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25 de junio de 2006

Rodney Arismendi dirigente comunista uruguayo fallecido

Arismendi, los comunistas
y el proceso revolucionario Latinoamericano

“La revolución no es artículo de exportación ni de importación. Es el resultado de la voluntad del pueblo, convencido a través de su experiencia y con las clases revolucionarias que a su frente son capaces de realizar ese destino…”
Rodney Arismendi
“El VII Congreso de la IC y el fascismo en América Latina de hoy”

Gustavo Espinoza M.
Del Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera
Uno de los trabajos políticos más serios y al mismo tiempo apasionantes que se produjeran en América Latina a mediados de la década de los setenta del siglo pasado, fue el estudio de Rodney Arismendi referido al papel de los comunistas y las tareas del proceso revolucionario latinoamericano, presentado ante el Simposio programado por la Revista Problemas de la Paz y del Socialismo con motivo de 40 años del VII Congreso de la Internacional Comunista.

Como se recuerda ese Congreso, celebrado entre julio y agosto de 1935 marcó un hito histórico para el movimiento revolucionario mundial y sentó los cimientos para la lucha contra el nazi fascismo, expresión máxima de la dictadura terrorista de los monopolios en los años previos a la Segunda Guerra Mundial. El Informe Central del evento, a cargo de Jorge Dimitrov, fue una de las exposiciones más consistentes que se haya producido en la lucha por la liberación humana. No sólo caracterizó con precisión los elementos de la época, sino que diseñó una política integral, indispensable para el movimiento revolucionario, y señaló el conjunto de tareas a cumplir para asegurar la victoria de los pueblos en esa coyuntura histórica, quizá la más compleja y difícil que tuvo que vivirse en el pasado siglo XX.

El VII Congreso de la IC perfiló también un rumbo claro para las fuerzas revolucionarias de todos los continentes. No estuvo ajeno a ese esfuerzo, sin duda, el papel activo de los Partidos Comunistas y Obreros que también en América Latina aportaban con esfuerzo creciente a la lucha por un orden social nuevo, más humano y más justo.

Hay que decir con propiedad que el tema de América Latina fue tocado en un inicio sólo tangencialmente por los exponentes avanzados del pensamiento internacional. Carlos Marx fue el primero de los grandes pensadores revolucionarios que esbozó ideas básicas referidas a nuestra realidad. Aunque no profundizó en ellas, no se puede negar que el pensamiento marxista estuvo siempre íntimamente vinculado a las luchas de los trabajadores de nuestro continente. Y es que nunca fue ajena a las inquietudes de los pueblos de la región, la construcción de una sociedad en la que la libertad y la historia coincidan en procura del bienestar del hombre.

Al reflexionar en torno a los temas que nos hemos propuesto, es indispensable entonces detenernos sumariamente en algunos aspectos cardinales del desarrollo: el encuentro de América Latina con la visión socialista, la irrupción de la región en el concierto revolucionario internacional y su presencia en la IC, el peso de América Latina en el combate contra el imperialismo y las camarillas oligárquico feudales y el desarrollo de la lucha de clases, para entender mejor el invalorable aporte de Rodney Arismendi, paradigmática figura del movimiento revolucionario internacional.


Lenin y América Latina

Una característica de la época, y también del aporte leninista, fue considerar a esta parte del mundo como “América”, y poner más atención, naturalmente en los fenómenos que generaba el pujante desarrollo del joven orden capitalista en la parte norte de nuestro continente. Sin embargo fue Lenin el primero que aludió directamente al papel de los países de América Latina en el devenir de la historia contemporánea. Lo hizo al abordar la crisis económica del capitalismo en su conocido estudio “El imperialismo, fase superior del capitalismo” publicada en 1916. Allí subrayó la comedia que se presentaba en el mercado internacional de capitales cuando un buen número de Estados “desde España hasta los Balcanes, desde Rusia hasta Argentina, el Brasil y China se presentan, abierta o encubiertamente ante los grandes mercados de dinero” exigiendo la concesión de empréstitos aceptando a cambio imposiciones que los sometían a las exigencias del sistema financiero.

Fue Lenin también quien puso énfasis en la necesidad de hablar de “la política colonial de la época del imperialismo capitalista” , haciendo notar que el capital financiero originaba formas de dependencia estatal. Ponía entonces el dedo en la llaga aludiendo a las formas de semicolonia, citando expresamente como tal la situación de Argentina. Para el efecto, se remitió a Schulze-Gaevernitz para quien América del Sur y sobre todo Argentina se hallaban en tal grado de dependencia financiera de Londres se les debía calificar como “colonia comercial inglesa”.

