Gennaro Carotenuto - rodelu.net |
1 de marzo de 2007
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Mario Vargas Llosa, el cuerpo de Ernesto Guevara y la religión civil
Mario Vargas Llosa, en las páginas de El País de
Madrid, y en algunas decenas de diarios alrededor del mundo, recensiona el
libro "Operación Che. Historia de una mentira de estado” escrito por Maite
Rico e Bertrand de la Grange, periodistas famosos por demoler mitos
izquierdistas como el subcomandante Marcos "Marcos, la genial impostura"
(1998), o el Obispo guatemalteco Juan Gerardi, el asesinado del cual
atribuyeron a la misma iglesia para disculpar el gobierno de derechas de
Álvaro Arzú. El nuevo trabajo de la pareja sostiene la tesis que el cuerpo
de Ernesto Guevara nunca haya sido encontrado y que los restos sepultados
en Cuba en 1997 fueron sólo un montaje organizado por Fidel Castro.
Gennaro Carotenuto desde Roma
El articulo está construido para demoler la imagen de Ernesto
Guevara, el sanguinario, burlarse de los ingenuos que en estos años han
visitado el mausoleo de Santa Clara, y atacar a Fidel. Sin embargo tampoco
Vargas Llosa atribuye mucho valor al libro. Como mucho dice: "es posible
que la hipótesis resulte cierta” pero admite que los partes médicos nunca
fueron puestos en duda. Si el presunto scoop periodístico parece
irrelevante, el articulo conlleva muchas más reflexiones. Vargas
Llosa muestra una radical subvaloración frente a algunos pasajes
fundamentales de la construcción de la identidad nacional contemporánea:
el monumento, el culto del milite ignoto, la nación como lugar de héroes
en el cual reconocerse, el culto del cuerpo del Héroe, desde José
Garibaldi a José Artigas, desde Napoleón Bonaparte a la pierna del General
Santa Ana, hasta el cuerpo del Che, que se acerca iconográficamente al
Cristo muerto. El culto del Héroe es parte de aquella religión
civil, que no es ni de derechas ni de izquierdas, pero de la cual son
testimonios todas nuestras ciudades, y que es un pasaje fundamental en la
creación del sentido de ciudadanía de las sociedades contemporáneas y que
sólo parcialmente degeneraron en la “religión política” del 900, que dio
lugar al nacionalismo extremo y al nazismo y fascismo. Para Vargas
Llosa, esta “religión civil”, de la cual George Mosse habla ya en 1963,
fue inventada en 1997, y sólo por fines de propaganda, por Fidel Castro.
Para el autor no sería así una consecuencia de la Revolución francesa,
acompañado por procesos de inclusión social y de ciudadanía y la
construcción de imaginarios colectivos nacionales. Mario Vargas
Llosa, que en un lejano pasado fue peruano, seguramente conoce la
centralidad de la guerra del Pacífico en la formación de las identidades
nacionales peruana, boliviana y chilena. No debe escaparle la importancia
de la figura de Arturo Prat, el marino chileno que murió lanzándose al
abordaje del monitor peruano Huáscar, para transformarse en el icono
eterno del Héroe chileno, celebrado con calles, plazas monumentos y hasta
en el billete de 10.000 pesos. Cada estado que se hacía nación tuvo
necesidad de símbolos, casi como tuvo necesidad de inclusión social. El
Che, el Garibaldi del 900, el guerrillero heroico, que tampoco Vargas
Llosa se atreve a demoler del todo, tiene un potencial simbólico que pocos
héroes en la historia tuvieron; cubano y argentino, latinoamericano y
universal. Fidel, con la recuperación del cuerpo y la construcción del
mausoleo, ha simplemente gobernado, no maniobrado ni inventado, un proceso
de simbolización ya en marcha. Entonces para Vargas Llosa, aquel uso
público de la historia, que es respetuosa celebración de los próceres en
el Panteón de Francia o en el Lincoln Memorial de Estados Unidos, es
considerado propaganda y montaje y no está concedido si se refiere a Cuba
y a América Latina. Muchos de los iconos de la historia ajustan las
imágenes del Héroe. Este queda más arriba de las controversias
historiográficas o políticas sobre su vida, o sobre la construcción del
mito y de los monumentos que simbolizan y perpetúan su figura. Al fin y al
cabo, desde Iwo Jima hasta la bandera roja encima del Reichstag en Berlín,
muchas imágenes del siglo XX, son falsas y al mismo tiempo fuentes reales
de historiografía y de imaginario colectivo. Pero Vargas Llosa
prefiere la mecánica al valor en sí. Sus evaluaciones, tan protervas en el
aferrarse a la hipótesis que el mausoleo de Santa Clara fuera un montaje
de Fidel, no tienen en ninguna consideración el valor simbólico del mismo.
Para Vargas Llosa lo importante es demoler los procesos identitarios
producidos por la figura de Ernesto Guevara. En la Cuba
pos-revolucionaria, soñada por Vargas Llosa, no hay lugar para el Che, ni
para José Martí. Más bien, para controlar Cuba, será indispensable poner a
cero todo proceso identitario de aquella nación surgido –mucho antes del
Che y de Fidel- por elisiones y antagonismo en la relación con Estados
Unidos. Sin embargo el Che habla a todos, y el Cristo muerto en
Valle Grande es cristiano, laico y universal. Ayer como mañana acusa los
pretorianos que lo crucificaron, de los cuales Vargas Llosa es un
propagandista de tiempo completo. Insiste en definir el Che como “marca
capitalista”. Tiene hasta una parte de razón, pero tergiversa sobre su
verdadero temor: que el mito de Ernesto Guevara sobreviva a Fidel y que se
sedimente no tanto y no sólo como “marca socialista”, sino también como
“marca identitaria latinoamericana y latinoamericanista”. Aquel
mausoleo habla al presente y siembra futuro para generaciones de jóvenes
latinoamericanos que continúan a tener en el Che una referencia política e
ideal que vehicula valores universales como la entrega, la generosidad, la
solidaridad y la justicia social. Son los valores que, para el
“totalitarismo del individualismo”, la “religión política” de Mario Vargas
Llosa, hay que crucificar, ayer en Valle Grande, hoy en Santa Clara.
25 de febrero de 2007
Nota relacionada:
Mario Vargas Llosa:
Los huesos del Che
Gennaro
Carotenuto
Columnista del semanario Brecha
de Uruguay
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