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7 de mayo de 2006
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Página12
de Argentina - 6 de mayo de 2006
Desaparición y vida
Osvaldo Bayer
Sí,
regresamos. Y recuerdo aquel Berlín. Paseo por el Heissiwald. Llevo
debajo del brazo el diario La Opinión de Buenos Aires del 26-11-77. Leo allí la
conferencia del almirante Massera en la Universidad del Salvador, de Buenos
Aires. Repito: en la Universidad del Salvador, el almirante Massera. Sí, allí,
el desaparecedor hace responsable de toda la crisis actual de la humanidad a
tres hombres: Freud, Marx y Einstein. El almirante argentino dice textualmente:
“Hacia fines del siglo XIX, Marx publicó tres tomos de El Capital y puso en duda
con ellos la intangibilidad de la propiedad privada; a principios del siglo XX,
es atacada la sagrada esfera íntima del ser humano por Freud en su libro
Interpretación de los sueños, y como si esto fuera poco para problematizar el
sistema de los valores positivos de la sociedad, Einstein, en 1905, hace conocer
la Teoría de la Relatividad, donde pone en crisis la estructura estática y
muerta de la materia”. Hasta ahí el filósofo desaparecedor de
uniforme.
El almirante argentino cuidaba a los argentinos en la
Universidad del Salvador. Y se quedaba con los bienes de sus desaparecidos. Los
tiempos de la infamia, del más profundo de los desconsuelos. Haroldo, Rodolfo,
el Paco. Pero hemos regresado. Leo en la Feria del Libro al Juan Gelman del
Exilio, aquello que escribió en Roma en los años del dolor: “No debiera
arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza. La gente queda
dolorida, la tierra queda dolorida. Nacemos y nos cortan el cordón umbilical.
Nos destierran y nadie nos corta la memoria, la lengua, los calores. Tenemos que
aprender a vivir como el clavel del aire, propiamente del aire. Soy una planta
monstruosa. Mis raíces están a miles de kilómetros de mí y no nos ata un tallo,
nos separan dos mares y un océano. El sol me mira cuando ellas respiran en la
noche, duelen de noche bajo el sol”.
Sí, Juan, nos quedaron las manos
vacías. Pero ya regresamos. Estamos con nuestros libros aquí. Qué imaginación,
pensar que algún día volverían nuestros libros. Quemados por el teniente coronel
Gorleri por “Dios, Patria y Hogar”, el 29-4-1976. El citado oficial fue
ascendido a general por el presidente Alfonsín. Tenemos los argentinos un
general especializado en la quema de libros. Ahí sí que nuestros militares
ganaron la guerra.
Pero volvimos, Juan. Y esta vez estuvieron las Madres,
presentando libros: Madres, treinta años después, con la firma de treinta
escritores argentinos con su análisis de aquellos años, y también Como en
Auschwitz, como en Vietnam, del riojano Alipio Paoletti; el primer Nunca más,
pero sin los dos demonios y sí con los nombres de los verdaderos culpables. Y
también pude presentar otra vez al Severino, prohibido por el palurdo sansirolé
Lastiri, el pazguato que sirvió para preparar el festín de los verdugos. Sí,
Lastiri, y no Marx, Einstein o Freud.
Sí, Juan, y con tu poesía
(“desconsoladamente. Des con sol, hada, mente”) pudimos volver y presentamos La
Rebelión de las Madres, un evangelio laico de honra, coraje, lágrimas fuertes,
pechos que derrotaron al máuser y a la picana. La escribió Ulises Gorini,
documento por documento, día por día, con el nombre de los culpables y de los
soplones de siempre, y de los democráticos de Poncio Pilatos. Y también podremos
presentar un libro sobre Roca, el genocida de esos seres silenciosos que nos
quedarán mirando desde siempre, por los siglos. Sí, el genocida de bronce que ya
en su discurso iniciador de la campaña militar decía: “Haremos desaparecer al
indio de la Patagonia”.