Caracterizando a los países de América Latina como “dependientes”, Lenin puso énfasis en remarcar los fuertes vínculos que estaba relación de dependencia generaba entre el poder central con la burguesía de la Argentina y con los círculos dirigentes de toda su vida económica y política

Pero el interés de Lenin por América Latina rebasó largamente la inquietud científica o intelectual. Vladimir Ilich cuidó mucho sus vínculos con América del norte y del sur. Es un hecho histórico el recordar que en los primeros años del siglo XX funcionaba ya en Argentina “la Sección Rusa del Partido Socialista”, integrada por militantes del POSDR, revolucionarios emigrados después de 1905. A través de ellos, Lenin tuvo siempre documentos informativos referidos al proceso social argentino y latinoamericano. Por eso en su momento apoyó a los Socialistas Internacionalistas de Buenos Aires que se enfrentaron a los reformistas, y alentó a Recabarren en Chile y a Justo en Argentina respaldando su pedido de incorporación a la Internacional.

Lenin vio con viva simpatía el proceso mexicano, y mantuvo vínculos directos con diversos revolucionarios de ese país. Admiraba sus luchas y su contribución al desarrollo del pensamiento progresista en nuestro continente.

Es importante subrayar estos elementos porque en nuestro tiempo hay quienes, sin fundamento alguno, deslizan la idea de que el Partido Bolchevique, atenazado por una cierta visión eurocentrista, no mostró interés alguno en América Latina, y que sólo la lucha de nuestros pueblos hizo posible que tardíamente, Moscú mirara esta región del mundo.

Esa percepción errónea se orienta a proclamar una supuesta “autonomía” en el pensamiento socialista latinoamericano como una manera de considerar “correcta” luego una política revolucionaria distante de Moscú. Distante, en el fondo, claro, de la influencia de los partidos comunistas y obreros, que fundieron sus propias acciones con el batallar cotidiano del proletariado de nuestro continente.


La función de la III Internacional

Hace ciertamente bien Rodney Arismendi en reconocer que la estrategia y la táctica de las luchas del proletariado latinoamericano en la segunda parte del siglo XX estuvieron basadas en las experiencias de la Revolución Rusa, en las obras de Lenin y en los acuerdos y debates de la Internacional Comunista. En esto también debe insistirse ahora por cuanto no faltan quienes, desconociendo la historia, pretenden encontrar intereses distintos entre la Internacional Comunista y la lucha de los pueblos de América Latina. Alberto Flores Galindo, un extinto investigador social de nuestro país lleva esta idea hasta el extremo de asegurar que Mariátegui, por ejemplo, “nunca llegó a establecer vinculación alguna con la Internacional. Ni siquiera pudo viajar a Rusia”. Y por si le fuera insuficiente la formulación la reitera para concluir asegurando que “el año 1927, Mariátegui no existía para la Internacional”.

En realidad lo que se busca con este tipo de especulaciones seudo teóricas es alcanzar un doble efecto. Por un lado, desdibujar el perfil de los revolucionarios latinoamericanos que, como José Carlos Mariátegui, fueron fieles a las concepciones internacionales del proletariado, asignándoles una suerte de filiación abstracta, episódica y casual, en el fondo reformista o social demócrata. Por otro, afirmar la idea de que la III Internacional fue apenas una estructura administrativa y burocrática, ajena a los intereses de los pueblos y a sus luchas, y sometida a caprichos de personas de discutible solvencia moral o política. Una manera de deformar la esencia del pensamiento revolucionario y descalificar la práctica de los comunistas en el escenario latinoamericano, pero también aislar a nuestros pueblos de lo que fuera en su momento la experiencia revolucionaria rusa que hay que revalorar en su justa dimensión.

Para situar la historia como corresponde, hay que recordar que en 1918, aún antes de constituirse la III Internacional, y por influencia de la Revolución Rusa de 1917, se creó el Buró Panamericano de la Internacional Comunista, con el aporte -entre otros- de los mexicanos José Allen y Enrique Flores Magón, del periodista norteamericano John Reed y de Sen Katayama, revolucionario japonés residente en los Estados Unidos. Este Buró funcionó en los Estados Unidos y en México y contribuyó decisivamente a la fundación de Partidos Comunistas en América Latina, Estados Unidos y Canadá, así como a la formación de grupos comunistas en Cuba que en 1925, y bajo la orientación de Baliño, fundaron el primer Partido Comunista de Cuba, muy gratamente recordado por la historia.

