Angel Guerra Cabrera - rodelu.net |
2 de noviembre de 2006
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Lula ante su segundo gobierno
Angel Guerra Cabrera
La
contundente victoria de Luiz Inacio Lula da Silva en la segunda vuelta de
las elecciones brasileñas confirma una clara tendencia en ascenso del río Bravo
a la Patagonia. Pese a los ingentes recursos de manipulación con que cuentan el
imperialismo y las oligarquías, se acentúa la opción de los electores por los
candidatos que en algún grado muestran independencia respecto de las políticas
de libre mercado, no son incondicionales a Washington y abogan por la
integración latinoamericana.
Esto es válido no sólo por el número de países donde han llegado a la
presidencia. También, aunque no lleguen, por su notable desempeño en contextos
políticos muy hostiles, como en Colombia, El Salvador, Perú o México. O por la
posibilidad de que sean electos próximamente, como es casi seguro con Daniel
Ortega en Nicaragua y menos probable con Rafael Correa en Ecuador.
En Brasil esta orientación se hace más patente precisamente por el hecho de
que una parte importante del electorado más consciente políticamente no diera el
voto a Lula en el primer turno. Al hacerlo le censuraron haberse quedado corto
en relación a las expectativas generadas en 2002. Esos mismos electores
endosaron al ex obrero metalúrgico en el segundo turno junto a 2 millones y
medio que logró arrebatar a Geraldo Alckmin al presentarse a los debates con una
clara denuncia al rumbo antipopular representado por éste, actitud ausente en el
discurso lulista antes de la primera vuelta.
El análisis de las dos rondas electorales permite apreciar una admirable
sabiduría política del pueblo brasileño, que sin dar un cheque en blanco a Lula
comprendió la imperiosa necesidad de cerrar el paso a la derecha. Al hacerlo
también estaba reconociendo logros importantes en la primera gestión del
fundador del Partido de los Trabajadores (PT): cierta redistribución de la
riqueza entre los sectores más desfavorecidos con programas calificados de
"asistencialistas" por los neoliberales, haber puesto fin a la criminalización
de los movimientos sociales y una política exterior latinoamericanista y
tercermundista.
La relección de Lula en un país de la extraordinaria importancia económica y
política de Brasil constituye, en principio, un reforzamiento de las posiciones
de los movimientos populares y de varios gobiernos de la región en defensa de la
independencia, la soberanía y la defensa de los recursos naturales frente a la
voracidad del capital trasnacional. Pero todavía es temprano para evaluar el
alcance de este acontecimiento, particularmente en la política interior del
coloso sudamericano.
El hecho de que Lula no ganara en primera vuelta creó una situación
prometedora de reacercamiento entre el candidato del PT, los movimientos
sociales y los intelectuales de izquierda más lúcidos de Brasil, pero aún está
por verse si ello redundará en una refundación del PT -hoy manchado por
escándalos de corrupción-, que lleve a una reconstitución de su antigua alianza
con aquellas fuerzas y a una profundización de la política social de Lula.
Cabe esperar que a diferencia de su primer gobierno ahora dé un serio impulso
a la reforma agraria. Es un compromiso tácito emanado del enorme respaldo
popular que recibió en segunda vuelta, donde estuvo presente el voto de millones
de campesinos sin tierra. Es ésta la más eficaz manera de hacer -como ha
prometido- que la prioridad de su gobierno sean los pobres, toda vez que la
causa estructural primigenia de la sempiterna desigualdad social brasileña es el
abismalmente injusto reparto de la tierra, concentrada aún en una elite de
rabiosa mentalidad colonial y racista. Sin romper este lastre feudal es muy
difícil que Brasil pueda crecer económicamente a tasas de 5 por ciento anual e
imposible que llegue a ser un país desarrollado, objetivos planteados por Lula
tan pronto se conoció la prolongación de su permanencia en el Planalto.
En cuanto a política exterior, al parecer el ex sindicalista intentará
mantener su anterior ejecutoria. Ha afirmado que trabajará por el
fortalecimiento del Mercosur y por hacer que toda América Latina forme parte de
éste. Pero continuar esa política exterior exigirá gran consenso interno frente
a una derecha cada vez más belicosa. No se logrará sólo mediante acuerdos con
los partidos políticos, los gobernadores y la burguesía, sino principalmente
cumpliendo con la esperanza en un giro social más a la izquierda manifestada por
las mayorías.
Publicado en La Jornada el 2 de noviembre de 2006
Angel
Guerra Cabrera
Columnista
de La Jornada de México
aguerra_123@yahoo.com.mx
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