Gennaro Carotenuto - rodelu.net |
13 de Agosto de 2006
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Oriente Medio
Olmert carga el fusil
El gabinete de guerra israelí decidió la escalada que
lleva a la reocupación de todo el sur de Líbano. Los
estrategas calculan que sacrificarán en este objetivo entre
100 y 500 soldados de Israel y matarán hasta 7 mil civiles.
Frente al apoyo estadounidense a Israel, la diplomacia está
completamente estancada.
Gennaro Carotenuto desde Roma
Hoy, 11 de agosto, es el día 30 de la guerra más larga
combatida por el Estado de Israel en su historia. Según su
comandante en jefe, Ehud Olmert, deberá durar entre uno y dos
meses más. Es el tiempo necesario para aniquilar al enemigo,
repite el primer ministro que sustituyó Ariel Sharon a fines
de 2005. Es lo mismo que dijo después de 48 horas, tres días,
una semana, dos, tres. Es un Israel militarmente estancado el
que anuncia la guerra total que podría estar desencadenándose
en estas horas a menos que un improbable milagro diplomático
lo impida. Imposible desde que en la tarde de ayer jueves,
Amir Peretz, ministro de Defensa, laborista, fundador en otra
época de la organización pacifista Paz Ahora, y que ahora
empuja una masiva invasión por tierra y se perfila como el
líder del partido de la guerra, ha declarado que “el alto el
fuego sólo puede ser producto de los triunfos del
ejército”. Por primera vez en la historia, los árabes
empiezan a percibir que el ejército israelí no es invencible.
Como sucede con las modernas guerras asimétricas donde el
pueblo está de rehén entre los dos bandos, ya han muerto más
de mil civiles libaneses y sin embargo la capacidad de fuego
de Hizbollá sigue siendo impresionante. Han matado a más de
cien israelíes, entre ellos, ayer jueves, a un niño de 5 años,
Fathi Assadi, en la aldea drusa de Dir el Assad. Sin embargo
con la invasión las cosas se complican. El día miércoles
Olmert sacrificó al dios de la guerra 15 de sus mejores
guerreros. Es un país chico Israel; en tanto la superioridad
militar pueda ser demostrada con los F16 o bombardeando con la
marina los barrios populares de Beirut, y sabiendo que la
opinión publica israelí no ve y no quiere ver las
destrucciones, la guerra parece sustentable. Pero 15 funerales
de chicos jóvenes –13 eran de la reserva, llamados a hacer la
guerra en un país extranjero lejos de sus trabajos, sus
familias– es un precio alto. Todo el día jueves furiosos
combates han barrido del mapa la aldea de Marj Ayoun, poblada
mayoritariamente por cristianos y sin embargo decisiva en la
carrera empezada por el ejército israelí hacia el río Litani,
unos 30 quilómetros al norte de la frontera, donde pretenden
establecer el límite de la nueva franja de ocupación o más al
norte, involucrando todo el valle de la Bekaa y separando
físicamente el sur del Líbano de Siria. En la tarde del jueves
el ejército israelí anunciaba haberse retirado de Marj Ayoun.
Según la televisión de Hizbollá, Al Manar –al cierre de esta
edición la noticia está por confirmar–, habrían perdido otros
18 hombres.UN MES PERDIENDO EL RUMBOEhud Olmert tiene
aún el apoyo de su pueblo. Según Haaretz, este miércoles el 93
por ciento de los israelíes sigue apoyando la “guerra justa”.
Y la apoya el principal aliado de Israel: Estados Unidos. Sin
embargo Olmert tiene delante un camino sembrado de
incertidumbres y riesgos. Mirando atrás, la guerra hasta ahora
ha sido un fracaso, el primero de una gloriosa historia
militar, la del Tsahal, el ejército israelí. Los masivos
bombardeos del sur de Líbano, en las primeras horas, tras la
captura de dos soldados en pleno territorio israelí el 12 de
julio, no han logrado una retirada de las milicias de Hizbollá
que han intensificado el lanzamiento de misiles. Éstos han
pasado de ser una peligrosa provocación a confirmarse como
armas mortales capaces de hostigar la vida cotidiana de una
ancha región del norte y del centro de Israel. Hasta ahora han
sido alrededor de 3.350 los misiles que han logrado
aterrorizar el territorio israelí. La extensión de los
bombardeos terroristas a todo Líbano –aliado de Occidente y
considerado ejemplo positivo de la exportación neoconservadora
de la democracia– ha soldado al pueblo libanés como quizás
nunca antes. Sunitas, chiitas, cristianos, filosirios y
filoccidentales, laicos y fundamentalistas religiosos, se han
compactado frente a la agresión israelí. En los días
siguientes, las repetidas masacres de civiles han causado
daños graves a la imagen de Israel y a la solidaridad de la
cual gozaba en buena parte de la opinión pública
internacional. El inicio de la invasión por tierra, con la
bravura demostrada por los milicianos chiitas en Bintl Jbeil,
ha transformado para las masas árabes al líder de esta
organización, Hassan Nasrallah, en un héroe capaz de poner en
jaque a uno de los más poderosos ejércitos del mundo. Tanto el
primer ministro, filooccidental y antisirio, Fuad Siniora,
como el presidente de la República, filosirio, Émile Lahoud,
han expresado durante este mes su apoyo a Hizbollá. Nasrallah
ha encontrado la manera de entrar de lleno en el juego
político aceptando el envío, propuesto por Fuad Siniora, de
tropas libanesas al sur del país, hasta ahora controlado por
sus milicianos desde el retiro israelí de 2000 y desde la
resolución 1.559 de la onu, que imponía el desarme. Los
israelíes estaban convencidos de que la guerra sería rápida.
