Angel Guerra Cabrera - rodelu.net |
22 de marzo de 2007
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Ecuador: jugando con fuego
Angel Guerra Cabrera
La
pelea por la Asamblea Constituyente en Ecuador es emblemática de la
profunda crisis del sistema de dominación en América Latina, donde se
evidencia la quiebra del otrora casi incuestionable poderío imperial. Los
anteriormente eficaces recursos de legitimación de los opresores han
perdido vigencia minados por el saldo trágico de las políticas
neoliberales y el criminal accionar belicista de Bush II, que unidos a la
ola antimperialista y a las nuevas experiencias alternativas de poder, han
extendido una conciencia del pueblo como única fuente de soberanía.
Washington y las oligarquías ven su hegemonía desmoronarse mediante la
exitosa inserción de las fuerzas populares en lo que era su reino, la
democracia representativa, que ya no alcanza para preservar el status
quo. Peor para ellos, tampoco pueden mantenerlo recurriendo a las
antaño socorridas dictaduras militares, porque los ciudadanos ya no están
dispuestos a aceptarlas ni la mayoría en los ejércitos es proclive a
instaurarlas.
Lo que vemos en Quito es de mucho más calado que una aparente crisis al
uso entre Ejecutivo y Legislativo. En el fondo se trata de que los pueblos
de Ecuador, representados por Rafael Correa desde que fue electo
presidente, se niegan a subordinarse a un Estado controlado por una ínfima
elite que en desmedro inaudito de las grandes mayorías se limita a
cautelar los intereses del capital transnacional y las prebendas que le
granjea. Al llegar una opción popular al Ejecutivo, se hizo más visible la
representación de la oligarquía en el Congreso, dominado por la derecha,
pues Correa acertadamente decidió no presentar candidatos a una
institución totalmente desprestigiada. Esta situación se ha hecho
particularmente aguda en la última década cuando levantamientos populares
han defenestrado a cuatro presidentes y expresado su repudio a la
partidocracia encarnada en el Parlamento unicameral.
La promesa central de campaña de Correa fue convocar, en cuanto
asumiera el mandato a una consulta popular que decidiera sobre la
instalación de una Asamblea Constituyente con plenos poderes para redactar
una nueva Constitución e introducir cambios radicales en el sistema
político y social.
El visceral rechazo a esa consulta de los partidos oligárquicos
representados en el Congreso y sus patadas de ahogado para impedirla con
leguleyismos, chicanas y, de ser posible, hasta por la fuerza, obedece a
que aquella recibirá el respaldo mayoritario en las urnas y a que con el
nuevo estatuto electoral y la movilización ciudadana difícilmente logren
predominar en la Constituyente.
Durante semanas un gran sector de legisladores ha batallado por impedir
la convocatoria o condicionarla a sus términos mafiosos. A tal punto
llegaron sus ataques al orden institucional y el terror mediático
desencadenados para impedir esta prerrogativa constitucional del jefe de
Estado y del Tribunal Supremo Electoral, que éste se vio en la necesidad
de decidir la sustitución y suspensión de derechos civiles por un año de
57 de ellos, más de la mitad del cuerpo de 100 integrantes.
Correa es acusado por ese grupo de obedecer las órdenes de Hugo Chávez,
de dictador y, no podía faltar, de estar asesorado por cubanos. En los 10
años precedentes el Congreso se ha convertido, este sí, en una tiranía que
controla una porción significativa del aparato estatal y el reparto de
canonjías. No ha podido ir más lejos y continuar las privatizaciones,
aprobar el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos o la subordinación
al Plan Colombia porque los movimientos indígenas y populares se lo han
impedido con su protesta en la calle.
Estas fuerzas cerraron el acceso a la poltrona al multimillonario
bushista Alvaro Novoa y eligieron al actual presidente, para con la
Constituyente sentar las bases legales de sus demandas, hechas suyas por
Correa: soberanía nacional, nacionalización de los recursos naturales,
reforma agraria, derechos indígenas, subordinación al gasto social del
pago de la deuda externa, renegociación de los contratos petroleros, no
prórroga de la presencia estadunidense en la base de Manta, integración
latinoamericana.
La toma de posesión de 21 de los diputados suplentes destraba por ahora
la crisis institucional y es otra victoria de Correa pero sólo un episodio
en una lucha, que como en Venezuela y Bolivia, va a ser larga y compleja
pero con plausibles posibilidades de ganarse. Si la oligarquía persiste en
jugar con fuego enfrentará en la calle a un pueblo unido y organizado.
Publicado en La Jornada el 22 de marzo de 2007
Angel
Guerra Cabrera
Columnista
de La Jornada de México
aguerra_123@yahoo.com.mx
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