Norton Contreras Robledo - rodelu.net |
29 de abril de 2007
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Relato
Ana, engripada y melancólica
Norton
Contreras Robledo
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Se
inclinó en su lecho de enferma y haciendo un esfuerzo miró a través de los ventanales de su habitación. El parque quedaba justo enfrente de su dormitorio. -Hace un lindo día-, pensó mientras miraba a los niños jugar y correr por el parque. No pudo dejar de pensar con tristeza que hubo un tiempo en que ella también fue niña y jugaba y corría en ese mismo parque, entonces sintió como la nostalgia abrazaba su alma y la escuchó susurrarle al oído las palabras de los tiempos idos.Recordó su niñez, a sus padres y a sus amigos. Recordó su juventud, su primer ligue, su primer beso, y a su primer novio. Recordó el día que conoció al que seria su marido y los años felices junto a él. No pudo evitar que los recuerdos tocaran su piel y su alma y sin proponérselo ni pensarlo sintió como sus ojos se nublaban y las lágrimas se deslizaron por sus mejillas. -Debe ser que me estoy haciendo vieja- o a lo mejor es la gripe -se dijo a sí misma mientras se levantaba lenta y dificultosamente de la cama.
Hacía unos días que no se sentía bien, había hablado con su hija por teléfono y esta decidió visitarla. Su madre estaba en su habitación. Se acercó a ella, notó el calor de la fiebre, alarmada llamó al doctor. El médico fue a verlas, examinó detenidamente a la enferma, puso su mano en la frente, le tomó el pulso, la tensión, le miró la garganta, le puso el termómetro. Cuando terminó el examen les dirigió una mirada tranquilizadora – No es nada grave, tiene usted gripe, con estos medicamentos que su hija comprará pronto estará bien-.
Los primeros días lo pasó muy mal, alta temperatura y escalofríos, su hija iba después del trabajo y se quedaba por la noche cuidándola.
No dormí mucho esos primeros días porque mi madre me despertaba "Encarnación, cúbreme que tengo frio”, yo la cubría y me volvía acostar, trataba de conciliar el sueño, cuando lo lograba oía la voz de mi madre "Encarnación, destápame que tengo calor" y así fueron las primeras noches. Por las mañanas andaba todo el día con sueño. Menos mal que ahora ya se le fue la gripe. Todavía esta débil pero no tanto como para no recordarme “Hija no te olvides que pasado mañana es Santa Ana y que es el día de mi santo, me gustaría comer tarta, tu ya sabes, esa que me gusta, y no te olvides de preguntarle al médico si puedo beber una copita de Cava”. En fin que parece que a Mamá ya se le fue la gripe y sólo está débil-.
Por fin logró levantarse, pero se dio cuenta que todavía estaba muy débil. Se dirigió lentamente a la cocina, abrió la nevera y sacó la limonada, fue hasta el armario donde guardaba los vasos y sacó uno. Emprendió el camino de regreso hacia la mesa, le pareció que había hecho un recorrido de kilómetros. Se sentó y comenzó a verter limonada en el vaso. Estaba a punto de beber cuando sintió que el gato de un salto se subía a la falda. Lo tomó y acarició con cariño, lo miró a los ojos al mismo tiempo que le decía -Nos estamos haciendo viejos Minino-. Se levantó y depositó al gato en la silla, se dirigió a la nevera la abrió y sacó la leche. Depositó un plato en el suelo y comenzó a verter la leche. Sentía que el pulso le temblaba y que gotas de leche caían sobre el piso. El gato dio un salto desde la silla, trataba de meter la cabeza entre sus manos para tomársela dificultando aun más los intentos de Ana de llenar el plato. Dejó al gato bebiendo y se sentó a la mesa, sacó la píldora, se la llevó a la boca mientras que con la otra mano levantaba el vaso para tomar un sorbo de limonada.
Ana se dirigió de nuevo a la habitación, -mejor me voy a recostar- pensó
mientras dirigía sus pasos lentos y cansinos hacia la cama. Se sentó al borde y se quitó las sandalias, se afirmó con ambas manos y tomando un impulso se recostó. Pensó que a pesar de lo mal que lo había pasado en esos días con gripe tuvo una cercanía con su hija que la hizo sentirse querida. No pudo dejar de emocionarse cuando en su mente y como en una secuencia de película la veía llegar cansada después del trabajo pero llena de amor y cariño. La veía a ahí en la otra cama, a su lado para cuidarla por la noche. La veía con los ojos cerrados tratando de conciliar el sueño, la veía acudir solícita cuando ella sentía esos escalofríos que le hacían pedirle que la cubriera porque tenia frío o que la descubriera porque tenia calor. Al pensar en eso no podía evitar una sonrisa al mismo tiempo que pensaba -las cosas que se hacen cuando se está engripada-.
Norton
Contreras Robledo
Comunicador
Social
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