No fue así. Las polémicas no han tardado en desatarse incluso
en el ejército israelí. Al jefe de la región norte, general
Udi Adam, al cual se le imputa una larga cadena de errores,
incertidumbres y lentitudes, se le ha superpuesto –sin
sustituirlo– otro general, Moshe Kaplinsky, veterano de la
guerra en el sur de Líbano.ISRAEL NO PUEDE EMPATARFrente
a las dificultades, Olmert y su gobierno responden
preparándose para la batalla más difícil, en la cual podrían
sacrificar, según sus analistas, hasta 500 soldados israelíes.
Es un número extraordinariamente alto para un país de unos
seis millones de habitantes. En proporción, en apenas un mes,
sería comparable a la mitad de los muertos estadounidenses en
una década en Vietnam, o a 12 veces los caídos occidentales en
Irak en tres años. En palabras de Amir Peretz: “Israel está
combatiendo esta guerra para el mundo libre”. Evidentemente la
única manera de combatir una guerra “para el mundo libre” es
haciendo propio el lenguaje y la praxis política de la guerra
antiterrorista estadounidense. Es una lógica que lleva a una
pregunta angustiosa para todos los amigos sinceros de Israel.
Son los que no la están empujando –como hace el gobierno
estadounidense– a rodearse de tierra quemada. Son los que
preguntan, casi con pudor: ¿qué pasa si después de la
invasión, los 500 caídos, los 7 mil civiles muertos que habrán
aislado aun más a Israel, los Katyusha siguen martirizando a
Galilea? Este es el drama de Israel (y de su víctima
libanesa): asumida la lógica antiterrorista impuesta por el
falso amigo estadounidense, Israel no puede permitirse
dialogar ni mucho menos puede aceptar un compromiso en el
terreno. Si no gana, pierde. Y ganar o perder no es un
capricho para Israel. Como escribe en Maariv el analista Amir
Rappaport, “Israel está determinando su capacidad de disuasión
militar a largo plazo frente al mundo árabe”. El voto del
miércoles que decidía la invasión ha sido caracterizado en el
gabinete por nueve votos favorables y tres abstenciones, las
del viejo Shimon Peres hoy miembro de Kadima, Eli Yishai del
partido Shas, y el laborista Ophir Pines-Paz. Afuera, desde
una oposición de izquierda aislada en la sociedad, el partido
Meretz habla de “trampa mortal”.LA DEBILIDAD
INTERNACIONALLa decisión del consejo de guerra israelí de
aprobar la invasión por tierra ha helado a una comunidad
internacional ya paralizada. Así, el envío de cascos azules
sin alto el fuego se reveló como una quimera. Era una quimera
y sin embargo da idea de la dificultad de una solución
política a la guerra empezada el 12 de julio. Estados Unidos y
Francia, que en el Consejo de Seguridad de la onu casi
representan respectivamente a Israel y a Líbano, alcanzaron un
acuerdo que pronto se demostró inviable: permitir la
permanencia de tropas israelíes en Líbano sin ninguna garantía
para la contraparte. El fracaso del “Gran Oriente Medio” de
George W Bush ofreció una importante ocasión a la visión más
multilateral que en política internacional tiene el Quai
d’Orsay, el Ministerio de Exteriores francés. Sin embargo, la
visión francesa sigue chocando con la rigidez estadounidense,
que a pesar de rumores de contrastes incluso entre el
presidente y Condoleezza Rice, no se ha modificado en cinco
semanas: darle tiempo a Israel para aniquilar a Hizbollá, lo
que implica apoyar la ocupación del territorio del sur del
Líbano y del valle de la Bekaa, la región fronteriza con
Siria. En este contexto Estados Unidos está haciendo jugar a
Israel un papel –necesario en la visión neoconservadora– que
sin embargo no quiere encarar directamente: abrir las puertas
e involucrar a Siria. La caída o el debilitamiento del joven
Bashar modificaría y disminuiría la influencia iraní sobre
Palestina y Líbano. Es un ajedrez en el cual juega también
Rusia, que hoy ejerce su rol de gran potencia
petrolera.
Publicado en Brecha el 11 de Agosto de 2006
Gennaro
Carotenuto
Columnista del semanario Brecha
de Uruguay
gc@gennarocarotenuto.it
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