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7 de mayo de 2006
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Clarín
de Argentina - 4 de mayo de 2006
Hay que desandar el camino de este absurdo conflicto con Uruguay
Raúl Alfonsín Ex presidente de la nación
La
crisis con Uruguay necesita encausarse con rapidez dado que no sólo
amenaza con dañar de manera profunda la relación bilateral sino que,
además, al entrar en una fase de creciente internacionalización y
judicialización, tiene un fuerte efecto desestabilizador sobre el proceso de integración regional y afecta las relaciones bilaterales con otros Estados de América del Sur e inclusive con Estados de otras regiones.
Uruguayos
y argentinos somos hijos de un mismo proceso histórico, donde el pasado
de ambos países está íntimamente entrelazado. Me permito agregar que el futuro de la Argentina y del Uruguay sería incomprensible sin tener presente al hermano de la otra orilla.
Todo
análisis de la actual crisis por la construcción de fábricas de
celulosa debería partir de esta constatación. Es indudable que si dos
países hermanos que se reconocen partícipes de un pasado y un futuro
común se encuentran ante una crisis de tamaña proporción es porque algo no ha sido conducido adecuadamente por ambos lados y no meramente por una de las partes.
Tal vez como nunca sea tan exacta y explícita aquella frase de otro ex-presidente, que señala que "se necesitan dos para bailar un tango".
En el actual contexto se requiere sobre todo oídos abiertos al diálogo
para escuchar las necesidades y preocupaciones de la otra parte y poder
encontrar una solución mutuamente satisfactoria y superadora de la
actual problemática.
Esta solución debería asegurar por un lado el necesario flujo de inversiones —sin caer en competencias descontroladas por su radicación
que sólo benefician a los inversores de terceros países— y, por otro,
la protección del medio ambiente en ambas márgenes del Río Uruguay. Los
errores de una y otra parte son evidentes y se desnudan ante la
profundización de la crisis, por más que se los busque ocultar con palabras altisonantes y actitudes pueriles.
A
mi entender se hace cada vez más claro que una vez asegurada la
inversión directa externa en territorio uruguayo el anterior gobierno
del ex presidente Batlle avanzó de manera avasallante, siguiendo paradójicamente el ejemplo de las grandes potencias contra toda la tradición uruguaya en política internacional.
El
gobierno uruguayo "olvidó" su larga tradición de defensa del derecho
internacional, su cultura de la búsqueda de soluciones institucionales,
su profundo respeto para proteger el medio ambiente y tener en cuenta
las inquietudes de la ciudadanía y, por sobre todo, que el tema es en
el fondo un problema de un recurso compartido.
Es decir,
que debe resolverse de manera bilateral y no por imposiciones
unilaterales. Faltó de parte uruguaya transparencia en la forma de
presentar los argumentos y hasta diría un poco de caballerosidad
al aprovechar el desconcierto del lado argentino. El presidente Tabaré
Vázquez, se encontró sin muchas opciones. Los contratos ya estaban
firmados y la obra comenzada. Asimismo, fue empujado incomprensiblemente por nuestro país a una situación en la cual no tiene margen político para flexibilizar su posición.
El
gobierno de nuestro país es también responsable de la situación. Actuó
de manera condescendiente y confusa en un principio para pasar luego a
una actitud desmedida. Mientras tanto, la ciudadanía de Gualeguaychú
cuya preocupación comprendo, parecía conducir el reclamo argentino, y
lo hacía en una actitud doblemente equivocada, que no justifico.
Por
una parte reclamaba la no realización de las obras, en vez de apuntar a
un serio monitoreo tanto de la forma en que se construía como de la
operación posterior. Por la otra, con el propósito legítimo de evitar
que su costa sea contaminada de manera que perjudique la salud o la
economía, se cortaron rutas internacionales vitales para la integración sudamericana.
Quizás
eso explique que las autoridades argentinas, al descubrir la
significación de los intereses en juego, actúen de manera imprudente y
desmesurada para cubrir su anterior error.
Me parece sumamente
grave que los presidentes de ambos países hayan basado su comunicación
a través de los medios de prensa y que se resolviera derivar la
cuestión a un ámbito judicial externo, cuando el tema podría haberse dirimido de manera serena a través de un diálogo constructivo, técnico y político.
Pero más grave aún es que la discusión sobre las papeleras sirva como excusa para cuestionar el proyecto de integración que nos une.
Son muchos los que utilizan la actual crisis para cuestionar ya no la
forma en la cual se encausa el proceso de integración regional, sino
sus objetivos.
Desde mi punto de vista, la actual crisis señala las limitaciones de la actual concepción del Mercosur
pero no invalida el proceso de integración. Todo lo contrario: las
falencias destacan la debilidad institucional del proceso de
integración.
Se hace evidente que el Mercosur no ha avanzado
en temas fundamentales como la coordinación de posiciones respecto de
la inversión directa externa y de las normas que deberían proteger el
medio ambiente en nuestra región.
Soy muy crítico de la
transformación del proyecto de integración que se inició a mediados de
la década de los 80 y se convirtió en el Mercosur en 1991. Ello implicó
su desfiguración en un mero mercado sin ambición política, abierto a los vaivenes de la coyuntura económica internacional.
Comparto
asimismo la decepción de muchos por el hecho de que en estos momentos
se mantenga el proceso de integración encuadrado en un sistema que responde a una lógica neoliberal,
así como también comparto la preocupación uruguaya por la falta de
transparencia que caracteriza al sistema de toma de decisiones en el
Mercosur.
Pero por ser crítico respecto de su
instrumentalización, no pierdo de vista cuál es el objetivo y cuáles
son las amenazas que nos acechan y por ello es imperioso que se
construya sobre lo ya realizado y no se intente regresar al pasado.
Es
evidente que los bloqueos de los puentes generaron una presión enorme
sobre Uruguay, pero tuvieron asimismo costos económicos,
institucionales y políticos para nuestro país. No debe perderse de
vista también que la crisis aísla a la Argentina en la región,
al afectar intereses de otros países; en particular Chile, pero también
a Paraguay, Bolivia y Brasil, además de los intereses de las empresas
europeas.
Los constantes llamados de Uruguay para que Brasil
intervenga, o la posible intención de asociarse comercialmente con los
Estados Unidos, a los que se suman varias declaraciones de importantes
dirigentes, son claros ejemplos de la lamentable posibilidad de una fractura del Mercosur.
La
desunión en la región genera mayores costos para uruguayos y argentinos
y abre oportunidades para terceros. Debemos recordar que el proceso de
integración entre nuestros países contribuyó de manera decisiva a
eliminar las hipótesis de conflicto, instaurando un invalorable ambiente de paz que distingue a nuestra región respecto de otras partes del mundo.
Asimismo,
contribuyó a la consolidación de las democracias y a la vigencia de los
derechos humanos en todos los países de la región y a generar un espacio de diálogo, colaboración y cooperación entre todos los países miembros y asociados.
El
Mercosur tiene deficiencias y limitaciones, y enfrenta obstáculos
mayores. Pero uruguayos y argentinos, pueblos de criollos, de gauchos y
de obstinados y laboriosos inmigrantes, no nos caracterizamos por
darnos por vencidos fácilmente ante la primera adversidad.
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