La actividad del Buró Panamericano fue examinada y reforzada por el Comité Ejecutivo de la IC en 1921, lo que le permitió ampliar su radio de influencia en la región llegando incluso a Venezuela a través de los hermanos Machado y a Argentina, influyendo en los Socialistas Internacionalistas que dieron nacimiento al Partido Comunista de ese país. Fue por iniciativa de la IC y luego de la discusión del 21 cuando se trató acerca de la necesidad de prestar mayor atención a los problemas derivados de la lucha antiimperialista. Y aunque el Buró Panamericano se disolvió ese año, se crearon dos dependencias del mismo nivel, una para atender el Caribe, con centros en México, Chicago y La Habana; y otro con conexiones vivas en Buenos Aires, Montevideo y Santiago de Chile.

Numerosas precisiones podrían hacerse en torno al trabajo y a la actividad del Buró Sudamericano de la IC y a su publicación más exitosa: La Correspondencia Sudamericana. En una coyuntura muy compleja, y superando adversidades, asumió tareas de importancia, y las cumplió. Tuvo errores, por cierto, mostró incluso rasgos de incomprensión de diversos fenómenos y se hizo eco, a su vez, de los errores y deformaciones que se registraran en ese periodo en el movimiento comunista, pero nada de eso disminuye el papel positivo que jugó en aquella circunstancia histórica.

Es interesante recordar que fue en el VI Congreso de la Internacional Comunista celebrado en Moscú en 1928 que América Latina puso sus problemas en la orden del día. Por primera vez en la historia en un evento de trascendencia mundial, América Latina y sus problemas fueron motivo del análisis y las reflexiones de las más destacadas figuras del movimiento revolucionario internacional y de los partidos comunistas y obreros de todos los países.

Erróneamente, en sus tesis, Bujarin incorpora a todos los países del sub continente adjudicándoles la calidad de “países coloniales”, pero saluda como un avance la lucha del pueblo de Nicaragua contra la intervención militar norteamericana, y abre la perspectiva del debate para un mayor intercambio de opiniones y experiencias en beneficio de los pueblos.

Como era previsible, los debates no fueron sólo teóricos. Se extendieron al plano de la ejecución política, al cumplimiento de tareas revolucionarias y al análisis de realidades concretas. La delegación latinoamericana asistente al evento tuvo la oportunidad de plantear con franqueza sus preocupaciones esenciales y llamar la atención del movimiento revolucionario mundial acerca de la importancia de la región. “América Latina –dijeron- es el Interlant del más poderoso imperialismo, de la más poderosa burguesía del mundo (ella) disfruta de esa supremacía en buena parte gracias a la base económica de América Latina”.

Bien puede afirmarse que en el periodo, la IC tuvo aciertos y errores. Uno de los primeros fue, sin duda, la creación de la Liga Antiimperialista de las Américas (José Carlos Mariátegui fue considerado parte integrante de la dirección de la Liga); y entre los segundos hay que reconocer algunas deformaciones que pronto hicieron crisis: El propio Bujarin presentó una visión deformada de la realidad que los comunistas latinoamericanos y otros soviéticos corrigieron. Zinoviev recomendó a Haya de la Torre formar una suerte de Kuo Ming Tang latinoamericano -el APRA-, que hizo un daño muy grade al proceso revolucionario en América Latina.

No fue fácil entonces el abordamiento de los temas de América Latina en el escenario de la IC. No solamente porque se trataba de problemas complejos sino también porque ellos ocurrían en un escenario convulso en el que se enfrentaban tendencias discordantes. Esa discusión no estaba zanjada en 1929 cuando se produjo la primera Conferencia de Partidos Comunistas a la que concurrió una delegación peruana envida por Mariátegui, ni tampoco en la primera Conferencia Sindical de América Latina celebrada en Montevideo. Ambas, sin embargo, aportaron creadoramente al debate de nuestros problemas básicos. .

