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12 de marzo de 2006
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Página12
de Argentina - 11 de marzo de 2006
Himmler y nosotros
Osvaldo Bayer
Treinta
años de lo incomprensible. La dictadura militar de la desaparición de
personas. Ya ha empezado la discusión que nunca terminará: ¿cómo fue posible
tanta crueldad? Cómo fue posible que mentes humanas en un país cristiano,
católico por añadidura, puedan haber concebido tanta perversidad. Sí, tal vez la
palabra definitoria sería perversidad, más, sevicia. O no, más que eso. ¿No
alcanzan las palabras? El prisionero rebajado a insecto, y desde ese momento la
inquisición, el vía crucis de la desaparición. Para siempre. Hasta desfigurarlo
en sus niños a quien se los arrojaba a manos extrañas, tal vez manos de
verdugos. Lo hizo un régimen de uniformados y de sus no uniformados siempre
solícitos.
La búsqueda del porqué tanta perversión la viví en Alemania
cuando en 1952 llegué allí para estudiar. Era la época cuando la nueva
generación, los jóvenes, comenzaban a preguntarse por qué sus padres habían
cometido, o apoyado por lo menos, los horribles crímenes nazis. Los pocos viejos
que habían regresado de la guerra, callaban. Las mujeres se dedicaban a la
reconstrucción. La discusión sigue hoy todavía. Lo que nunca habían pensado los
culpables del genocidio es que gran parte de sus propios hijos y sus nietos se
iban a avergonzar de ellos. E iban a llevar toda su vida como maldición el ser
hijos o nietos o siquiera familiares de los que ejercieron el poder omnímodo de
las cámaras de gas.
Un libro que acaba de salir en Alemania trata de
aclarar el porqué del drama, el porqué hijos obedientes, cristianos, bien
educados, se transformaron en feroces asesinos que eliminaron pueblos como si
hubieran usado un insecticida para acabar con las cucarachas. Se trata del libro
Los hermanos Himmler y su autora es Katrin Himmler, sobrina nieta del más grande
asesino de seres humanos de toda la historia de la humanidad: Heinrich Himmler,
ministro del Interior de Hitler y jefe de las SS.
Todo el interés de
Katrin Himmler en estudiar su familia comenzó cuando en el colegio primario, en
una clase, un compañero le preguntó en voz alta: ¿Eres tú parienta de Heinrich
Himmler? Y ella contestó correctamente: “Sí, soy su sobrina nieta”. Se produjo
un silencio helado. Todos la miraron con espanto. La maestra no movió un
músculo. Era como tener ahí el fantasma vivo de la muerte.
Desde ese
momento Katrin comenzó la búsqueda de la verdad: documentos, testimonios, las
explicaciones familiares. Llegó a la comprobación que llevaba la sangre del peor
criminal de toda la historia. Los decretos, las órdenes, las cámaras de gases,
los campos de concentración, la “limpieza” de Polonia, Rusia, Rumania.
Yugoslavia... para qué más. El racismo más indignante: el desprecio por el ser
humano. Ancianos, mujeres, niños, hombres marchando en fila a las cámaras de
gases. Katrin Himmler se sintió culpable de llevar esa sangre y cuando llegó a
la madurez se encontró con un joven judío y tuvo un hijo con él. Era la
respuesta a su familia que había sido capaz de engendrar a Heinrich Himmler. Y
ahora, una mujer de esa propia familia les demostraba que ella repudiaba a ese
ser maligno. Un hijo, que llevaba la sangre del peor criminal y de sus propias
víctimas. Fantasías de la historia. Fantasías del ser humano. Claro, Katrin
Himmler, la joven madre, no se preguntó qué hará ese niño cuando sea grande:
tengo la sangre del gran asesino y del pueblo que fue su víctima. ¿Es una
tragedia? Es una enseñanza.
Tema para psicoanalistas, para historiadores,
para sociólogos, para antropólogos. Para teólogos. Para todos. Dios, en su
infinita bondad, sería la interpretación, tal vez, del papa Ratzinger. Claro,
donde cabe la pregunta: ¿bondad en crear a Himmler, a los Himmler. A los Videla,
Massera, a los Astiz..? O en permitir al hombre que cavile acerca de la magnitud
a que puede llevar el Mal. Himmler, en el país de Kant, el de la Etica.La
familia Himmler: monárquica, fiel al Kaiser, católica, que enseñó a sus tres
hijos varones obediencia al padre, a la madre, al Kaiser. Orgullosos de su
patria, patriotas, como se decía. De niños, jugar con soldaditos de plomo y
marchar en el colegio con paso militar. Himmler, el segundo de los tres hijos
varones no tendrá la suficiente edad para ser llamado a la Primera Guerra
Mundial. Sí, su hermano mayor. Y en vez de aprender de esa masacre que costó la
vida de millones de jóvenes, algo más irracional que cualquier otra cosa en la
historia del hombre, entre países cristianos, no, se prepararon desde la derrota
hacia la revancha. Veinte años después.
