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3 de mayo de 2006
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La Jornada
de México - 2 de mayo de 2006
Fin del miedo
Pedro Miguel
Quién
sabe en qué terminará esto que apenas está empezando. Por ahora, se
trata del proceso de reacomodo continental más intenso y profundo en la vida de
muchos de nosotros. El factor central de ese proceso es la superación del miedo.
Los ejemplos más extremos: era lógico (o parecía) que a un presidente de
Bolivia le temblaran las rodillas cada vez que recibía una observación
desfavorable del embajador de Estados Unidos en La Paz. Era natural (o esa
impresión daba) que a un mexicano indocumentado en el sur de California se le
acelerara el ritmo cardiaco al cruzarse en la calle con un agente uniformado.
Pero algo cambió. Hoy América Latina es más dependiente que hace tres
décadas, sus tejidos sociales están desgarrados por la globalización y el libre
comercio, y la brecha educativa, científica y tecnológica que nos separa de las
naciones ricas es mucho más abrumadora; ningún estamento de poder en el planeta
se resiste ya a la vertiginosa vorágine comercial en la que chapoteamos o nos
ahogamos y los halcones, partidarios de resolver cualquier diferencia mediante
los bombardeos de precisión, están al mando en Washington. Sin embargo, en
varios países de América Latina hay presidentes que no se dejan intimidar por
los regaños estadunidenses y en las ciudades del país vecino cientos de miles de
indocumentados se exhiben sin temor ante las fuerzas policiales. Los
manifestantes han cobrado conciencia de su poder. Hasta hace poco se conformaban
con sobrellevar las condiciones atroces de explotación, persecución y
discriminación de que son víctimas; ahora se han dado cuenta que es posible
erradicarlas. Cuando menos, están dispuestos a hacer el intento.
Estas jornadas de lucha por los derechos de los trabajadores migrantes en
Estados Unidos (latinoamericanos, la mayoría; mexicanos, la mayoría de la
mayoría) traen a la mente algo que escribió Ryzsard Kapuscinski cuando reseñaba
la caída del sha de Irán:
"Tanto el policía como el hombre de la multitud son personas sencillas y
anónimas y, sin embargo, su encuentro tendrá un significado histórico. Ambos son
personas adultas que han vivido ya algo y han acumulado experiencia. La
experiencia del policía: si le pego un grito a alguien y levanto la porra, éste
se aterrorizará y echará a correr. La experiencia del hombre de la multitud: al
ver acercarse a un policía me entra el pánico y echó a correr. Basándonos en
estas experiencias, completamos el guión: el policía grita, el hombre huye, tras
él huyen los demás, la plaza queda vacía. Esta vez, sin embargo, todo se
desarrolla de manera diferente. El policía grita, pero el hombre no huye. Se
queda donde está y mira al policía. (...) No sabemos si el policía y el hombre
de la multitud se han dado cuenta de lo que acaba de ocurrir: que el segundo ha
dejado de tener miedo y que esto es el principio de una revolución" (El sha o
la desmesura del poder, Anagrama, 1987).
Tras perder el miedo a la migra, los indocumentados, latinoamericanos
en su inmensa mayoría, ayer empezaron a dejar de temer a sus empleadores y
realizaron una huelga cuyo calado todavía está por verse. El 10 de abril se
aparecieron, en muchedumbre, por las calles de Estados Unidos. Ayer
desaparecieron de sus puestos de trabajo y de las cajas de los supermercados
como manera de hacer sentir su presencia.
Algo muy importante está cambiando en las relaciones entre Estados Unidos y
América Latina, y el cambio se manifiesta en ambos escenarios de la ecuación. La
jornada de protestas de ayer en el país del norte no guarda ninguna relación
directa con la nacionalización de los hidrocarburos que anunció el presidente
boliviano, Evo Morales. Son procesos distintos. Pero ambas situaciones tienen
denominador común: el fin del miedo. Hasta hace no mucho, a cualquier gobernante
de esta región del mundo le parecía inviable y hasta suicida cualquier acción
que contradijera el Consenso de Washington convertido en dogma. Hasta hace no
mucho, casi ningún migrante indocumentado se habría atrevido a poner en riesgo
lo conseguido a costa de la separación de su entorno y tras un viaje caro y
plagado de peligros mortales.
Estadunidenses y latinoamericanos estamos condenados a compartir el
continente, a convivir y a mezclarnos de muchas maneras, tanto al norte como al
sur del río Bravo. Hoy podemos atrevernos a pensar que es posible introducir en
los dos escenarios de esa convivencia algunos elementos de equidad y respeto.
Quién sabe cómo terminará todo esto. Por lo pronto hemos empezado a perder el
miedo.
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