Es conocido el conjunto de coincidencias y de diferencias que se manejaron en el evento de Buenos Aires del 29 y que se procesaran en el marco de las decisiones del Buró Sudamericano de la IC. Pero los críticos de nuestro movimiento ponen énfasis en las desavenencias para mostrar el rostro de una falsa ruptura. En realidad hubo un rico intercambio de opiniones y experiencias que fortaleció el accionar de los comunistas en la región. La preeminencia del debate ideológico fue establecida por algunas de nuestras más descollantes figuras, pero el trabajo teórico resultó insuficiente. Por eso, probablemente, el APRA logró afirmarse debilitando significativamente la lucha de nuestros pueblos.

Rodney Arismendi estuvo en la primera fila cuando se trató de desarrollar el deslinde indispensable con las tendencias falsamente revolucionarias de Haya de la Torres y sus seguidores. Del mismo modo como lo hizo desde La Habana Julio Antonio Mella, Arismendi publicó uno de sus más polémicos trabajos bajo el título de “La filosofía del marxismo y el señor Haya de la Torre. Sobre una gran mistificación teórica” editado en Montevideo con prólogo de Jesualdo. Ya en ese entonces Arismendi acertaba en algo que confirmó la historia:

“que la concepción hayista es nefasta para el desarrollo de la revolución democrático-burguesa en el continente y que sus postulados contribuyen a la conservación de las prescriptas estructuras del atraso económico, encadenadas a la voracidad del capital financiero internacional”

Nefastas para nuestro pueblo no sólo fueron las concepciones seudo filosóficas del señor Haya de la Torre, sino también la práctica política de su partido, que fue gobierno en nuestro país y pretende volver a serlo. El APRA, en efecto no sólo dejó de ser una fuerza social avanzada para convertirse en un escollo para el progreso y el desarrollo de nuestro pueblo; sino que se transformó en el instrumento más eficaz para asegurar y perpetuar la dominación imperialista. Más allá de su retórica huera el propio Haya y los continuadores de su política, se pusieron objetivamente al servicio del Gran Capital y de los Monopolios y ejercieron, cuando pudieron, una dictadura terrorista contra nuestro pueblo.

Durante muchos años, sin embargo, los comunistas peruanos trabajamos a partir de los textos de Arismendi, de Mella y de los nuestros -José Carlos Mariátegui, César Guardia Mayorga y Jorge del Prado- para enfrentar la ofensiva ideológica desplegada contra el marxismo. Hoy esa lucha n solamente que no ha terminado, sino que enfrenta nuevos retos.


el proceso latinoamericano

Si en un comienzo América Latina fue el granero de los monopolios, poco a poco fue tornándose en un campo de batalla entre los pueblos y las camarillas tradicionales de Poder ligadas al Gran Capital. Surgieron en nuestra región procesos nacional- liberadores y movimientos democráticos y progresistas de gran magnitud, pero ciertamente el más significativo de todos fue la Revolución Cubana, que llegó para quedarse.

El invalorable aporte de Cuba al proceso revolucionario mundial y el ejemplo de dignidad y de coraje que encarnan su pueblo y su gobierno, favorecen el desarrollo de las luchas en la región y abren perspectiva a todos los nuevos fenómenos que hoy ocurren en el sub continente, azotado sin embargo por el odio imperial que llegó a extremos brutales en diversos países.

Experiencias como las vividas en Brasil a partir de 1964, Uruguay desde junio de 1973, Chile desde septiembre del mismo año, Argentina después y otros países, mostraron de manera clara la disposición del Imperialismo a recurrir a todos los procedimientos posibles para detener y derrotar el auge de los pueblos. El fascismo latinoamericano, con características muy precisas, fue una forma de dominación extremadamente cruel que usó el Gran Capital para proteger sus privilegios y cautelar sus intereses. Nunca como en esos años nuestros pueblos fueron sometidos más a prueba. Y respondieron y actuaron no sólo con infinito valor, sino también con aguda inteligencia. Se unieron prontamente y sumaron en torno suyo a sectores y fuerzas más amplias, y usaron las más diversas formas de lucha para derrocar a las dictaduras.

Hoy, Pinochet, Videla, Alvarez, Stroessner son simples esperpentos ubicados en el basurero de la historia a la que pasaron no como gobernantes, sino como vulgares asesinos y ladrones que cometieron crímenes horrendos y se robaron a manos llenas los recursos de los países a los que transitoriamente alcanzaron a doblegar por la fuerza de las armas y el terror.