Alemania había sido traicionada
por los judíos y los comunistas, fue la teoría de la derecha, que en la derrota
buscó explicaciones ante tanta insensatez suicida y con Hitler iba a caer en el
absurdo desatino de más violencia. La violencia dignifica. La lucha contra la
otra Alemania, la que buscaba el socialismo a través de la revolución, o a
través de la libertad, como en la República de los Consejos Obreros, Campesinos
y de Soldados que intentó la igualdad y la paz en Munich en la posguerra y fue
despiadadamente eliminada por los uniformados vencidos en la guerra y que, ahora
sí, asesinaban a los que no querían combatir con las armas sino con las ideas.
En esos “cuerpos libres” uniformados intervino ya el joven Heinrich Himmler.
Serán los mismos que asesinarán a la mensajera de la paz y el derecho de todos:
Rosa Luxenburg. Todo un símbolo: le destrozaron su cabeza llena de sueños e
ideas, de un culatazo de máuser.
El libro de Katrin Himmler trae párrafos
del diario que llevó siempre Heinrich Himmler. En el mismo puede leerse cómo él
se exhortaba a sí mismo a mantener con toda severidad los diez mandamientos
católicos. Interesante para estudiosos del ser humano es la frase de Himmler en
su diario donde rechaza categóricamente toda relación sexual antes del
matrimonio, pero al mismo tiempo se interesaba de toda obra que tratara el tema
sexual. Lo que más le gustaba era practicar el tiro al blanco y usar uniformes.
Lo escribe él mismo.
Ya en las filas de Hitler, Himmler siguió
concurriendo a misa con su familia, pero poco a poco su fe se iba trasladando al
estudio del espiritismo y del ocultismo. Será el momento en que escriba en su
diario: “Hitler es realmente un gran hombre y, ante todo, legítimo y puro. Sus
discursos son muestras magníficas de germanismo y del ser ario”.
Luego,
la autora demostrará prueba a prueba toda la culpabilidad de su poderoso
pariente desde el momento en que el nazismo llegue al poder. Heinrich Himmler se
casará y tendrá una hija. Al mismo tiempo tendrá como amante a su secretaria con
la cual tendrá dos hijos. Un varón, minusválido, y una niña que después de la
guerra será médica. Al perder la guerra, Himmler se suicidará en el momento de
ser tomado prisionero por los ingleses. Su hermano menor morirá en la batalla de
Berlín y el hermano mayor pasará tres años de prisión al fin de la
contienda.
Todos los crímenes de Heinrich Himmler quedan demostrados en
el libro de su sobrina nieta. Se puede decir que ella estudió para tratar de
descubrir por qué su pariente cometió esos bestiales crímenes masivos. Ella se
recibió de científica social y luego estudió historia, e hizo cursos sobre
racismo e interculturalidad. Vive con su hijo en Berlín.
Pero claro, el
tema no termina allí. Ella agregó un ensayo sobre la culpa colectiva del pueblo.
Y allí viene la discusión.
Una discusión que debemos iniciar –o
continuar– los argentinos. ¿Cómo fue posible la aplicación del sistema de la
desaparición de personas por nuestros militares? ¿Tuvimos criminales del tamaño
de Heinrich Himmler? Sí, un Camps, por ejemplo, si bien menor en la cantidad de
víctimas pero la misma ferocidad. Basta analizar la Noche de los Lápices.
Torturar, vejar hasta el paroxismo a adolescentes, y finalmente quitarles la
vida. Camps. ¿Cómo fue posible esa bestia, quién lo formó, en dónde se educó,
qué le enseñaron en su vida militar? ¿Quiénes fueron sus maestros? ¿Cómo llegó a
general, por qué lo ascendieron, quién lo promovió, quién le dio poder? Pero no
nos quedemos ahí. ¿Por qué jamás se juzgó y ni siquiera se acusó a los miembros
del gobierno legal que permitió las Tres A? Sí, se juzgó a López Rega pero nada
se hizo contra los miembros de ese gobierno que se taparon los oídos y los ojos
ante los infames crímenes en la calle. Matar así. Políticos que facilitaron el
camino a la máxima infamia.
Con su silencio, o con su
beneplácito.
En la Argentina se ha iniciado el juicio a militares
culpables de ordenar el cobarde latrocinio. En Alemania fueron condenados a
muerte los grandes culpables, pero también médicos autores de crímenes en los
campos de concentración y civiles, que desde el escritorio dieron la orden de
abrir el gas. En la Argentina, en cambio, los civiles cómplices no fueron ni
citados por la Justicia. Un Martínez de Hoz sigue gozando de todos sus
privilegios y títulos. Como si nada hubiera pasado. Camilión no sólo fue
ministro de la dictadura sino después, sin ningún empacho, de la democracia. Los
grandes impulsores de la dictadura desde la televisión, las radios y los diarios
siguen apareciendo en pantalla diciendo sus verdades con la misma empatía del
’76. La sociedad se calla la boca. No hubo autocrítica de los partidos
políticos.
Toda esta puesta en escena argentina me hace recordar las
palabras de Hanna Arendt en el juicio a Eichmann: “Lo inquietante en la persona
de Eichmann fue justamente que él era como muchos y que esos muchos no eran
perversos ni sádicos sino terriblemente normales. Normales que dan miedo”.
Treinta años. Ojalá los nietos de nuestros verdugos nos ayuden a interpretar por
qué fue posible la muerte argentina.
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