Gennaro Carotenuto - rodelu.net |
5 de marzo de 2006
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Irak
Llamémosla guerra civil
Las fuentes oficiales del gobierno iraquí hablan de 430
muertos pero es una estimación que no convence. Sin embargo,
la cifra publicada el martes por el diario “The Washington
Post”, que sería fruto de chequeos en las morgues del país,
muestra una realidad aun más escalofriante; 1.300 muertos, un
baño de sangre que puede tener un solo nombre: guerra
civil.
Gennaro Carotenuto desde Roma
La mezquita de la ciudad
de Samarra, la ciudad “que da gusto ver” y conocida por su
buen pasar y sus antigüedades ya no existe. Era la meta de
fieles y turistas; en una ciudad donde convivían desde siempre
chiitas y sunitas, las dos comunidades se habrían unido en el
repudio al atentado. Cincuenta de ellos habrían sido
asesinados. Verdad o mentira, no hay que hacerse ilusiones: el
estallido de la violencia interreligiosa es la única cosa
segura en el Irak que se acerca a la primavera. Miente quien
afirma que tiene claro lo que está pasando en Irak. Es difícil
seguir las pistas de una guerra negada a la prensa de todo el
mundo. Hay quienes culpan a los estadounidenses de apostar a
la guerra civil. Esta interpretación es, probablemente, más el
fruto de un prejuicio que de informaciones concretas. Entonces
parece más cauteloso interpretar algunos signos
suficientemente claros. Desde el inicio de la ocupación
militar, hace dos años, los invasores, incapaces de distinguir
la riqueza de la sociedad iraquí, apostaron a la fragmentación
de las distintas comunidades. A los aprendices de brujo les
parecía más fácil elegir amigos y enemigos, y profundizar las
divisiones hasta perder completamente el control. Aislaron a
los sunitas y luego intentaron cooptarlos. Antes eran todos
terroristas y luego intentaron dividirlos en “extranjeros”,
“extremistas”, “radicales” y “moderados”. Se amigaron con los
chiitas hasta entender que era Teherán quien manejaba los
hilos. Entrenaron escuadrones de la muerte hasta darse cuenta
que ni ellos sabían a quién mandaban a matar. De los
ocupantes no llegará ninguna solución. Un importante acuerdo
ha sido alcanzado el domingo entre el Consejo de los Ulemas
sunitas y los partidos chiitas no ligados a las milicias
filoiraníes y contrafirmado por Moktada al Sadr. Mientras
tanto el partido Baaz que fue de Saddam Hussein ofrece su
interpretación: “Estados Unidos e Irán se están combatiendo en
tierra iraquí”.
EL ESTADO QUE SE DERRUMBA
La guerra civil
en Irak empezó de manera subterránea hace 30 años. Cuando
Saddam Hussein atacó Irán en 1980 lo hizo también –según
algunos observadores– por motivaciones internas, para tener
las manos libres para enfrentarse a una oposición armada
chiita muy fuerte. En el conflicto de 1991 esto se hizo
evidente a los ojos de todo el mundo. George Bush padre invitó
a los chiitas y a los kurdos a levantarse contra el régimen, y
luego los abandonó. El conflicto se volvió subterráneo, salvo
eventos públicos en los años noventa como el descabezamiento
de los líderes religiosos chiitas por parte del régimen de
Baaz. Con la invasión yanqui y la caída del régimen, la guerra
civil volvió a explotar. Al inicio fue visible en las
distintas posturas de las comunidades frente a la invasión.
