distancia
de una guerra mundial que ya no deseaba entender ni soportar,
Stefan Zweig (Viena, 1881) publicó en 1941 el penúltimo de los hermosos ensayos
escritos con la suave prosa que le dio justa fama: Brasil. Un año
después, en Petrópolis, Zweig y su mujer decidieron poner fin a sus días.
Mural periodístico de historia, cultura, geografía, sociedad y economía, el
Brasil de Zweig coincide con su anhelo "... de vivir entre lo naciente, lo
venidero, lo futuro, y para gozar más conscientemente la seguridad de la paz, la
grata atmósfera hospitalaria". Anhelo que asimismo coincide con las fuertes
expectativas que suscita el proyecto industrialista liderado por el gobierno de
Getulio Vargas.
Zweig observa que siempre será "... arriesgado echar desde el presente un
vistazo sobre el futuro. Con sus cincuenta millones de habitantes y su dilatado
espacio, Brasil constituye uno de los esfuerzos colonizadores más grandiosos del
mundo, y se halla hoy sólo al comienzo de su desarrollo".
Profecía incumplida. Desde hace por lo menos cuatro décadas ya era posible
prever que en Brasil se estaba gestando una tragedia de proporciones épicas,
fruto directo de políticas y decisiones de gobiernos oligárquicos que excluían a
las mayorías de la participación y los beneficios del desarrollo.
En 1952, el economista y experto de Naciones Unidas Josué de Castro incluyó
el nordeste en su Geopolítica (mundial) del hambre.
El "nordeste" brasileño abarca ocho estados en los que habitan más de 40
millones de personas, resultando en extensión tan vasto como el que juntos
ocupan España, Francia y Grecia: Bahía (capital: Salvador), con un millón de
habitantes más que Guatemala; Pernambuco (Recife), Ceará (Fortaleza) y Serguipe
(Aracaju), cada uno con un millón más que El Salvador, Honduras y Costa Rica;
Paraíba (Joao Pessoa), medio millón más que Panamá; y Piauí (Teresina), Alagoas
(Maceió) y Rio Grande do Norte (Natal), con poblaciones respectivas iguales a la
de Nicaragua.
A más de medio siglo de aquella investigación que en su momento causó gran
impacto político y social, los fenómenos de violencia, miseria y criminalidad en
la región se mantienen peor que entonces. En el decenio de 1990, por ejemplo,
más de 706 niños fueron asesinados en el paupérrimo estado de Alagoas.
En Grande Sertao, Veredas (1956), novela que rasga los velos de la
vasta y desértica región de raquítica vegetación que los brasileños llaman con
el eufónico nombre de sertao, Guimaraes Rosa asegura que los campesinos
"... viven sin conciencia del pecado original y por lo tanto no saben qué es el
bien y qué es el mal. En su inocencia cometen todo lo que nosotros llamamos
'crímenes', pero que para ellos no lo son".
Junto a la descripción literaria, la acción: a mediados de los cincuentas, el
abogado y político de Pernambuco Francisco Juliao lidera las Ligas Campesinas,
organizadas por los trabajadores rurales del sertao.
El sertao ha estado periódicamente sometido a terribles sequías de
consecuencias devastadoras. Según antiguas crónicas, las más trágicas fueron las
de 1744, 1790, 1846, 1877, 1915 y 1932, que dejaron un saldo de miles de muertos
y secuelas de enfermedad y desnutrición. En 1979 la reiteración del fenómeno
llegó a prolongarse durante un lustro, sin encontrar una respuesta eficaz y
solidaria de las autoridades. De su lado, los expertos en estadística se han
visto obligados a recurrir a las paredes de las iglesias, donde los pobladores
del sertao inscriben los nombres de sus muertos.
Las inscripciones revelan que la gran mayoría de las víctimas tenían menos de
un año de edad y pasaban hambre. A inicios de los años noventas, el ya fallecido
sociólogo Herbert de Souza, director del Instituto Brasileño de Análisis
Sociales y Económicos (IBASE), contó una historia digna del Diario del año de
la peste, de Daniel Defoe.
La historia cuenta de un investigador social que llamó a la puerta de una
casa de Caninde, punto final de peregrinación en el sertao de Ceará,
donde una cruz blanca de cinco metros de altura tiene grabados los nombres de
centenares de muertos. Como no le respondieron, el hombre entró y se encontró
con toda una familia muerta por inanición.
En una vieja edición de mediados de los ochentas de la revista Veja
leo que un ingeniero y profesor del Centro de Tecnología de la Universidad de
Ceará escribe: "No es exageración afirmar que en esa región existe hoy un campo
de concentración disfrazado. Los nordestinos pagaron un precio muy alto y lo
seguirán pagando por los tres grandes premios instituidos en Brasil en los
últimos veintiún años: el de la incompetencia, el de la corrupción y el de la
falta de compromiso de los hombres públicos con su pueblo".
El ingeniero se refería a los 21 años de la dictadura militar (1964-85). Y no
a los 21 años en los que, gracias a Dios, el gigante del sur vive en
"democracia", mientras 5 mil familias (es decir 0.001 por ciento de las familias
brasileñas) tienen un volumen patrimonial equivalente a 42 por ciento del
producto interno bruto.