Las dictaduras asesinas, a las que habría que añadir la de Alberto Fujimori en el Perú, nos dejaron sin embargo una estela de desastres imborrable. No sólo envilecieron la política, sino que saquearon también nuestros recursos y sometieron a nuestros países para imponer contra los pueblos modelos económicos perversos. Por eso, en lugar de resolverse, los problemas de la región quedaron como secuela y se agravaron en grado extremo. Hoy han tornado casi ingobernables a diversos países.

Y es que, independientemente de los mecanismos de represión que hoy subsisten en nuevas condiciones, los gobiernos reaccionarios de la región -continuadores en lo económico de los “ajustes” neo liberales impuestos por el Fondo Monetario y el Banco Mundial- insisten en aplicar fórmulas abusivamente que sólo descargan el peso de la crisis sobre los escuálidos hombros de los trabajadores y el pueblo.

Entre 1991 y 1992, siguiendo el derrotero del modelo impuesto por las dictaduras, extraña simbiosis de dinero y fusiles, América Latina invirtió 16 mil 500 millones de dólares en armas Entre 1997 y 1998 esa suma se elevó hasta los 26 mil millones. Un dato indicativo resulta reconocer que los países de nuestra región invierten en armas el 10% de sus presupuestos nacionales, más -ciertamente- de lo que disponen para los programas de salud, educación y bienestar social.

8 de cada diez niños que mueren en América Latina perecen por neumonía, o desnutrición. Y eso lo reconoce la Oficina Panamericana de la Salud.

La pobreza, que había disminuido del 41% al 36% entre 1990 y 1997, habiéndose reducido en 11 de 14 países analizados; aumentó al revertirse la tendencia y pasó de 200 millones a 224 millones de personas en el ultimo bienio del siglo XX, tal como lo informó la Segunda Conferencia Regional de seguimiento de la Cumbre Mundial sobre el desarrollo celebrada hace pocos años en Chile.

El 24% de la población de América Latina -224 millones de personas- vive actualmente bajo la línea de la pobreza. Pero todos sabemos que hoy hay más de 90 millones de personas que viven simplemente en condiciones de indigencia. Ellos representan al 18% de la población total.

En 1980, cuando irrumpen en América Latina las políticas neo liberales, el número de pobres en la región era de 135 millones. Hoy es de 224 millones. El número de indigentes, que era de 62 millones hace veinte años, subió a 90 millones ahora.

En 1980 la posición de América Latina en la economía mundial era mucho mejor que la que tiene hoy. Por ejemplo, el peso de América Latina en las exportaciones mundiales en 1980 era del 6%. Veinte años después, con políticas neoliberales y administraciones pro yanquis, el índice ha descendido al 5%.

En cambio ha crecido el nivel de la deuda externa. En 1980 era de 250 mil millones de dólares, al arribar al nuevo siglo esa deuda estaba por encima de los 750 mil millones de dólares. Hay que considerar sin embargo que entre 1986 y 1997 los pagos por amortizaciones e intereses referidos a la deuda externa sumaron 763 mil millones de dólares. En cifras, es claro entonces que la famosa deuda externa del sub continente, ya ha sido pagada.

En nuestro país afrontamos una situación en extremo dramática: el 54% de la Población Económicamente Activa vive bajo el límite de la pobreza y hay ocho millones de peruanos en condiciones de extrema pobreza, que carecen de ingresos, salud, educación, puesto de trabajo o vivienda. En el Perú, en efecto, cada año vienen al mundo 620 mil niños. Un tercio de ellos, sin embargo, se origina en vientres enfermos, atravesados por la tuberculosis, la hepatitis, la desnutrición y el Sida. Hoy se sabe, adicionalmente, que en el Perú hay un millón 200 mil alcohólicos, pero que nada menos que cien mil niños afronta la misma certificación.

Con horror, recientemente, entidades universitarias de indiscutible solvencia aseguraron que en nuestro país hay tres millones de niños pobres que no reciben ninguna ayuda social del estado como consecuencia de la mala distribución de los recursos. Y en el extremo, los voceros de la oligarquía justifican el hecho arguyendo sin rubor que, “felizmente”, ya acabaron las épocas de “el Estado Benefactor”.

