|
Culturales - rodelu.net |
12 de marzo de 2006
|
El País
de España - 12 de marzo de 2006
La testaruda lucha vital de Harold Pinter
El Nobel, que no pudo recoger el galardón por problemas
de salud, reaparece en Turín para recoger el Premio Europa
La derrota es una palabra que se le resiste a Harold Pinter. El último
premio Nobel, que no pudo recoger el galardón en Estocolmo por problemas
de salud, reapareció ayer en Turín para recibir el Premio Europa, dotado
con 60.000 euros. Allí, antes de la cena de gala que se le ofreció y en la
que el actor Jeremy Irons leyó fragmentos de su obra, habló de su lucha
contra las enfermedades que le han acechado y le acechan en los últimos
años y criticó con dureza la situación internacional, la invasión de Irak
y el papel de Estados Unidos y el Reino Unido, su país, en el mundo.
Pinter denunció, entre otras cosas, “la creciente cultura de supresión de
la verdad”.
Enric González - Turín
Harold Pinter
(Londres, 1930) renquea, cojea, tose. El premio Nobel de
Literatura 2005 anda mal de salud y considera "muy improbable" que vuelva
a escribir una obra de teatro. Pero su energía es la de siempre. Ayer, en
Turín, habló en público por primera vez en casi dos años y abundó en sus
críticas contra los dirigentes de Estados Unidos y Reino Unido, contra la
invasión de Irak, contra el llamado "nuevo orden mundial" y contra "la
creciente cultura de supresión de la verdad". El dramaturgo británico
acudió a Turín, pese a su evidente fragilidad, para recibir el Premio
Europa al Teatro en su décima edición.
Pinter compareció en el escenario de un teatro turinés, el Carignano,
con una voz muy áspera, un bastón en la mano y unos sensacionales
calcetines nacarados. Había llegado el viernes por la noche y no se sentía
con fuerzas para resistir una conferencia de prensa. Tampoco aceptó
preguntas del público. Prefirió que le entrevistara su amigo Michael
Billington, crítico teatral del diario británico The Guardian y
autor de su biografía más solvente. Dejó claro que su presencia se debía a
una deuda sentimental: no olvidaba que en 2002 la Universidad de Turín le
había concedido un doctorado honoris causa y una ovación de cinco
minutos. Estaba atravesando un momento difícil, los médicos acababan de
extirparle un tumor y el cariño de los turineses le dejó huella en el
alma.
Su salud no ha mejorado en estos cuatro años. Desde finales de 2004
frecuenta con asiduidad los hospitales. "Dos días antes de que me llamaran
con la noticia del Nobel, me caí en el aeropuerto de Dublín y me rompí la
cabeza", explicó. "Algún tiempo después, cuando trabajaba en el discurso
de aceptación, me llamó mi médico para decirme que, según los últimos
análisis, había contraído una rarísima enfermedad de la piel que, por lo
visto, resulta congénita entre los indios amazónicos. Le pregunté si
tendría que volver al hospital. Me respondió que debía hacerlo en cuestión
de minutos. Entré directamente en cuidados intensivos y sin apenas
respirar".
Aquella fue la vez en que Harold Pinter se sintió más cerca de la
muerte. "Es curioso, no tienes tiempo de pensar, sólo experimentas la
muerte y te esfuerzas en conseguir aire para mantenerte con vida".
"Anticipo el final de la historia: no morí y aquí estoy", bromeó. Salió
unas horas de la UCI para leer ante una cámara su discurso de aceptación
del Nobel, un durísimo alegato contra el neoimperialismo agresivo de
Estados Unidos, y reingresó de inmediato. Pinter era consciente de que
aquel discurso podía ser algo parecido a un testamento. "Por eso me empeñé
en expresarme de forma clara, con lucidez, sin dejar que me venciera la
emoción", comentó.
Sobre el gran dramaturgo pesaba todavía la sombra de una proscripción.
