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6 de mayo de 2006
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Brecha
de Uruguay - 5 de Mayo de 2006
Nunca más la vi
Rossana Rossanda es escritora y analista política
italiana, cofundadora del diario “Il Manifesto”. Acaban de
aparecer en Italia sus memorias políticas: “La ragazza del
secolo scorso” (“La muchacha del siglo pasado”, Einaudi, Roma,
2005). Indaga cómo los fascismos nacen del temor gris y de la
pávida indiferencia de las personas de bien. Un pequeño
extracto de las brillantes memorias políticas de Rossana
Rossanda.
Memorias de Rossana Rossanda
[…] Y así en aquel otoño
de 1939. Sin embargo, el año anterior, sería noviembre, mi
compañera de banco me había dicho: “Desde mañana no vengo más
a la escuela”. ¿Por qué? “Porque soy judía.” Se llamaba
Giorgina Moll, tenía un bello y plácido rostro, era un poco
más grande que yo, morocha y gentil. Algunos años atrás, una
joven mujer me dijo animosamente: “Si no hubiera sido judía la
habrías ayudado, habrías intervenido, te habrías informado”.
No, temo que no. Funcionaba el no saber, no querer saber,
sustraerse, no por el peligro, nosotros, muchachos, lo
percibíamos confusamente, sino por una vulgaridad poderosa,
pero, sin embargo, siempre accidental. El no fascismo, que no
era el antifascismo y creía estar aparte no sin una punta de
desprecio, fue una reducción –son las omisiones los verdaderos
pecados mortales–. Yo estaba entrenada para omitir. Nunca
más vi a Giorgina Moll. Confío en que su familia tuviera
reflejos rápidos, y lograra salir de Italia. ¿Qué dijeron los
profesores de aquel vacío en los pupitres? Nada. ¿Qué
pregunté? Nada. O fueron preguntas y respuestas vagas, de
aquellas que no permanecen. Estamos habituados a no preguntar
y a contentarnos con la primera respuesta. ¿Qué quería decir
judía? En nuestra miscelánea triestina no encuentro la
palabra, no se decía en torno a mí tal es judío, tal no lo es:
el judío como “otro” lo decide alguien, lo decidió el
gobierno, el régimen, los fascistas, y parecía que no había
que escuchar aquella prevaricación. Ni siquiera la mayoría de
los judíos se dio cuenta de la gravedad de la situación, o la
negó o la minimizó. En cualquier caso, mis compañeros y
compañeras de escuela no se sentían ni se habían sentido
diferentes. No basta pertenecer a una religión para sentirse
diferente. Hoy, después de la Shoa, sí. Venecia no era un
shtetl, creo que ni siquiera sabían de su existencia, sólo
estaba en la memoria de algún viejo pariente. Debían ser
judíos como yo era católica, que no habría ni soñado decirle a
Giorgina: “¿Sabes?, el domingo he ido a misa”, tan indiferente
era la cosa. Así, de su “no vengo a la escuela porque soy
judía” percibí que otros decidían por nosotros, como sucede
siempre con los muchachos. No hubo alarma. Quizás estuviese
adiestrada para callar o quizás ella misma no advirtiera qué
cosa se ocultaba en aquella separación. No había sido
deportada, sólo no había ido más a la escuela. Hasta ya muy
tarde, entre la gente común la distinción entre judío y no
judío no existió ni para bien ni para mal. Pero el mal debió
ser tan solapado y la gente debió estar tan desposeída que la
discriminación se instaló sin sobresaltos. La furia me invadió
después: quien no tenía en casa o era vecino de antifascistas
comprometidos se había refugiado en el silencio, a lo más –no
sé si mejor o peor– en un rechazo, que parecía aristocrático,
de la política como una cosa sucia de la que no había que
ocuparse. Los míos pertenecían a esta categoría ciega. ¿Y
yo? Es cierto que para los asuntos políticos no tenía un
espacio interno. Pero ¿cómo me comporté? El primer recuerdo
son los manifiestos “Sí Sí Sí” que tapizaban la escuela,
tendría 8 años, estaba en el Lido, los tíos no votaron y
basta. Se decía “el régimen” como una obviedad. Tengo en mente
–¿o lo he soñado?– una visita del rey a Venecia, a la que nos
llevó la escuela, y la desilusión al entrever más allá del
cerco de la multitud a un hombrecito sin corona. Nada de
todo esto entraba en la cotidianidad con la que yo tenía que
ver, ni siquiera cuando tuve 10 o 12 años, salvo por la hora
de gimnasia o por el uniforme. La hora de gimnasia era
tremenda, no alcanzaba a recorrer las barras de equilibrio sin
caer, saltaba sólo treinta centímetros o algo así. “¡Fuerza!,
¡Con polenta!”, gritaban las maestras flacas y derechas,
cabellos tirados hacia la nuca, que provenían de la Farnesina.
