Angel Guerra Cabrera - rodelu.net |
19 de noviembre de 2006
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Bushismo: principio del fin
Angel Guerra Cabrera
Trágica
semana para George W. Bush. En las elecciones intermedias más
concurridas de los últimos 24 años vio desplomarse el control que desde
1994 ejercía su Partido Republicano sobre las dos cámaras del Congreso.
Vio también a Daniel Ortega ganar la presidencia en Nicaragua a contrapelo
de Washington y, por si fuera poco, a la Asamblea General de Naciones
Unidas aprobar la condena al bloqueo a Cuba con el mayor número de votos
desde que el tema se discute en el organismo.
El resultado electoral del 7 de noviembre resultó una fuerte censura a
la invasión de Irak, elemento galvanizador en la decisión del sufragio.
Por eso es una gran derrota política nacional e internacional del bushismo
en tanto el país árabe ha sido el eje de una peligrosísima política
exterior de corte nazi.
Si la unimos a la defenestración de Aznar y Berlusconi, y al ocaso de
Blair, confirmamos el repudio popular mayoritario al bushismo, en casa y
en los estados gobernados por sus aliados incondicionales. Pero lo
trascendental en este caso es que fueran los estadunidenses quienes hayan
expresado inequívocamente ese sentimiento en las boletas electorales.
A diferencia de cuando Bush fue relecto, de nada valieron ahora los
cuentos de Karl Rove sobre la supuesta amenaza terrorista, amplificados
generosamente en los medios de (des)información corporativos. Si lo hubo,
tampoco funcionó el fraude electoral, que en Florida en 2000 y de nuevo en
Ohio en 2004 llevó a su jefe a ocupar ilegítimamente la Casa Blanca.
No por reiterada pierde vigencia la famosa frase lincolnniana: se puede
engañar a una parte del pueblo una parte del tiempo, pero no a todo el
pueblo todo el tiempo. Y es que los sondeos de salida y los análisis
críticos de autores estadunidenses sobre estas elecciones revelan una
indignación de los ciudadanos no sólo hacia las mentiras y el continuado
chantaje en nombre de la "seguridad de la patria" y de la "guerra contra
el terrorismo" para mantener a Bush en el poder y a las tropas en Irak.
También respecto al desmantelamiento de las reformas sociales y las
regulaciones a las corporaciones instauradas por Franklin Roosevelt, que
iniciado por Ronald Reagan e incluyendo la presidencia de Bill
Clinton vienen generando hasta hoy desempleo, escuelas públicas en
ruinas, pésima calidad del servicio de salud, empobrecimiento de los
trabajadores y de las capas medias, escandalosa corrupción política y
empresarial y obscena concentración de la riqueza por una minoría.
Aunque el acto electoral significó una rebelión civil contra este
estado de cosas, sería ingenuo echar campanas al vuelo. El imperialismo
yanqui, es cierto, ha visto disminuir su poder respecto del momento en que
desapareció la URSS. El grupo bushista no se recuperará del golpe sufrido
en las urnas, indisolublemente asociado al fracaso mundial del
neoliberalismo, a la rebelión latinoamericana en marcha, a la debacle de
su enajenado proyecto de "democratización" (colonización) del "Gran Medio
Oriente". A lo que hay que sumar la amenaza para la estabilidad del
imperio de su declinante economía de casino, así como el desafío de
poderes emergentes como China, Rusia, Irán, un Mercosur en proceso de
expansión y las pugnas económicas con la Unión Europea.
No obstante, Washington conserva la superioridad militar, instrumentos
de coacción económica y un gran control de las mentes a través de los
pulpos mediáticos. La pandilla bushista, dotada de inéditos poderes
excepcionales conferidos por el Congreso al Ejecutivo, es muy capaz de
intentar coletazos de última hora. Ergo Irán.
El 7 de noviembre marca el principio del fin de ese grupo y su
proyecto, pero queda mucho camino por andar para asistir a su entierro.
Los demócratas, que han sido aquiescentes hacia Bush, deberán responder
con acciones legislativas plausibles ante un electorado bastante más a la
izquierda que su plataforma si es que aspiran a revalidar la victoria en
las presidenciales de 2008. Si escuchan a los votantes presionarán por una
rápida salida de Irak, pero a menos que el movimiento pacifista resurja en
las calles se antoja difícil de lograr mientras Bush permanezca en la
poltrona. En todo caso, el mensaje de los electores refuerza
considerablemente la postura del grupo realista de la clase dominante, que
se opone a la política exterior de Bush porque lleva al imperio al
precipicio y, excepto en las industrias bélica y petrolera, reduce las
ganancias de las corporaciones. Bussines is
bussines.
Publicado en La Jornada el 16 de noviembre de 2006
Angel
Guerra Cabrera
Columnista
de La Jornada de México
aguerra_123@yahoo.com.mx
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