Rodolfo Walsh:
un periodista con rango de tropa
Dilema recurrente: ¿periodismo, literatura y ciencias sociales van
juntos o disociados? Sus pautas parecen insalvables: la una disciplina
trataría de la ''realidad", la otra de la ''ficción", y las demás estarían
sujetas al ''rigor científico". Pero en vidas como las del escritor
argentino Rodolfo Walsh (1927-77) realidad, ficción y pensamiento se
fundieron y confundieron en la búsqueda de la verdad.
José Steinsleger
Hay periodistas talentosos y complacientes con la realidad de la que
informan; hay escritores sensibles que se apiadan de las llagas
eternamente abiertas de la condición humana, mas prefieren el cómodo
''glamour" de la duda y el pesimismo, y hay pensadores que abogan por un
mundo mejor pero a los que siempre les falta veinte para el peso y siempre
gastan por un peso y veinte.
Walsh no ejerció ninguna de esas modalidades. A fines de 1956, en el
club ''Capablanca" de La Plata, mientras conjuraba el calor vespertino
moviendo alfiles y peones, un hombre se le acercó y le dijo: ''Hay un
fusilado que vive". Walsh tenía 29 años, no era peronista, ni marxista, ni
liberal (en la adolescencia se había adherido a un vago nacionalismo
popular), y los nidos culturales de la oligarquía empezaban a valorarlo
como escritor.
Sólo que Walsh, a más de su devoción por el género policial, era un
tipo bien informado. Sabía que los fusilados en junio de aquel año por los
militares que derrocaron a Juan Domingo Perón (golpe que en 1955 él había
exaltado en artículos y crónicas) eran civiles, eran peronistas y eran
inocentes.
''Hay un fusilado que vive". Cinco palabras que cambiaron todo en la
vida de los argentinos: en primer lugar, la propia vida de Walsh, quien
para ganar tiempo y así encontrar el sentido de la vida, reta a la Muerte
a un juego de ajedrez en acto que recuerda al caballero de El séptimo
sello, famoso filme de la época (Ingmar Bergman, 1957).
Cinco palabras. Si a cada una le damos valor de un año, tenemos la edad
de su hija María Victoria (Vicki), entonces. Pero si le damos diez tenemos
los que vivió su padre durante el medio siglo en que los argentinos
padecieron la ''...pesadilla torrencial, en la que había una columna de
fuego, poderosa pero contenida en sus límites, que brotaba de alguna
profundidad" (Carta a Vicki, oficial de la guerrilla montonera, caída en
combate el 29 de septiembre de 1976).
El caballero Walsh reta a la Muerte. La entrevista con el fusilado
sobreviviente le da la punta de un ovillo que deshilvana con la maestría
practicada en el ajedrez y los cuentos policiales. ''La investigación del
crimen personal continúa con la investigación del crimen social y la
búsqueda de la justicia -como bien dijo el crítico uruguayo Angel Rama- se
amplificará hasta abarcar a la sociedad entera". Y, de paso, sienta las
bases de lo que el periodismo, la literatura y las ciencias sociales
deberán sopesar en adelante si es que realmente se anhela entender la
realidad, jugar en serio con la ficción y aplicar el rigor científico en
aras de la verdad.
El resultado fue Operación Masacre, obra maestra del periodismo, la
literatura y las ciencias sociales de América Latina. Las notas por
entrega del libro, leídas por millones de trabajadores, no le franquean a
Walsh las puertas de la gran-literatura-gran. Por sus explosivas
connotaciones políticas la Muerte empieza a jugar recio y duro, y Walsh no
tiene tiempo para atender los entretelones fantásticos del compromiso
herbívoro y un ''boom'' editorial que califica de ''trampa cultural".
Diez años más tarde, cuando el juego va por la mitad, su pluma escribe:
''El campo del intelectual es, por definición, la conciencia. Un
intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una
contradicción andante, y el que comprendiendo no actúa, tendrá un lugar en
la antología del llanto pero no en la historia viva de su tierra" (Mensaje
al Pueblo, Confederación General de los Trabajadores de Argentina, CGT-A,
primero de mayo de 1968).
Walsh buscaba romper las ataduras que someten a los intelectuales al
poder, para llegar a las masas trabajadoras. Cosa que sus libros de
ficción, denuncia y testimonio, artículos y crónicas en el periódico de la
CGT-A, el Semanario Villero y los cursos de periodismo que impulsa en
fábricas y villas miseria de Buenos Aires (1972), tendrán un corolario
magistral en el efímero y extraordinario periódico Noticias (1973-74), la
Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA, 1975), la Cadena Informativa en la
lucha contra el terrorismo de Estado (1976-77) y en su trabajo de
inteligencia en la organización político-militar Montoneros.
La historia de la que Walsh se hizo cargo, carecía de mayúsculas. No
iba en busca de la ''Historia". La historia lo buscaba a él. Y las
historias de la realidad que contaba, describía y explicaba resultaron más
intensas y movilizadoras que la formidable capacidad de imaginación de sus
admirados Edgar Allan Poe, Arthur Connan Doyle, H.G.Wells, Richard
Matheson o Anthony Boucher. ¿Imaginaron Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy
Casares quién era aquel joven de apellido irlandés de 23 años cuando le
dieron una mención en el concurso literario de la revista ''Vea y Lea'' y
la editorial Emecé?