El día después del 11 de septiembre de 2001, la voz de Pinter se apartó
del coro de la solidaridad con Estados Unidos y denunció sus culpas.
Muchos pensaron que el viejo autor de teatro político había cometido un
error imperdonable. "La guerra de Irak ha hecho que cambiaran muchas
cosas", explicó ayer Harold Pinter. "Ahora todos saben a qué grado de
destrucción y tortura puede llegar el poder estadounidense, ahora todos
saben que desde el final de la Segunda Guerra Mundial ha habido otros
Guantánamos, ahora ya se sabe que las torturas en Abu Ghraib no eran
incidentes causados por unos pocos soldados, sino la consecuencia de las
órdenes emitidas desde la Casa Blanca, desde el Pentágono, desde el número
10 de Downing Street", agregó.
Para Pinter, la agresividad de Washington y de las "democracias
cínicas" afecta de lleno a la creación. Citó como ejemplo una obra de
teatro-documental sobre la muerte de Rachel Corrie, una joven
estadounidense arrollada en 2003 por un bulldozer israelí cuando se
oponía a la demolición de una casa palestina. "El teatro neoyorquino que
debía representar la obra prefirió autocensurarse y cancelarla por miedo a
que la consideraran antisemita. ¿Cómo puede ser antisemita la verdad?", se
preguntó. Pinter, hijo de un sastre judío, denunció el avance de "una
creciente cultura de supresión de la verdad".
El dramaturgo mantuvo la misma lengua ácida al hablar de su técnica
como autor. Pinter, cuyas obras suelen constar de tramas leves y
personajes potentes, admitió que cuando creaba una escena desconocía su
desarrollo y dejaba que cada personaje "agrediera" a los demás hasta
alcanzar un resultado. Pero se rió de quienes hablaban de la
"omnipotencia" y "autonomía" de sus personajes. "El autor es siempre el
dueño, nunca me olvido de que el lápiz de tachar lo tengo yo", afirmó.
Pinter, autor de 30 dramas, 24 guiones (entre ellos los de las
películas El sirviente y La mujer del teniente francés), 57
ensayos, una novela y una cantidad ingente de artículos y poesías,
consideró "muy improbable" que volviera a escribir una obra de teatro. "No
es una decisión firme, pero cada vez me interesa más la poesía", dijo. "Y
ya he escrito 30 piezas teatrales. ¿De verdad hacen falta más?".
Lectura con Jeremy Irons
Sobre el escenario, que representa una prisión, hay dos torturadores,
Des y Lionel, y un detenido con los ojos vendados. Des y Lionel comentan
los martirios que están a punto de infligir. "¿Por qué lloras?", pregunta
Des. "Me gusta, me gusta, me gusta. Me siento tan puro...", responde
Lionel. "Haces bien en sentirte puro", proclama Des. "¿Y sabes por qué?
Porque estás purificando el mundo en nombre de la democracia". Éste es un
fragmento de El nuevo orden mundial (1991), una de las seis piezas
de Harold Pinter representadas anoche en Turín en homenaje al autor,
galardonado con el Premio Europa. El premio, patrocinado por la Unión
Europea, está dotado con 60.000 euros. Hoy, antes de una cena de gala, el
actor Jeremy Irons leerá otros fragmentos de Pinter.
El dramaturgo inglés comenzó su carrera como actor clásico y en 1957
estrenó una de sus primeras obras, El cumpleaños, con un gran
fracaso de crítica y público. Siguieron El guardián (1959),
Regreso a casa (1964) y otras piezas hoy consideradas clásicas. A
finales de los setenta su estilo, definido como "realismo psicológico",
adquirió tonos más políticos. A esa fase corresponden El lenguaje de la
montaña (1988) o la citada El nuevo orden mundial (1991),
aunque otras como Tierra de nadie (1974) o Polvo al polvo
(Ashes to ashes, 1996) escapen a una clasificación
simplista.
|