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8 de Octubre de 2006
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Brecha
de Uruguay - 6 de Octubre de 2006
El Che inédito
En “Che Guevara. La vida en juego”, la periodista
argentina Julia Constenla recoge, en palabras e imágenes,
fragmentos de la vida del guerrillero desde sus primeros días
en Argentina hasta los últimos en Bolivia. BRECHA se
entrevistó con la autora en Buenos Aires.
María Esther Gilio
—Estábamos en 1959 y el
Che acababa de entrar con Camilo Cienfuegos en La Habana. Yo
era periodista de la revista La Mujer y fui a ver a Celia de
la Serna, madre del Che, para hacerle una nota. Ahí nos
hicimos amigas y seguimos siéndolo hasta que murió. —Esta
relación te permitió hacer su biografía hace dos años. —Sí,
claro. En aquel momento, comienzos de los sesenta, yo intenté
hacer una biografía de Ernesto Guevara, antes de que fuera el
Che. Lo que buscaba era relatar la historia de un joven
argentino que se había convertido en revolucionario. Como era
muy amiga de Celia, conversaba mucho con ella y con el resto
de la familia e iba acumulando datos. Yo estaba dispuesta a
hacer una biografía que se despegara de la estatua ecuestre
que venía encuadrando a la figura del Che. Siguiendo esa idea
de desacralizar le di a una amiga –especializada en
horóscopos– la fecha de nacimiento del Che para que le hiciera
uno y esperé. A los días me entregó el horóscopo. Yo lo tomé y
me fui a casa de Celia para que lo leyéramos juntas. Lo leemos
y recuerdo que le dije: “Mirá, o la petisa que hizo este
horóscopo es un fraude o tu hijo no es lo que
parece”. —¿Eso por qué? —Aparecía allí como un tipo
dependiente, con dificultades de relacionamiento. Celia me
escucha, se pone a reír a carcajadas y dice: “Hay una tercera
posibilidad. Te digo cuál es si te comprometés a guardar el
secreto. Ernesto no nació el 14 de junio sino el 14 de mayo.
Yo me casé embarazada. Mis tías viejas hubieran muerto de
saberlo. Así, apenas casados, nos fuimos a Misiones con mi
marido. Y más tarde, cuando estaba por dar a luz, a Rosario,
donde me atendió un primo de Guevara”. El horóscopo no era el
del Che. Pero gracias a él Celia me contó esta historia. Ella
se casó en noviembre y su hijo Ernesto aparece como
sietemesino, nacido en junio. —En la biografía de Celia de
la Serna referís las fechas reales. —Ya estaban todos
muertos desde hacía más de 30 años. No era necesario ocultar
nada. —Es curioso, pero en la biografía de Celia es
realmente Celia la protagonista, y no el Che. Lo digo porque
era muy fácil que el peso del Che borrara a su madre. —Me
alegro que hayas visto eso porque yo mientras escribí ese
libro me cuidé mucho de que no fuera invadido por el Che. No
cabe duda de que lo más importante de la biografía de Celia es
su hijo. Él tenía que estar presente, pero no debía invadirlo
todo. —Este libro sobre Celia te llevó, creo, a acumular
una cantidad de material –fotos, documentos, testimonios– que
no están en el libro de Celia y que terminaron empujándote a
hacer esa espléndida biografía fotográfica y escrita que
acabás de publicar. —Es así como lo decís, ese material que
quedó allí, acumulado sobre la mesa, me movió a hacer esta
biografía que llamé Che Guevara. La vida en juego. —Muchas
fotos ya las tenías, pero otras tuviste que perseguirlas.
