Angel Guerra Cabrera - rodelu.net |
17 de febrero de 2007
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Camilo Torres, su legado
Angel Guerra Cabrera
A
41 años de la desaparición física del sacerdote guerrillero Camilo
Torres, América Latina renueva la rebelión de sus pueblos contra el
dominio imperialista, el mismo frente al cual cayó combatiendo en las
filas del Ejército de Liberación Nacional, en su natal Colombia.
Hay un renacimiento de la lucha popular al sur del río Bravo contra el
arrasamiento social y ecológico ocasionado por el neoliberalismo impuesto
por Washington, que ha producido no sólo gobiernos progresistas de
distintos matices. También procesos revolucionarios profundos como los que
se observan en Venezuela y Bolivia, el que puede presentirse en Ecuador y
formas muy creativas de resistencia.
Esclarecer y acelerar las raíces del actual ciclo de rebeldía exige
escudriñar en serio en nuestra historia. Así, las claves a problemas
actuales fueron abordados concienzudamente por el sacerdote colombiano.
Entre ellos están la ruptura con la dominación imperialista y la
revolución socialista como tareas ineludibles en la liberación de nuestras
naciones. Y para llegar allí, la indispensable unidad de las fuerzas
populares frente a los poderosos enemigos a derrotar, que demanda juntar
en un solo haz un universo muy plural de clases, sectores sociales y
posturas ideológicas. Ello nos lleva a la fundamental alianza de
cristianos y marxistas, no como "compañeros de viaje" tácticos, sino
hermanos en la consecución de la revolución latinoamericana. Camilo hizo
notables contribuciones a la solución de estas cuestiones en su práctica
política y en sus trabajos de análisis sobre la realidad colombiana que
hoy conservan en su esencia asombrosa validez.
Aunque se formó sociólogo en el viejo continente, rechazaba la
extrapolación dogmática del pensamiento europeo a nuestra realidad. Para
él, el proletariado, en las condiciones de América Latina, era algo mucho
más diverso que el estudiado por Marx en la Europa del siglo XIX. Por eso
al hacer el llamado para fundar el Frente Unido del Pueblo, organización
de la que fue líder, se dirige "a la clase popular, a la clase media, a
las organizaciones de acción comunal, a los sindicatos, cooperativas,
mutualidades, ligas campesinas y organizaciones obreras, indígenas, a
todos los inconformes, hombres, mujeres, a la juventud..." Rescató la
ética del cristianismo primigenio e hizo del "amor al prójimo" la médula
de su acción, amor que para ser "sincero y verdadero" debía ser "eficaz" y
era necesario "unirlo a la ciencia".
¿"Por qué", preguntaba, "estamos... en los cafetines discutiendo si el
alma es mortal o... inmortal, cuando sabemos que el hambre sí es
mortal?... no es que los marxistas se vuelvan cristianos o los cristianos
marxistas, sino que se unan para la solución... de los problemas de la
mayoría de los latinoamericanos... Estoy dispuesto a luchar con ellos (los
comunistas) por objetivos comunes: contra la oligarquía y el dominio de
Estados Unidos, para la toma del poder por parte de la clase popular."
Aseguraba que el carácter pacífico o no de la revolución dependía de la
actitud de la clase dirigente. Trabajó incansablemente con las masas en el
marco legal hasta que la represión de la genocida oligarquía colombiana lo
empujó a la lucha armada.
Proponía un programa mínimo que incluía el control por la nación de los
recursos del subsuelo, reforma agraria, educación, seguridad social y
salud para todos... "propuesta para ser discutida por la clase popular...
para que ésta la transforme... ya que va a ser ella la que la aplicará
cuando esté en el poder". Su visión organizativa era la de una estructura
democrática de abajo a arriba, plural y ajena al vanguardismo per
se porque "la atribución concreta de la autoridad la hace el
pueblo".
Camilo es heredero de una tradición de curas revolucionarios de la que
necesariamente ha de nutrirse el socialismo latinoamericano: de Miguel
Hidalgo y José María Morelos, líderes de la más radical revolución de
independencia del continente, y de Félix Varela, inspirador de José Martí
y a quien el Partido Comunista de Cuba reconoce como uno de sus
predecesores. Fue un precursor de la teología de la liberación. Revive en
Arnulfo Romero y Sergio Méndez Arceo, en las comunidades eclesiales de
base, en tantos pastores y laicos cristianos que adhieren a la opción
preferencial por los pobres. ¿Quién iba a imaginar, cuando cayó en
combate, que el jefe de la segunda revolución socialista de América
Latina, Hugo Chávez, sería creyente? El dogma siempre se estrella contra
la realidad social.
Publicado en La Jornada el 15 de febrero de 2007
Angel
Guerra Cabrera
Columnista
de La Jornada de México
aguerra_123@yahoo.com.mx
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