Una hacía “Ich” con el saludo romano para mostrarnos cómo la
máxima extensión y enderezamiento del cuerpo supuestamente se
correspondía con aquella palabra, y cómo en alemán funcionaba
admirablemente. Sólo sobre el cuadro sueco subía, bajaba y
hacía cabriolas, por lo que intentaba siempre ir allí, pero
esas maestras maléficas me mandaban a la barra de equilibrio.
Mi cuerpo era perezoso y no lo sabía gobernar, a diferencia de
mi hermana Mimma, habituada desde una larga enfermedad a
tomarlo en cuenta. Mimma recorría las barras fatales en puntas
de pie, como una mariposa, y descendía con gracia de un salto.
Además, saltaba la cuerda como una cabrilla y no dejaba caer
ni una sola pelota. No puedo reclamarle al antifascismo mi
disgusto por la gimnasia, atada a imágenes litorias pero
similar a la hora de religión, obligatoria pero sin
importancia. Sin embargo, me gustaba el uniforme de joven
fascista, un tailleur con camisa y corbata. Con los mismos
papeles nos inscribíamos en determinada clase y en la
categoría de joven italiana o joven fascista. No era un gesto,
hubiera sido un gesto decir: “No, yo no”, pero no me vino
nunca en mente. No recuerdo qué cosas hacía con ese uniforme.
Alguna estupidez debo haber dicho o hecho para que algún
tiempo atrás, en Turín, una compañera de escuela de bellas
trenzas rubias que todavía le circundaban la cara se me
acercara luego de una conferencia en la que yo había sido
agredida verbalmente por algunos secuaces de Nolte: “¿Me
recuerdas? Soy Liliana. Dime, ¿cómo sucedió el cambio?”. ¿Qué
cambio? “¡El cambio político!” ¿Político?, ¿era fascista? “Y,
sí.” Dios mío. Liliana actuaba de buena fe, amigablemente
curiosa. Sin dudarlo, la memoria se precipitó hacia aquella
oscuridad, pero vaciló y no llegó a nada. Desde entonces he
buscado insistentemente en el pasado sin éxito. Su nombre es
Liliana Thalmann, ¿a qué años se refería? No podían ser más
que aquellos en que fuimos compañeras en el Manzoni, entre los
13 y los 16, entre 1937 y 1940, dos años de gimnasio y dos de
liceo, porque anticipé el examen de madurez para ganar tiempo.
Debe haber sido entonces cuando Liliana me vio como joven
italiana y joven fascista –era una graduación por edad–
sostener quién sabe qué. Después la he perdido de vista
durante medio siglo, hasta la noche aquella en Turín. ¿Por qué
no recuerdo qué demonios he hecho o dicho? ¿Será una gran
negación? No pueden haberme seducido el águila y los
banderines, parientes del sol que surgía libre y gozoso,
ridículo. ¿Me habrá tentado la retórica bélica, la gente en
las trincheras, el “Venceremos”?, ¿o estaba atraída por una
cierta impronta antiburguesa, por el erguirse heroico contra
los modestos horizontes, el sentido común del “déjalo
estar”? No sé, pero podría ser éste el motivo, ya que me
daba fastidio y me da fastidio aún hoy. Si existió, fue una
actitud oblicua, nacida de la indiferencia. Ahora pienso que
es la peor culpa. Pero me inquieta. Quince, dieciséis años
ahora no son nada, pero entonces significaban algo. Hasta
entonces, el fascismo era un panorama dado, no elegido, yo era
una muchacha gris. A quienes Renzo de Felice definió como los
sostenedores del fascismo, aquellos de las grandes reuniones
de donde rescatar algún pedazo de identidad, debían ser en su
mayoría grises, el gran color del país. He buscado
individualizarlos con la mirada entre 1943 y 1945, cuando era
decisivo comprender si alguno de ellos te veía, notaba tu
presencia, si te hubiera denunciado. ¿Pero cómo distingues a
un gris? Y no eran ellos los que te denunciaban. Hoy pienso en
ellos con mayor piedad. En cuanto a mí, permanecí ensordecida
por los fragores internos hasta 1943, cuando sobre la mitad de
Europa la guerra había ya pasado, y, de algún modo, ya estaba
decidida. Hasta aquel momento me cuidé de salir y abrir el
hocico. El golpe fue violento.Traducción para
www.sinpermiso.info: Ricardo González-Bertomeu.
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