Gennaro Carotenuto - rodelu.net |
17 de junio de 2006
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“Cosas que pasan”
Masacres estadounidenses en Irak
George W Bush cayó sin avisar por Irak, como manera de
festejar “en el terreno” la muerte del número uno de Al Qaeda
en ese país, Al Zarkawi, y de paso sacar alguna rentita
electoral en Estados Unidos e insistir con eso de que en
Bagdad “la situación está controlada”. Por los mismos días,
tres presos se suicidaban en la base estadounidense de
Guantánamo y se conocían detalles de matanzas perpetradas por
marinos en Irak y Afganistán.
Gennaro Carotenuto desde Roma
Nouri Al Maliki, primer ministro iraquí, recibió una
llamada telefónica muy especial en la mañana del martes:
“Venite a la embajada”. Ni siquiera fue necesario explicarle
cuál embajada; se levantó y fue. Ahí lo esperaba George W
Bush. Al Maliki, el primer ministro iraquí, no tenía idea de
que el presidente de Estados Unidos hubiese viajado a su país.
Se sacaron algunas fotos, se dijeron algunas frases rituales
celebrando los triunfos mutuos y su confianza en logros
futuros y se fueron, cada uno por su lado. Por lo menos esta
vez Bush estuvo en Bagdad y no se limitó a permanecer en el
aeropuerto. En su única visita anterior, en noviembre de 2003,
ahí se quedó, sacándose fotos mientras en el comedor del
aeropuerto mismo repartía un pavo enorme entre los soldados.
Sólo después se supo que el pavo que relucía rodeado de papas
al horno era de plástico, de esos que se usan en
publicidad. El hecho de que ningún ciudadano iraquí –ni
siquiera el primer ministro– fuera informado de la visita
relámpago de Bush a Irak es bien ilustrativo de la realidad de
las cosas: los que siguen mandando en ese país son los
invasores. Sin embargo, Al Maliki no se enojó: aquella
convocatoria tan insólita y tardía del presidente de Estados
Unidos constituyó para él un día para celebrar. Caben dudas,
por el contrario, acerca de si Bush recuerda siquiera el
nombre de su interlocutor iraquí. Al presidente estadounidense
lo que le interesaba esencialmente era sacar provecho
electoral –se acercan las elecciones de mitad de período– de
la muerte del enemigo público número uno, el dirigente de Al
Qaeda en Irak Al Zarkawi, un hecho que le reportó a Bush un
aumento de dos puntos en su índice de popularidad. La
desaparición de Al Zarkawi no cambia la situación en el
terreno –según el centro de estudios indio saag, el dirigente
fue eliminado por la propia resistencia– pero Washington la
presenta como un éxito. Bush intentó también, con su viaje
a Irak, acallar las voces críticas sobre las violaciones a los
derechos humanos cometidas por su país en Irak, en Afganistán
y en Cuba. Y también para intentar desmentir a quienes niegan
la realidad de las proclamas triunfales y que las tropas
ocupantes controlan totalmente la situación en Irak o en
Afganistán. Hace ya tres años que Bush afirmó urbi et orbi que
en Irak “la misión” ya se había cumplido. Tampoco la prensa
estadounidense estaba al tanto del viaje de Bush. Tanta era la
necesidad de seguridad, que hasta un hombre cercano al
presidente como el ministro de Justicia, Alberto González –el
mismo que defiende la “liberalización” de la tortura–, se
enteró de ella por tevé.LA SANGRE DE LOS VENCIDOSEl 28
de mayo un camión estadounidense terminó su carrera
desenfrenada matando a cinco civiles en el barrio de Shurai
Somali, en Kabul, Afganistán. El hecho derivó prácticamente en
una insurrección popular, a la cual los ocupantes respondieron
con... otra masacre. Hay quien afirma que los muertos fueron
varias decenas. Numerosos corresponsales occidentales en la
capital afgana coincidieron en que si la insurrección hubiese
sido programada, y no espontánea como fue, hubiese podido
tomar la capital, la única ciudad del país donde se suponía
que el control estadounidense y del gobierno colaboracionista
era firme. Sin embargo, también en Afganistán la otan necesita
más hombres, más tanques, más aviones, para seguir “exportando
democracia”. El 8 de junio, en Bruselas, la Unión Europea
decidió aumentar sus tropas en Afganistán de 9 mil a 17 mil
hombres, toda una muestra de la inestabilidad de la situación.
