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4 de marzo de 2006
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El País
de España - 4 de marzo de 2006
Los crímenes de Stalin
K. S. Karol
H ace
exactamente 50 años, a finales de febrero de 1956, el XX Congreso
del PCUS, llamado el de la desestalinización, clausuraba uno de los
capítulos más dramáticos de la historia de la URSS. Hoy se pretende en
Moscú que éste sentó las bases para el estallido del país del socialismo,
que se produciría en 1990, más de 40 años después.
El gran protagonista de este congreso histórico fue Nikita Kruschev,
convertido en secretario general del partido cuando murió Stalin en 1953,
aunque éste había nombrado a Malenkov como sucesor. Desde los tres
primeros años de su reinado, Kruschev y sus próximos fueron distanciándose
discretamente del antiguo dictador. Primero dejaron en libertad a los
nueve profesores de medicina acusados por Stalin de haber tramado "el
complot de las batas blancas". Luego habría otras liberaciones del Gulag
y, por vez primera, se empezó a hablar de "culto a la personalidad".
Estos cambios simbólicos intrigaban extraordinariamente a Occidente,
donde se ignoraba que, a finales de diciembre de 1955, la dirección del
PCUS había encargado a Piotr Pospelov, un todoterreno, la redacción de un
acta de acusación contra Stalin. Pospelov había sido uno de los autores
del Compendio de la historia del PCUS bajo Stalin, manual
obligatorio para todos los soviéticos. Aunque para la lectura del informe
de Pospelov estaba previsto un discurso de dos horas, Kruschev tomó la
palabra durante cinco y se permitió algunas improvisaciones y digresiones
salpicadas de detalles picantes. Además, la transcripción completa del
discurso nunca se publicaría. Kruschev pronunció este discurso durante una
reunión a puerta cerrada en la que no participaba ningún dirigente de los
partidos hermanos, ni por supuesto la prensa. Los 5.000 delegados
presentes quedaron atónitos, en un silencio absoluto, y abandonaron la
sala igualmente silenciosos después de los aplausos de rigor. Al día
siguiente recibieron un texto resumido que tampoco era el informe de
Pospelov. Se suponía que tenían que debatirlo cuando regresaran a su
región y los dirigentes de las democracias populares a sus países. Es como
decir que el informe secreto tenía que ser secreto para siempre. En nombre
del PCF, Maurice Thorez había aludido a él antes de pretender que se
trataba de un informe "atribuido" a Kruschev. En Roma, en cambio, Palmiro
Togliatti no desmintió el informe Kruschev y publicó unos
comentarios críticos.
En junio de 1956, primero el New York Times y luego Le
Monde publicaron este texto traducido del polaco y lo dieron a conocer
al mundo entero. La amplitud de los crímenes dejó a la opinión mundial tan
atónita como a los delegados del XX Congreso. Kruschev afirmaba en él que
en 1934 Stalin había ordenado asesinar a Serguéi Kirov porque sospechaba
que aspiraba a sustituirle en el cargo. A ello le había sucedido una
represión salvaje. Más tarde, al principio de la II Guerra Mundial,
inmerso en la desesperación, según Kruschev, Stalin ya no lograba gobernar
y fue necesario ejercer presiones para que aceptara, dos semanas después
de la agresión alemana, dirigirse al país. Estudios posteriores
demostraron que a Kirov lo había asesinado un psicópata y que Stalin había
estado en cambio muy activo en la fase inicial de la guerra. Pero el
objetivo de Kruschev era destruir la imagen de un generalísimo que lo
había dirigido todo con mano de hierro.
No era la única característica del extenso informe. Kruschev hacía caso
omiso de los tres grandes procesos de Moscú de 1936 a 1938, en los que se
había visto a la vieja guardia bolchevique confesar crímenes
inverosímiles. Ni una palabra tampoco sobre el proceso a puerta cerrada
del mariscal Tukachevski, también condenado a muerte, ni sobre la suerte
del millón de trotskistas o sospechosos de serlo que fueron fusilados en
1937-38. El leitmotiv del orador era que también las víctimas de
Stalin eran estalinistas. Un epílogo curioso a este congreso de
"vencedores" al que le sucederían otras represiones contra los fieles al
dictador.
Otra página importante del informe trataba de la incapacidad militar de
Stalin: no sólo no había estado nunca en el frente, sino que además habría
seguido el curso de los acontecimientos militares en un mapamundi. El
culto a la personalidad le permitiría luego atribuirse todas las victorias
del Ejército Rojo. Con toda evidencia, Nikita Kruschev no tenía elección:
para desarticular la fe de acero (de Stal como Stalin) que el
pueblo alimentaba en el vencedor de un fascismo mucho más potente
militarmente, había que reventar el estereotipo del bien amado jefe. Sin
embargo, esta argumentación se veía desmentida por los testimonios de la
mayor parte de personalidades occidentales que habían estado junto a
Stalin durante la guerra. Más aún, ningún mariscal o militar de alta
graduación del Ejército Rojo suscribió esta versión. Aunque aliado de
Kruschev, el mariscal Jukov no quiso tomar partido.
¿Qué proponía entonces el "jefe de la desestalinización"? Prometía
volver a la legalidad, lo que significaba el fin de los extraños
desplazamientos de población que había provocado el terror estalinista en
el país. Había que mantener las posiciones adquiridas y convertirlas en
hereditarias mediante la continuación de los privilegios de las élites.
Para el pueblo esto significaba muy poco.
Cinco años más tarde, en 1961, con ocasión del XXII Congreso del PCUS,
Kruschev decidía expulsar a Stalin del mausoleo de la Plaza Roja y
proponía un programa de desarrollo sobre un periodo de 20 años. De
creerlo, en 1981, la URSS sería la primera potencia mundial. Las cifras
sobre la producción de acero, de carbón, de petróleo, de productos
agrícolas, etcétera daban fe de la inminencia del triunfo del comunismo.
Pero nadie se dejó engañar por estas estadísticas. El golpe que provocó el
XX Congreso en las conciencias en la URSS llevó a una despolitización
general y a un abandono masivo de la acción colectiva. Nadie protestó pues
cuando se cesó a Kruschev en 1964 ni cuando, años más tarde, uno de sus
sucesores, Leonid Bréznev, instauró el culto -más bien ridículo- de su
personalidad.
Hubo que esperar todavía dos decenios antes de que, al menos en marzo
de 1985, Mijaíl Gorbachov intentara enlazar de nuevo con la herencia de
Kruchev lanzando la perestroika. Pero era demasiado tarde: la
situación socioeconómica y la conciencia colectiva del país habían
cambiado profundamente.
K. S. Karol es periodista y ensayista francés
de origen polaco, especializado en cuestiones del Este. Traducción de
Martí Sampons.
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