Luego se radicalizó con la contraposición sectaria, que es lo
que está endureciéndose ahora y que toma forma con el
“terrorismo”, genéricamente atribuido a los sunitas, y los
escuadrones de la muerte que son expresión de los chiitas y
del gobierno. Es la cara más sencilla de las tres guerras que
están en curso actualmente en Irak. El primer conflicto es
entre los sunitas de un lado y los invasores y el gobierno
colaboracionista del otro. Otro conflicto opone a sunitas y
chiitas a nivel también popular. Es el potencialmente más
grave. El tercero es el que enfrenta a los invasores a una
parte de los chiitas, a fragmentos del gobierno, a los
religiosos ligados a Irán, a las milicias que los
estadounidenses utilizaron para mantener el orden, por ejemplo
en las elecciones, y que han sido reclutadas entre las
milicias del partido religioso chiita de Al Akim, del Sciri,
en el ejército del Madhi de Moktada al Sadr, y trabajan codo a
codo con los marines y a la vez se hacen incontrolables para
éstos. De estas fuerzas salen los escuadrones de la muerte que
corresponden a las milicias sunitas. La población iraquí
puede confiar sólo en las tradicionales tribus y en las
milicias de carácter sectario. Una situación que más allá de
la guerra civil perfila una fragmentación del Estado, ya
evidente e inevitable. Lo difícil desde afuera es entender las
diferencias entre fuerzas gubernamentales y milicias como las
del ejército del Madhi, ya que los que deberían vigilar la
preservación del orden y la unidad del país en realidad están
ligados a las milicias. La comunidad sunita está cada vez
más dividida. Hay una parte radical de la insurgencia, y una
parte moderada, pero hay señales de que también la parte
radical está intentando desligarse de los insurgentes
extranjeros que tienen como cara visible la red de Al Zarkawi.
Los invasores, para intentar recuperar por lo menos la parte
más política de la lucha armada sunita, han intentado buscar
acuerdos, han pagado importantes coimas a jefes locales en las
provincias más rebeldes, buscando por lo menos llegar al
aislamiento de los grupos armados extranjeros.
Simultáneamente, los mandos militares han abierto una polémica
con las milicias chiitas con las cuales hasta entonces habían
colaborado, armando y protegiendo a los escuadrones de la
muerte. Los estadounidenses guardan los archivos del viejo
régimen, especialmente de los servicios secretos. El gobierno
iraquí pretende –sería lo normal– la entrega de esos archivos.
Sin embargo los estadounidenses se niegan, temiendo –con toda
razón– que puedan terminar en manos iraníes y sean utilizados
contra los mismos invasores. Así que el cuadro vuelve a su
origen: la invasión, las elecciones realizadas en los primeros
días por Paul Bremer, disolver el ejército, tratar a la
comunidad sunita como enemiga, imponer ministros llegados
desde el exterior junto a los invasores. Las tratativas para
el nuevo gobierno serían la confirmación del papel de Al
Jafaari, un papel determinante para el joven imán Moktada al
Sadr. La otra cara es el fuerte malestar no sólo de los
sunitas sino por primera vez también de los kurdos. Las
elecciones del 15 de diciembre han mezclado las cartas. Los
kurdos buscan alianzas con los sunitas laicos y con una parte
de los chiitas, especialmente con el ex primer ministro chiita
Allawi y con los partidos sunitas más dispuestos al diálogo y
a la constitución de una coalición antichiita. El kurdo –en
los números y en los hechos– es un proyecto imposible; sería
volver a la era Saddam de gobernar el país contra el 70 por
ciento de su población. Como en una matrioska rusa, la forma
de la muñeca externa es igual a la de la más chica que está en
su interior. La verdadera cuestión de Irak está entonces en el
origen de la formación del Estado nacional iraquí, en su
artificialidad neocolonial y en los eventos de los últimos 70
años. El Estado iraquí fue constituido por el colonialismo
británico contra su misma población: contra los chiitas y
contra los kurdos. El poder fue entregado a los sunitas que
necesariamente podían gobernar sólo con dictaduras y
represión. Hoy, 70 años después, todos los problemas se hacen
evidentes.
Publicado en Brecha el 3 de marzo de 2006
Gennaro
Carotenuto
Columnista del semanario Brecha
de Uruguay
gc@gennarocarotenuto.it
http://www.gennarocarotenuto.it
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