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25 de febrero
de 2006 |
La
Voz de Galicia - 24 de febrero
de 2006
El bigotillo de Bush
Ramón Chao
EL
ANTIGUO presidente de los españoles es hombre de palabra.
Cuando estaba en el cénit de su gloria, posando con Blair y Bush cara al sol de
las Azores, y era el más belicoso partidario de una invasión ilegal (como todas
las invasiones) de Irak, mareado tal vez por el viento enajenador del Atlántico,
ofreció su mostacho al presidente yanqui para que le sirviera de apoyo en los
momentos difíciles que se le avecinaban: «Siempre tendrás un bigote a tu lado»,
le dijo.
El bigote de Aznar puede engañar a cualquiera, y con semejante
colchón el jefe de la Casa Blanca se lanzó a ciegas en una guerra que todo el
mundo veía perdida de antemano y en la que sus tropas cometen toda clase de
atrocidades.
A Bush le va tan mal por haberse fiado de unos bigotes. La
prueba es que en cuanto se dio cuenta del desastre en que se metía, prefirió
agarrarse a los siempre pulcros y afeitados rostros de Blair y Berlusconi, que
no tienen por dónde cogerse.
Ahora, por haberse fiado de los bigotes
aznarianos, las organizaciones internacionales condenan a Bush por las torturas
en Abu Ghraib, por lo mismo en Guantánamo, la detención y proceso de los
cinco cubanos , la protección a Posada Carriles y, para colmo, se le
solivianta Irán con todas sus consecuencias y Dick Cheney le sale peor cazador
que Fraga en El Pardo.
El ofrecimiento de Aznar tiene sus raíces
etimológicas: en su origen, la palabra bigote significaba «el que jura y
blasfema». En la Edad Media, los normandos invadieron -con muchas barbas y
bigotes- varios países de Europa, y juraban «Bi got» (por Dios) que lo seguirían
haciendo. Es ésta una expresión precursora de la actual inglesa by
God . Otros creen que bigote llegó al español bajo el
imperio de Carlos I (y V de Alemania) con el fuerte contingente germánico que
por entonces entró en la Península. Sin embargo, Carlos I gobernó a base de
bigotes el Imperio donde nunca se ponía el sol, a comienzos del siglo XVI;
aunque la palabra (bigote) figuraba ya en el Diccionario
latino-castellano de Nebrija de 1495.
Esta misma exclamación (bi
got) dio origen en inglés a otra acepción de sentido totalmente
diferente: se aplicó primero a los fanáticos religiosos y después a los
fanáticos racistas, por lo cual vemos que la mullida pilosidad supralabial de
Aznar corresponde perfectamente a su temperamento. Está, sin embargo, anticuado,
pues los racistas y violentos de hoy, los skinheads , suelen ser
lampiños, desbigotizados y cabezas rapadas.
Pero José María Aznar no
aprende. El ex presidente se autoproclama «salvador de América Latina» frente a
lo que denomina «marea populista» que se extiende por el sur del continente. No
se sabe con qué carabelas va a desembarcar ni en qué Guanahaní, si en Cuba,
Haití o Venezuela, aunque en cualquiera de los tres países le resultaría más
difícil que a Méndez Núñez (otro gran peludo) en Callao.
Lo más
significativo es que Aznar hizo esta declaración a un diario chileno después de
haber visitado en Washington a su amigo Bush.
Los expertos aseguran que
sus palabras están dictadas por eltejano, quien, en vista de que no fue capaz de
frenar ninguno de los procesos liberadores de América Latina, se acuerda de la
promesa que le hiciera el español.
No me voy a convertir yo también en
bigote de Bush, pero lo veo tan desconcertado que le aconsejaría, si quiere
oponerse a la progresión del antiliberalismo en América Latina, que escuche más
bien los consejos de Felipe González. Tanto en lo que se refiere a Cuba, como a
Venezuela y a Bolivia, por ahí se andan los dos antiguos primeros ministros,
aunque el socialista todavía puede dar el pego, y el bigote de Aznar ya pasó de
moda.
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