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5 de marzo de 2006
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Página12
de Argentina - 5 de marzo de 2006
Mi extraño y absurdo encuentro con agentes de seguridad en el aeropuerto de Miami
Ariel Dorfman
A
fines del año pasado, el 27 de diciembre para ser más exacto y a las 11.31
de la mañana para ser aún más puntual, agentes de la Homeland Security,
encargados de velar por la Seguridad de la Gran Patria Norteamericana, me
detuvieron en el aeropuerto international de Miami y procedieron a sustraerme un
discurso que debía presentar al día siguiente en Washington en una sesión
plenaria de la MLA, Modern Language Association of America.
Aunque no
siempre hay que creerles a los escritores.
Es verdad que yo mismo propalé
esa versión de los hechos ante unos dos mil profesores universitarios de lengua
y literatura que se habían congregado en el Foro Presidencial sobre “El rol del
intelectual en el siglo XXI”, manifestándoles que, en vez de pronunciar mi
conferencia, iba a narrar la prolongada conversación que sostuve con dos hombres
amenazantes en una habitación sin ventanas.
Mi cuento era, por supuesto,
un gigantesco embuste. A ese público le fui ofreciendo innumerables claves de
que yo había armado esta burla como una manera de encarnar las contradicciones
del intelectual en nuestros tiempos turbulentos. Hice referencias reiteradas a
Borges y Nabokov, maestros de la delusión, adeptos del manuscrito apócrifo.
Especulé acerca de si esos dos funcionarios no formarían parte de una división
académica especial adentro de la Homeland Security, dedicada a desenmascarar
estudiosos de la literatura con tendencias subversivas. A uno lo hice alto y
gangoso, con anteojillos a lo Trotsky, exquisitamente al tanto de las últimas
teorías sobre la posmodernidad, capaz de comentar socarronamente mi tesis
central de que los intelectuales norteamericanos podían aprender de la lucha de
los chilenos contra nuestra dictadura, como una manera de enfrentar la erosión
de la libertad que se estaba dando en los Estados Unidos de hoy, mi certeza de
que era necesario examinar las lecciones de ese “otro 11 de septiembre”, la
fecha en que Allende fue derrocado en 1973. Empujé los ribetes absurdos del
incidente, recontando cómo esos hombres me habían interrogado acerca de la
posibilidad de que chilenos pudieran estar planeando, desde hace treinta años,
una sangrienta revancha contra la CIA por su rol en la desestabilización del
gobierno democrático de mi país. Toda mi historia constituía, de hecho, un
ejercicio literario que se mofaba suavemente de mis propias pretensiones
intelectuales, mi desafió a la concurrencia de que debíamos llegar más allá de
los convencidos de siempre. Planes tan grandiosos y no era capaz siquiera de
persuadir a esos dos testarudos agentes. Efectivamente, hice que uno de ellos,
el más rollizo, el más vulgar, me diera un consejo:
–¿Sabe algo,
profesor? –me preguntó–. Yo creo que ustedes, los del MLA, se toman su misión
demasiado en serio. ¿Quiere que la gente lo entienda? Póngale un poquito de
humor, profe, ¿qué le parece?
Y mi respuesta a mi propio personaje era ni
más ni menos que este cuento, que todo el mundo comprendería como una tomadura
de pelo, ¿no es cierto?
Descubrí casi de inmediato que algunos miembros
del público, a diferencia de la gran mayoría, me estaban tomando, efectivamente,
demasiado en serio. Un profesor se sorprendió de que los agentes no hubieran
buscado mi nombre en Internet para cerciorarse de que era inofensivo. Otro
quería saber si también me habían quitado la computadora. Académicos a los que
no conocía se me arrimaban para expresar su indignación. Una ex estudiante me
avisó que le había escrito una carta al Washington Post para protestar. Y esa
misma tarde, en otra sesión literaria, una joven académica confesó que mi odisea
le había colmado de miedo. ¿Si alguien como yo podía ser aprehendido así, qué
les pasaría a tantos otros invisibles visitantes, gente como ella, cuando
llegaban a este país?
Fue entonces que me di cuenta de qué manera mi
relato ficticio evocaba resonancias profundas, fantasías angustiadas, en tantos
colegas míos. Dudaba de que alguno de ellos fuera enviado a Guantánamo. Y cuando
yo mismo le había manifestado a uno de mis agentes fraudulentos que su país
estaba en vías de convertirse en un Estado policíaco, ¿acaso no había respondido
con razón que yo tenía la rotunda libertad de ir a pregonar al MLA cuánta
mentira se me ocurriera sin que nadie me metiera preso?
Y sin embargo
estaba claro que mi narración había revelado la existencia de una inmensa
paranoia. Si hombres y mujeres enteramente racionales, expertos en
interpretación literaria y lecturas irónicas, consideraron que esa falacia mía
era cierta, tenía que ser porque ellos mismos habían imaginado, una y otra y
otra vez, esa misma posibilidad represiva. Ni uno de mis amigos, en esa
convención literaria ni más tarde, tildó mi relato de absurdo. Cuando lamenté la
ingenuidad de un público tan sofisticado, la respuesta fue unánime: el ingenuo
era yo.
Tal vez tenían razón. Mi pesadilla era aterradoramente plausible
en un país donde los ciudadanos pueden ser recluidos en forma indefinida sin
cargo y funcionarios del gobierno pueden escuchar sin orden judicial las
conversaciones telefónicas y el vicepresidente defiende el uso de la tortura en
la lucha contra el terrorismo y el presidente miente descaradamente para invadir
otra nación soberana. Existen en la dura realidad cotidiana norteamericana y, de
hecho, en muchas otras zonas del mundo, esas habitaciones sin ventanas donde
agentes maltratan a seres inocentes e indefensos.
La triste verdad de mi
historia es que emerge del pantano de terror y violencia en que vivimos a partir
del 11 de septiembre del 2001, a partir del uso que Bush y sus fanáticos
seguidores le han dado a esa catástrofe. Antes de esa fecha, no se me habría
ocurrido concebir una tal invención, simplemente porque muy pocos
norteamericanos habrían comprendido de qué demonios estaba hablando.
Y
una verdad más triste aún es que puedo alucinar un epílogo a mi
cuento.
Los Estados Unidos recibe un ataque terrorista más letal y más
devastador que el anterior, un asalto en que mueren centenares de miles de
hombres y mujeres y niños.
Y ese día, ¿quién puede asegurarme de que no
vendrán a verme dos hombres, uno alto y con anteojos a lo Trotsky, el otro más
rollizo y vulgar?
Puedo ver la escena como si estuviera verificándose
ahora mismo frente a mis ojos.
Ellos me preguntarán si recuerdo haber
pregonado mentiras acerca de su lucha contra el terrorismo. Y enseguida exigirán
que los acompañe, sólo por unas horas, dirán, sólo para unas preguntas de
rutina.
¿Acaso este desenlace de mi verdadera crónica falsa es tan
inverosímil, tan imposiblemente remoto?
* El último libro de Ariel
Dorfman es Memorias del Desierto.
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