En cambio, el gobierno peruano -uno de los más serviles de la región- se jacta de tener en sus arcas 15 mil millones de dólares de “reservas netas” que reflejan una inexistente solvencia financiera. Su discurso se solaza, además, con la estabilidad “macro económica”, que supuestamente brinda “confianza” a la inversión extranjera. También con el incremento cuantioso de la producción de las minas de oro, que enriquecen a consorcios norteamericanos, y con la producción de otros minerales que son sustraídos de nuestro suelo. El país ha vuelto a ser, en efecto, emporio del Gran Capital

Muchas otras cifras podríamos citar para subrayar el verdadero estado de falencia en el que se encuentran los países de la región como consecuencia de las dictaduras asesinas, los gobierno pro norteamericanos y la creciente riqueza de los poderosos como consecuencia de los modelos económicos impuestos contra la voluntad de los pueblos por los organismos financieros internacionales y las obsecuentes administraciones locales. Hay que decir sin embargo solamente que en los últimos veinte años la participación de la industria en el total de la economía latinoamericana descendió del 24% al 16%; y que la región aportaba en 1980 el 50% del valor agregado industrial de la producción en el tercer mundo; y que ahora aporta apenas el 25%.

Y que el modelo precariza toda la estructura productiva, lo confirma apenas el hecho que de cada cien nuevos puestos de trabajo que se crean en esta parte del mundo, 85 lo son en el área informal de la economía. Los trabajadores, entonces, carecen de estabilidad en el empleo, de seguridad social, de acumulación por tiempo de servicios; en un contexto en el cual los pueblos ven afectadas crecientemente sus posibilidades de contar con una educación pública de calidad, servicios de salud y atención médica eficaz, y una política social elementalmente justa.

Problemas como los derivados de la desocupación, el analfabetismo, la violencia, la contaminación del medio ambiente humano y del medio ambiente del trabajo, la desnutrición infantil, la toxicomanía y otros males; afectan severamente la convivencia humana y ponen serios riesgos frente a nuestros pueblos.

De ese modo se van creando en América Latina las condiciones revolucionarias indispensables -de las que hablaba Lenin- y que diseñan una verdadera situación revolucionaria. Los de “arriba” - en efecto- no pueden seguir gobernando como antes; y “los de abajo” no están dispuestos a dejarse gobernar como antes. La situación sin embargo es más dramática por el retraso de las fuerzas indispensables de recambio. En algunos países -como el Perú- la clase dominante ya no puede gobernar, pero dramáticamente las fuerzas del pueblo no están tampoco en condiciones de asumir en sus manos el poder. La ausencia de un liderazgo social reconocido y solvente, permite que sectores improvisados y núcleos ganados incluso por la desesperación y el aventurerismo, asomen como alternativa improvisada. Esto nos obliga a revisar algunos temas básicos que abordó también en su momento Rodney Arismendi.


Los caminos de la revolución

Se nos plantean para el debate algunos temas claros. Como consecuencia de la crisis y la aplicación del modelo neo liberal, como resultado de la globalización capitalista y como consecuencia de las políticas de ajuste impuestas contra la voluntad de los pueblos, se han registrado cambios en la estructura productiva de nuestros países.

El desarrollo deformado del capitalismo en la región ha afectado incluso a la Clase Obrera, que ha sufrido severos golpes represivos, pero también medidas económicas que han afectado su misma condición de clase. Eso ha permitido que circulen especulaciones seudo teóricas que pontifican en torno a la llamada “desaparición del proletariado”, añadiendo al tema la idea de la desaparición –también- de la lucha de clases.

De esta formulación se derivan dos deducciones. La primera es que, como la clase obrera “ya no existe” ahora hay que buscar nuevos referentes. Por lo demás, si la clase obrera no existe, no tiene sentido tampoco -dicen algunos- que existan partidos de la clase obrera, es decir, partidos comunistas. Por lo demás, si lo que ha desaparecido es “la lucha de clases” entonces hay que buscar otra vía -¿la colaboración de clases”, quizá?- y renunciar a la expresión más alta de la lucha de clases que es, ciertamente, la revolución social. Antiguos marxistas, entonces, se han vuelto reformistas y buscan ahora introducir “cambios” que “mejoren” la sociedad capitalista. Todo ello en nombre de la “modernidad”.

Es antigua la tesis aquella de las reformas. Y es legítima también la idea de luchar por ellas sin renunciar a los cambios revolucionarios indispensables que no caerán del cielo, sino que serán forjados por los trabajadores y los pueblos de una manera directa y concreta. Pero hay que tener claras las ideas.

