré loco si
añado que estas guerras sólo benefician, por un lado, a los
ocupantes occidentales y, por otro, a los extremistas
fanáticos, títeres de un integrismo religioso que va camino de
triunfar en el mundo musulmán? ¿Quién cobra los dividendos de
estas dos guerras? ¿Los defensores de un occidente laico
dispuestos a morir por la libertad de expresión y el derecho
de imponer la democracia por la fuerza? ¿Quién decidió que
esta libertad se tenía que ejercer sin ningún freno, sin tener
en cuenta la dignidad del prójimo? ¿Quién decidió que, por
encima del derecho internacional y del respeto a la soberanía
de los pueblos, estaba el principio democrático concebido por
el imperio americano?
NO LO decidieron los millones de
manifestantes que se opusieron a la invasión de Irak, y que
hoy ven que sus peores temores se confirman. Ni tampoco las
decenas de millones de árabes y de musulmanes que rechazan el
integrismo, que quieren la democracia creada por ellos mismos
y para ellos y que, hoy en día, ya no se atreven ni a abrir la
boca por miedo a ser acusados, en sus países y por los más
extremistas, de ser los cómplices de los que insultan al
profeta y que ocupan Irak. ¿Y quién se frota las manos de
alegría? Bin Laden. Puesto que lo que está pasando
refuerza su discurso demagógico, según el cual Occidente
aborrece al islam y a su profeta. Lo que es seguro es que los
aprendices de brujo de la "injerencia democrática", los
mediocres ideólogos de la guerra de las culturas y los
integristas fanáticos van camino de ganar: ellos nos han
abocado a una espiral infernal que nadie puede
controlar.
Traducción de Caroline
Rouquet.
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