Desaparecer. Y fue al bronce el militar. Y por
eso Videla, Massera, Bussi, Patti, Menéndez, Camps... y sigue la lista
argentina. Desaparecedores.
Y con los libros que presentamos estaban los
rostros de Haroldo, de Walsh, del Paco. Haroldo, que ahora llega la fecha
fatídica, cobarde, de la mortificación y la melancolía. Haroldo Conti, el hombre
de las islas, del río murmuroso, de las frescas caricias y el verde de la vida
amplia. Las botas quisieron matarlo a patadas y su rostro ha regresado
sonriente, como cuando iba a entregar sus notas a Crisis, lleno de sol en la
piel. Las bestias de uniforme no pudieron destrozar su imagen, que se deslizó al
recuerdo infinito por entre el alambre de púa.
Una sociedad que va
reparando sus enormes injusticias. El término “desaparecer” que aplicó el
general Julio Argentino Roca y que llegó a su punto culminante con
Videla-Massera-Agosti sigue en los planes de aquellos a los que sólo les
interesa hacer dinero, el egoísmo como principio ético. Es lo que está
ocurriendo en Baradero. Allí, un supermercado necesita ampliarse, hacer una
playa de estacionamiento para sus camiones. Bien, nada menos que para eso ocupó
un antiquísimo cementerio de los primeros habitantes, los “indios”, como se
acostumbraron a decir los conquistadores. Y sin ningún problema ya han empezado
los trabajos. Total, sólo se trata de huesos de indios. Si se hubiera tratado de
un cementerio cristiano nadie se hubiese atrevido, porque, claro, esos seres
“tienen alma”. Pero ya han empezado las reacciones de los seres que respetan al
ser humano y que se oponen a tamaña indignidad. El supermercado puede pagarse
unos terrenos un poco más allá. Veremos qué dicen los políticos
responsables.
Pero, por suerte, no todo es así en la Argentina. En
Comodoro Rivadavia ha sido quitado el busto al genocida Julio Argentino Roca. No
está más. Un primer paso en la Patagonia. Ojalá que allí, en ese lugar, se
emplace una figura de mujer tehuelche, que dio el producto de su vientre a esa
tierra infinita.
Otro signo de hacer justicia es el movimiento que dentro
de muy poco solicitará en las calles de la ciudad rionegrina de General Roca que
se devuelva a ese lugar su antiguo nombre original: Fiske Menuko. Es que allí
surge la vergüenza de soportar que el lugar donde se vive lleve justo el nombre
de quien no sólo terminó con esos pueblos sino que siempre, en todos sus
escritos, empleó términos despreciativos para con esos habitantes y se quedó
para su fortuna personal con tierras conquistadas a Remington y sablazos. Y lo
que no se puede disculpar es que haya restablecido la esclavitud en estas
tierras enviando a los prisioneros a trabajar a las posesiones azucareras de sus
parientes tucumanos, los Posse, y a las mujeres y los niños repartirlos como
sirvientes en familias de militares y “gente de bien”.
Pero no todo es
argentino lo que no reluce, también en Chile se cometen injusticias desde hace
siglos. La huelga de hambre de mapuches en el sur trasandino, que luchan por sus
derechos a la tierra desde siempre, y que sufren prisiones de años, es una
muestra de lo que también hacen los que se llaman “socialistas”. Que una
socialista y mujer como la señora Bachelet permita eso y mire para otro lado es
una bofetada a la dignidad. El egoísmo de los actuales poderosos dueños de la
tierra ante el derecho de las antiguos habitantes de esas distancias es para
sentirse humillado en lo más hondo de lo que tiene que ser la justicia y el
derecho. Los que quieren defender que ellos sigan siendo dueños de todo van a
refundar siempre la violencia entre los seres humanos.
Al que llegue a la
vida déjesele por lo menos el derecho a vivir y a alimentar a sus hijos con el
agua y la mies de la tierra.
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