Las historias de Walsh necesitaban de una máquina de escribir, un buen
whisky y un revólver cargado en la mesa de trabajo. ¿Por qué no? Conforme
sus pasos recorrían laberintos institucionales despejando las tinieblas de
un poder más intrincado que el ''jardín de senderos que se bifurcan", los
personajes que Walsh volcaba en el papel eran reales: militares asesinos,
servicios de inteligencia tenebrosos, policías torturadores, sindicalistas
corruptos, empresarios venales.
''Mi labor en el periodismo -dice en una entrevista- me puso en
contacto con verdaderos investigadores, verdaderos delatores y también con
algunos verdaderos héroes. Desde esta perspectiva, todo lo que pude haber
inventado con anterioridad me resulta pobre, como una foto mal revelada".
Historias de un pasado que hoy se pueden analizar y opinar sobre ellas con
tranquilidad y sosiego pero cuyos trágicos fragmentos, recompuestos y
situados en perspectiva histórica tentaban a la Muerte.
Agitador de conciencias, como el Che (por quien sentía cariño y
admiración), Walsh no era un demócrata constitucional, ni un marxista
sabelotodo. Era un periodista militante que optó por jugar el ajedrez en
el tablero de la vida. Y por esto fue de los primeros en prestar su
inteligencia a Cuba revolucionaria, donde descifra los mensajes en clave
de la CIA en los días de la invasión a Playa Girón (1961), y en la
organización de la agencia de noticias Prensa Latina, dirigida por su
amigo Jorge Masetti.
''Me fui a Cuba, asistí al nacimiento de un orden nuevo,
contradictorio, a veces épico, a veces fastidioso..."
La ideología de Walsh es concreta. Como intuye que es la especie
humana, y no el individuo, la que está herida, no sublimiza el rol del
pueblo en la lucha de liberación. ''Las ideas del pueblo -dice- son
enteramente comunes; por lo general acertadas con respecto a las cosas
concretas y tangibles". Sabe que tallo, germen y rama hacen al desarrollo
del árbol pero que la arcilla humana, para conservar su gracia, no debe
interferir a tal grado en su crecimiento con razonamientos que nieguen el
derecho a equivocarnos. Decía ''No reconozco ni acepto jerarquía más alta
que la del coraje civil. No puedo, ni quiero, ni debo, renunciar a un
sentimiento básico, la indignación ante el atropello, la cobardía, el
asesinato".
Eduardo Galeano cuenta que conoció a Walsh cuando ambos coinciden como
jurados del premio Casa de las Américas en 1970. Fueron a una planta de
elaboración de puros y para su sorpresa encontraron que estaban leyendo
Operación Masacre. ''Una vieja tradición cubana que viene de los tiempos
coloniales, según la cual en las plantas de tabaco hay un lector. Un tipo
que está arriba, sentado en un pupitre, leyendo".
¿A qué más puede aspirar un escritor? ¿A la defensa de la ''libertad de
expresión" que acaba en la lucha contra el aumento del IVA a los libros?
¿A que no haya censura en las salas de redacción a cambio de silenciar los
crímenes de un modelo económico ''...que castiga a millones de seres
humanos con la miseria planificada''? (Carta a la Junta Militar, 1977).
Que Rodolfo Walsh se adelantó a Truman Capote y Tom Wolfe en la ''non
fiction novel"... Vaya. ¿Y desde cuándo el ''new journalism" tuvo que
dormir con un ojo abierto para vigilar a la Muerte? Walsh, dice el
escritor Osvaldo Bayer, sospechó de la miopía que crece en la rutina de
los claustros académicos y califica de ''periodismo" sus libros,
enviándolos al ''depósito de mercaderías varias".
El 25 de marzo de 1977, un comando de la Escuela de Mecánica de la
Armada lo acribilló en una calle de Buenos Aires. Lo querían vivo, pero el
autor de Operación Masacre se resistió con un arma de bajo calibre que a
sus compañeros causaba risa: ''¿Pensás enfrentarte a los milicos con
eso?". Walsh los miraba con cara de esto es para no entregarme y elegir el
modo de morir.
Me queda la sensación de que a la hora de morir, Walsh recordó a Miss
Jennie, su maestra de inglés del Colegio irlandés para niños pobres:
''...Me hizo extender la mano y con una de esas largas reglas negras
fileteadas de acero empezó a golpearme los nudillos con fuerza, lentitud y
método, contando cada golpe. Creo que si yo hubiera gritado, retirado la
mano, encogido un dedo, el castigo habría cesado. Pero me limitaba a
mirarla, y eso la sacaba de quicio... Cuando dijo '¡Diez!' y sentí el
último reglazo sobre la anestesia de los anteriores, la lección estaba
completa. Le había perdido todo respeto..."