OLÓ,
SIN PENA ni gloria, el director de la CIA, Porter Goss. Renunció el
viernes 5, Bush le aceptó la renuncia ipso facto y secamente. "La sorpresiva
dimisión del jefe de la CIA revela la crisis de los servicios de información de
EEUU", titula Le Monde. Por detrás se perfila la figura de Negroponte, pero hay
mucho más.
La sombra negra de Negroponte
Quien exigió la renuncia de Goss fue al parecer el director general de
Inteligencia, John Dimitri Negroponte, quien fue ubicado por Bush en ese recién
creado cargo de extrema confianza, y que supervisa las 16 agencias de espionaje
de EEUU, incluyendo la CIA. Tiene una larga historia como organizador de grupos
armados contra la revolución sandinista, y en el servicio exterior, desde la
embajada en Honduras a la de Irak bajo la ocupación, pasando por la ONU.
La CIA sufrió dos series de fracasos resonantes, relacionados con los
atentados del 11 de setiembre 2001 y con las presuntas armas de destrucción
masiva en Irak. La Comisión de inteligencia del Senado publicó en junio de 2004
un informe, calificado como "devastador", sobre las informaciones que condujeron
a la guerra de Irak. Allí se dice: "Las informaciones eran falsas, excesivas y
generalmente no estaban basadas en hechos", y se culpa de ello a "la debilidad
de la dirección de la CIA". Este asunto trajo cola a varias puntas. El embajador
Wilson había informado a su hora que la publicitada adquisición de uranio en
Níger por parte del régimen de Saddam Hussein era un invento sin fundamento, y
su revelación condujo a que se hiciera pública la identidad de su esposa Valerie
Plane como agente encubierta de la CIA, operativo a cargo de Karl Rove, una
suerte de eminencia gris de la Casa Blanca muy allegado a Bush, el cual también
ha debido dejar de su puesto visible. Es otro aspecto de la sangría que aqueja
al gobierno de Washington.
En julio 2004, una Comisión investigadora sobre el 11-9 demostraba en un
informe de 567 páginas que entre 1998 y 2001 la CIA no había hecho absolutamente
nada para impedir los preparativos de los atentados por parte de Al Qaeda. Poco
antes de la publicación de estos informes había renunciado el director de la
CIA, George Tenet, nombrado para ese cargo por el presidente Clinton en 1997. A
partir de setiembre 2004 (luego de un breve interinato de John McLaughlin, que a
poco andar renunció a la Agencia "por motivos personales"), su sucesor fue
precisamente Porter Goss, antiguo funcionario de Inteligencia y presidente de la
Comisión de Inteligencia de la Cámara de Representantes. Ahora, tras poco más de
un año y medio, este ciclo se cierra.
En caída libre
La Agencia se queja de que aparece como el chivo expiatorio de todos los
desastres perpetrados por la administración Bush, que la han colocado en una
posición desairada ante la opinión pública mundial y la de su propio país, tales
como la invasión de Irak con falsos pretextos, el uso generalizado de las
torturas y las prisiones secretas en Europa. La semana pasada, la representante
demócrata Jane Harman, también de la Comisión de Inteligencia, expresó su
inquietud por la situación de la Agencia, diciendo que "la reforma de los
servicios de información se arrastra y la CIA está en caída libre". En los
hechos se confirma que existe una verdadera hemorragia de personal
experimentado. Incluso el senador John McCain, republicano, declara que "nuestra
seguridad está en peligro". En menos de dos años se produjeron no menos de 300
renuncias. El cargo de responsable de Europa cambió dos veces, lo mismo que la
jefatura adjunta de la dirección de operaciones, el servicio más poderoso, con
1.200 agentes empeñados en actividades de espionaje urbi et orbi. El mes pasado
la analista Mary McCarthy fue expulsada por trasmitir a la prensa informaciones
confidenciales sobre las prisiones secretas.
Los torturadores yankis ante la Comisión de la ONU
Sobre este punto, justamente, deberá informar en estos días el secretario de
Justicia (general attorney) de EEUU, Alberto Gonzales, a una Comisión de la
Unión Europea, que recién ahora se ha despertado, al cabo de años de cientos de
vuelos clandestinos de aparatos de la CIA con prisioneros que hacían escala en
sus territorios para luego ser trasladados a centros de tortura como Abu Ghraib
y Guantánamo.
Y el mismo viernes, delegados del Departamento de Estado y del Pentágono
comparecieron en Ginebra ante el Comité de la ONU contra la tortura, y tuvieron
la desfachatez de negar lo que el mundo conoce por medio de centenares de fotos,
filmaciones y testimonios irrecusables: las torturas aberrantes a los
prisioneros perpetradas por las fuerzas yankis siguiendo órdenes de los mandos,
todos los cuales siguen gozando de la más completa impunidad.
Publicado en La República
el 7 de mayo de 2006