Son tan brutales los métodos de esos soldados –hasta el
gobierno afgano les pide mayor respeto por las vidas de los
civiles– que están logrando que los talibán sean percibidos
como resistentes y libertadores. En Bagram, siempre en
Afganistán, al marino Corsetti le gustaba que lo llamaran “el
príncipe de la tortura”. En la noche del 4 al 5 de diciembre
de 2002 Corsetti asesinó a dos civiles. Una de las víctimas,
Dilawar, era un conductor de taxi que odiaba a los talibán, y
sin embargo fue torturado como tal durante la última semana de
su vida. De su compañero de celda, Habidullah, se conoce sólo
el número que le habían asignado en la cárcel: el 412.
Corsetti ha sido absuelto de todo cargo por un tribunal
militar. Según denunció Amnistía Internacional, sus jefes,
Carolyn Wood y Christofer Beiring, fueron promovidos y
enviados a Irak, a Abu Gjraib, donde seguramente siguieron
aplicando las mismas técnicas. El hecho es que la tortura está
explícitamente permitida por las directivas generales
aprobadas por la Casa Blanca en el memorando de febrero de
2002, redactado por Alberto González, aprobado por Donald
Rumsfeld y suscrito por George W Bush. Ese texto excluye de
los beneficios de la Convención de Ginebra a los llamados
“enemigos combatientes” como Dilawar. También en Irak la
situación está fuera de control, tanto política como
militarmente. El propio primer ministro Al Maliki, en una
entrevista concedida al New York Times, afirmó que las
violencias estadounidenses contra civiles son “un hecho
cotidiano”. De acuerdo a varios testimonios, Al Zarkawi fue
liquidado a palazos y patadas por los marines, cada vez más a
menudo acusados de cometer matanzas. Una de las peores tuvo
lugar en Haditha, un pueblo de la provincia de Anbar, en Irak,
el 19 de noviembre de 2005, como represalia por la muerte de
un cabo de los marines. Allí, 24 civiles, entre ellos mujeres
y niños, fueron semienterrados vivos y luego acribillados a
balazos. Durante meses los altos mandos estadounidenses
afirmaron que se trataba de terroristas, hasta que la verdad
se supo, con lujo de detalles, tras la publicación de una
investigación en el semanario Time. La masacre de Haditha fue
comparada a la de My Lai, en Vietnam. Lo sucedido en
Faluya, la ciudad mártir cuyos habitantes fueron bombardeados
con armas químicas y luego rematados a lo largo de varios
días, también se supo tras denuncias de medios de prensa
occidentales. Y fue gracias a la denuncia del diputado
demócrata y héroe de guerra (¡sic!) en Vietnam John Murtha que
hoy están detenidos los siete marines acusados de haber
asesinado sin ninguna motivación y a sangre fría a un civil
iraquí en Hamadiya, un pueblo al oeste de Bagdad. A su vez,
fue la cadena británica bbc la que permitió que saliera a luz
la masacre de Ishaki, del 15 de marzo, cuando cinco niños,
cuatro mujeres y dos hombres fueron ejecutados de un tiro en
la nuca por soldados estadounidenses. El más pequeño de los
niños tenía seis meses. La versión oficial sostenía que todos
habían muerto tras el derrumbe de su casa en el curso de una
batalla entre marines buenos y terroristas malos. Comentando
estas noticias, el ministro de Defensa, Donald Rumsfeld, dijo:
“Son cosas que pasan”.
Publicado en Brecha el 16 de junio de 2006
Gennaro
Carotenuto
Columnista del semanario Brecha
de Uruguay
gc@gennarocarotenuto.it
http://www.gennarocarotenuto.it
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