Que la clase obrera de hoy no es igual a la de “antes” es una verdad de Perogrullo. La clase obrera rusa de 1905, no fue tampoco la clase obrera de la Comuna en 1871; ni tampoco la que en 1917 tomara el Poder y fundara el régimen de los Soviets. La clase obrera que en el mundo luchó en los Frentes Populares contra el nazi fascismo, era distinta a la clase obrera que debió enfrentar las dictaduras fascistas de la década de los setenta del siglo pasado en América latina. En todas las épocas y circunstancias cambia la clase obrera, su composición y sus tareas. Pero ella se mantiene como clase porque es consustancial a la estructura misma de la sociedad capitalista, y su tarea principal - acabar con la explotación y la miseria- tampoco se esfuma.

La lucha de clases sigue existiendo porque no han desaparecido los elementos que la hicieron posible -la propiedad privada sobre los medios de producción y el trabajo asalariado-; solo que ahora adquiere nuevas formas y permite la incorporación de nuevos actores a la actividad de masas.

Las formas del trabajo revolucionario tampoco han cambiado. Han surgido nuevos procedimientos que ayudan también a fortalecer la educación y la conciencia de las masas, pero las huelgas y las movilizaciones obreras no pueden ser consideradas “obsoletas”. Tampoco, ciertamente, las formas superiores de lucha incluso en los países en los que se ha ampliado transitoriamente la estructura democrática del Estado.

Arismendi acierta entonces cuando ya en los años setenta del siglo pasado aseguraba que América Latina vive en un periodo de ascenso revolucionario general, independientemente de las fluctuaciones coyunturales de cada país. Recordemos que en su trabajo sobre el VII Congreso de la IC, subrayaba tres elementos ciertamente claves que hoy hay que recordar:

• A pesar de los diversos niveles y ritmos entre los distintos países, el proceso revolucionario sigue abarcándole continente.
• Las convulsiones revolucionarias han venido cubriendo toda una fase histórica aproximadamente desde los años cincuenta y
• La presencia expoliadora del imperialismo yanqui y la inclusión de América latina en su estrategia global son poderosos factores que enlazan en muchos aspectos los procesos revolucionarios de los distintos pueblos.

“Concebimos el proceso revolucionario continental ante todo como parte del gran proceso histórico de la revolución socialista internacional. Como previera Lenin, el tránsito del capitalismo al socialismo se desenvuelve abarcando toda una época histórica”. Esto decía Arismendi en octubre de 1980 en Berlín. Y conserva ciertamente plena vigencia.

El tema, entonces, es otro: la capacidad que tienen las vanguardias políticas en cada país para jugar el rol que les corresponde. El papel dirigente en la lucha -decía Lenin- corresponde a quien lucha con mayor energía, sabe aprovechar todas las ocasiones para asestar un golpe al enemigo. Para este efecto resulta indispensable que el comportamiento político de la vanguardia sea diáfano y que nadie pueda enrostrarle el hecho que sus palabras difieran de sus acciones.

Esa es también una lección que entregó Rodney Arismendi a los revolucionarios de todos los países. Por eso sus ideas constituyen un aporte en la hora de hoy, cuando los pueblos de América Latina, con la bandera del socialismo, defienden firmemente a Cuba socialista, y apuntalan los procesos nacional-liberadores que surgen en diversos países. La experiencia bolivariana de Venezuela que lidera Hugo Chávez, los acontecimientos de Bolivia a partir de la elección de Evo Morales, las luchas de las masas populares que en Brasil. Uruguay, Argentina, Chile y otros países diseñan referencias esenciales en el combate contra el Imperio, el heroísmo de la martirizada Colombia y los cambios que se avizoran en la correlación de fuerzas en el continente; abren una nueva perspectiva.

La batalla principal contra el imperialismo es más dura por la política de Bush, fuertemente atada a resabios neo nazis, y enfrascada crecientemente en una brutal guerra de exterminio contra pueblos indefensos, como Afganistán e Irak. También la solidaridad con esos pueblos, y la lucha resuelta contra esas guerras y esa política constituyen un deber esencial. Si Rodney Arismendi estuviera físicamente entre nosotros, sin ninguna duda ocuparía un lugar activo entre quienes enarbolan la bandera de los pueblos que es, sin duda, también la bandera de la lucha por la integración continental y contra la guerra imperialista.

Lima, abril del 2006


Gustavo Espinoza M.

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