Contame cómo fue esa búsqueda. —Yo tenía algunas fotos,
pero casi todas las del Che con su madre, del Che niño, me las
cedieron dos amigos uruguayos, Asdrúbal Pereira y Elsa
Machado, quienes poseen el álbum de familia del Che que les
entregó el padre con autorización para publicarlo. —Elsa y
Asdrúbal tienen también todo tipo de material sobre el Che en
Uruguay. —Sí, también. Ellos me cedieron fotos de esos
momentos. Son casi especialistas sobre el paso del Che por
Uruguay. Además de esto tuve material cedido por algunos
amigos en Argentina. Y luego, por supuesto, conseguí buen
material en Cuba. Allí, en la Oficina de Asuntos Históricos,
cuyo director es Álvarez Tadío, conseguí fotos de la
revolución. La llegada a La Habana y todo eso. —¿De dónde
salieron las fotos del Congo, por ejemplo? —Ahí tenemos,
otra vez, a tus compatriotas Asdrúbal y Elsa. Ellos estaban en
contacto con compañeros uruguayos que estuvieron con el Che en
el Congo y me cedieron las fotos que tenían. Las fotos de
Bolivia fueron las más difíciles porque ese período fue
fotografiado por gente del ejército boliviano. Antonio
Arguedas, un general que era ministro del Interior cuando
detienen a Guevara, en un momento se distancia del gobierno
boliviano y se lleva todas las fotos. —¿Con qué fin? —No
sé, regaló, vendió. Repartió por varios lados, pero lo
importante es que mandó a Cuba copias de casi todo, o no sé,
tal vez de todo. Varias de ésas están en el libro. Pero la más
importante del período boliviano es la que me cedió el
psicoanalista e historiador Pacho O’Donnell, porque se trata
de la foto que prueba que el Che llegó vivo a La Higuera. Es
la foto en que el Che aparece sentado en el suelo, apoyado en
una pared. O’Donnell la recibió de Venezuela. Se supone que es
una de las que Arguedas anduvo repartiendo. —Conociste al
Che y alguna vez contaste una anécdota de un encuentro que
tuviste en Punta del Este con él. —Yo estaba en Punta del
Este como corresponsal de la revista Che. Me habían prestado
una casa muy grande adonde yo invité a los padres del Che,
quienes estaban por volverse a Buenos Aires porque no tenían
dinero para pagar un hotel. Esto me permitió ver al Che casi
todas las noches pues iba con ellos a cenar con él. Una
tarde en que yo no tenía que trabajar me quedé en la casa y
preparé un rico té, de la mejor clase, con tostadas, queso
francés y mermelada inglesa. Cosas que los argentinos
aprovechábamos a comer en Uruguay pues en Argentina no
existían o escaseaban. Estaba sacando del fuego las tostadas
cuando veo llegar un auto del que baja Tamayo, asistente del
Che, quien me pregunta por los padres y el hermano menor del
Che. Le digo que no están. Ahí el Che baja la ventanilla y yo
le digo si no quiere tomar un té. Dice que sí, baja, se acerca
a la estufa encendida, se saca las botas y, mirando la mesa,
mientras unta una tostada me dice: “Qué bien se tratan los
revolucionarios en el Río de la Plata”. Con evidente placer
comió de todo y al cabo de casi una hora en que apenas
cambiamos tres frases, se fue. Una de las frases fue: “¿Qué
pensará Raúl Prebisch de todo esto?”. Yo no lo sabía. Pero a
la mañana siguiente busqué a Prebisch y le pregunté qué
pensaba. Esa noche cuando fuimos a comer con sus padres, yo,
muy orgullosa, pude contarle lo que Prebisch pensaba. Cuando
terminamos la cena e íbamos hacia el auto acompañados por él,
se acercó un grupo de periodistas. Querían averiguar qué había
hecho el Che esa tarde en la hora que iba desde que dejara la
casa de Eduardo Víctor Haedo hasta su vuelta al hotel. Jacobo
Timmerman había hecho circular una noticia de “fuente bien
informada”: el Che había estado conversando con uno de los
representantes del gobierno estadounidense, a quien había
entregado una caja de cigarros que Fidel le mandaba a Kennedy.
“¿Es así?”, preguntaron los periodistas. “¿Usted qué opina,
señora?”, dijo el Che mirándome. “No soy, habitualmente,
periodista bien informada.” “Si la señora no sabe...”, dijo
él, volviéndose para besar a sus padres.
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