Kintto Lucas
- rodelu.net |
6 de agosto de 2006
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Ecuador
Cuando el volcán ruge, aparece la pobreza
Kintto Lucas Quincenario Tintají / Quito
"Lo
bueno del rugido de la Mama Tungurahua es que
ahora el gobierno y los periodistas saben que aquí hay
pobreza", me comenta Dolores en la comunidad El
Santuario mientras escuchamos los quejidos del volcán,
semejantes al rugido de un animal herido en el que se
mezclan el dolor y la rabia.
No es un ruido aterrador como dicen algunos
periodistas, es un ruido de mucho respeto, parece un
llamado de atención. "Es un ruido de mucho dolor por
ella, por nuestras tierras sequitas y flaquitas, por
nuestros cuycitos, nuestras gallinas, por nosotros que
nos mantenemos en pie", asegura Dolores, luego mira
hacia el volcán, acaricia el perro flaco que se le
acerca y agrega:
"Aquí los únicos que estamos firmes somos nosotros y
la cebolla. Nosotros que resistimos desde hace 500
años y debemos seguir viviendo con volcán o sin
volcán, y la cebolla que también es fuerte y resiste a
la tierra sin agua, al frío, a la ceniza, al cascajo y
a los tiros de la Mama Tungurahua que cada tiempo le
habla a las autoridades por el olvido".
La voz de Dolores conmueve por su sabiduría, sabe que
ni ella ni la mayoría de las familias de esta
comunidad se van a ir a vivir a alguno de los refugios
improvisados porque está es su tierra, perdida y
encontrada en este rincón del Ecuador olvidado como
tantos otros. "Aquí estamos y cuando mi hijo me vino a
decir que le habían dado la llave de un cuarto para
que se vaya con la familia a Quero a protegerse, le
dije que no me movía de aquí, y también sus hijas le
dijeron que no se movían de aquí. La tierra se mueve
pero nosotros y la cebolla estamos firmes", señala
Dolores casi en el mismo momento en que un hongo de
ceniza sube hacia el cielo desde el volcán y el rugido
se apaga por algunos segundos.
Sus ojos marrones parecen haber vivido todas historias
de la Mamá Tungurahua. Su voz transmite calma, su
tranquilidad parece de otro lugar. Algunos curiosos
nacionales y extranjeros que se animaron a subir hasta
aquí, llegan para "observar al volcán y su gente" como
si se tratara de un espectáculo, y estuvieran viviendo
una de aquellas viejas películas de Hollywood en las
que explotaba un volcán y la pareja de protagonistas
se salvaba corriendo río abajo mientras los nativos
que los perseguían eran absorbidos por la lava.
Alcanzo a decirles que este no es un espectáculo.
Algunos entienden, otros se sonríen.
A pocos metros Dioselinda junto a sus hijos de uno,
tres y cuatro años, dice que ella no tiene miedo
porque conoce al volcán como si fuese un abuelo que a
veces les cuenta de su historia y otras veces les
rezonga, "pero los guaguas en la noche lloran cuando
ruge así... como ahora". Sus ojos serenos y tristes
observan las gran nube gris que sube y que tal vez en
poco tiempo estará desparramando su ceniza por la
zona.
"El otro día cuando el volcán dio el tiro, el cascajo
y la candela cayeron hasta aquí y tuvimos que correr a
cubrirnos en la casa. También cogimos a los cuyes y
los llevamos adentro. Hay que tapar a los animales.
Fue como un cañonazo que hizo doler hasta las orejas,
pero pasó. Todo pasa...", comenta y mira a su hijos.
Los niños observan extrañados alrededor de su madre,
se sonríen como si todo se tratara de un cuento. Nunca
más que inocente, nunca menos...
El gris se apodera del paisaje, de los animales, de
los cultivos, de las casas. A lo lejos hacia la
derecha del Tungurahua el blanco de la cumbre de un
nevado es el único color vivo, diferente. A cincuenta
metros una señora da algunas sobras de comida a dos
cerdos que permanecen atados a un palo pero se mueven
nerviosos ante el grito del volcán y el temblor que
provoca. Más acá Angel dice que lo peor es no tener
con qué alimentar y como proteger a los animales que
sirven de sustento. "Siempre tenemos poco, pero ahora
tenemos menos", asegura con cierto pesar pero sin
pedir consuelo. Ningún comentario se parece a una
queja. Nadie pide que las autoridades lleguen con
limosnas. No creen en la autoridades, creen en su
propio camino, aunque este se tiña de gris como ahora
y como tantas veces. Como cuando no tiene créditos ni
ayuda gubernamental para producir. Como cuando no
tienen agua para sus cultivos ni médicos para pelear
contra las enfermedades. Como cuando la educación no
llega, y solo se encuentra en el discurso distante.
Como cuando sobreviven a pesar del olvido de todos.
Como siempre.
Aquí están, como salidos del cráter de un volcán que
los hace públicos, que los da a conocer a las
autoridades nacionales y a los medios de comunicación,
siempre distantes del país, siempre lejos de la gente.
En Sucúa la desolación es total, gran parte de la
gente se marchó. Dejaron todo y no dejaron nada.
Aunque eso es mucho cuando es lo único que se tiene.
"Ya no tenemos nada. El ganado y las gallinas se han
muerto, los cultivos están destrozados ¿De qué vamos a
vivir?", comenta José mientras junta algunas ropas
antes de irse para un refugio en Pingüe. Allí Isabel
de 22 años muestra su dolor por la muerte de Stalin
uno de sus hijos de dos años que tuvo una afección
cardíaca. Algunos dicen que es consecuencia del rugido
del volcán, "de que su corazón tan pequeño no resistió
al miedo". Pero su madre niega que su muerte haya sido
provocada por el Tungurahua. "No culpen al volcán, mi
hijo murió como mueren tantos guaguas, por el abandono
en que nos tienen", dice sin derramar una sola
lágrima.
Cada comunidad, cada poblado, cada rincón de los
afectados por la Mama Tungurahua tiene una historia
que no viene de ahora, que no surgió con el repentino
interés de los medios de comunicación y de las
autoridades nacionales, es una historia semejante a la
de muchos rincones de un país desconocido y olvidado,
postergado y escondido... con fría conciencia. El otro
país, el país real, el de las inmensas mayorías, el
país que espera...
Quincenario Tintaji Nº 95 / Quito
Segunda Quincena de Julio de 2006
Kintto Lucas
Escritor y periodista uruguayo radicado en Ecuador
Tintají Informa
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