Angel Guerra Cabrera - rodelu.net |
28 de abril de 2007
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Unasur, el subsuelo histórico y Chomsky
La Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), bautizada en amistoso
intercambio entre los mandatarios del área, es un paso trascendental hacia
la independencia latinoamericana.
Angel Guerra Cabrera
Conviene subrayarlo: no se trata de otra
sigla más respecto a anteriores esfuerzos, constreñidos a la retórica o,
en todo caso, a grandes negocios para unos pocos, sino de un empeño ya
avanzado en la práctica con iniciativas que involucran a varios de los más
importantes estados congregados en la segunda Cumbre Energética
Sudamericana, celebrada en la isla venezolana de Margarita. Cimentado por
la voluntad de integración en este sector de enorme trascendencia
geopolítica, los 12 gobiernos involucrados han declarado el acceso a la
energía un derecho de los pueblos sobre la base de la complementación,
destinado a promover el bienestar de los seres humanos, así como a
erradicar la pobreza y las asimetrías económicas. En contraste con la
absorción recolonizadora por el gran capital estadunidense proyectada en
la fenecida Area de Libre Comercio para las Américas (ALCA), si se examina
cuidadosamente la Declaración de Margarita se comprobará que en
ella no hay ni resto de neoliberalismo. Los mandatarios hicieron suyas
otras acciones de integración energética como Petrocaribe, con la que
Caracas entrega crudo en condiciones preferenciales a naciones bañadas por
ese mar. Pilar del rumbo independiente adoptado lo es el Banco del Sur,
que ya incluye a Buenos Aires, Asunción, La Paz, Quito, Brasilia y
Caracas, con el objetivo antineoliberal de canalizar al desarrollo las
reservas internacionales y librarse de la esquilmadora banca del norte.
También las acciones comunes, entre ellas el Gasoducto Transguajiro
Colombia-Venezuela, las refinerías que junto a este país construirán
empresas conjuntas con Brasil, Ecuador y Paraguay, el Gran Gasoducto del
Sur que desde el Caribe venezolano enviará combustible a Brasil, Paraguay,
Uruguay y Argentina, y la bien acogida propuesta de Hugo Chávez de
elaborar un Tratado Energético Sudamericano, que recibió aportaciones como
el desarrollo de fuentes alternativas para asegurar el suministro a largo
plazo.
La pregunta que sigue es por qué se ha podido llegar a este consenso,
inimaginable hace sólo unos años. La grave corrosión sistémica que aqueja
al imperialismo estadunidense y su hundimiento en Irak lo explica en
parte. Pero lo central es el vigoroso ciclo de lucha de los pueblos
latinoamericanos contra la depauperación social ocasionada por las
políticas del Consenso de Washington, que en varios casos, como en
Argentina, Bolivia y Ecuador, ha llevado al derrocamiento por vía política
de presidentes neoliberales y la elección de líderes que toman distancia
de esa corriente. O en otros, a impedir con el sufragio el ascenso de
candidatos afines a ella votando a políticos que la rechazan.
Las causales inmediatas del cambio político fundamental observado en
América Latina están en el caracazo de 1989 y su impronta
política, que llevó a Hugo Chávez a la presidencia nueve años después, el
levantamiento zapatista de 1994 y la rebelión, hoy en curso, en Oaxaca; la
creativa lucha del Movimiento de Trabajadores sin Tierra de Brasil, de los
piqueteros y las asambleas populares en Argentina, de los
movimientos indígenas y populares boliviano y ecuatoriano, por mencionar
algunas de las más importantes. Sin olvidar el influjo de la antorcha
moral mantenida en alto por el pueblo cubano cuando se anunciaba el
milenio neoliberal y cundían las deserciones y la confusión.
Líderes radicales, como Chávez, Evo y Correa, más moderados como Lula,
Kirchner y Bachelet, y aunque no haya llegado, López Obrador, no sustentan
proyectos de igual calado social ni tampoco tienen las mismas
posibilidades de actuar, pero, consciente o inconscientemente, son
carimbados por el magma antimperialista y revolucionario que estalla del
subsuelo histórico latinoamericano. Unos obran alimentados y apoyados
principalmente por movimientos de masas de infinita energía
transformadora; otros, atados por alianzas con sectores dominantes, están
más limitados. Sin embargo, todos ellos contribuyen, en mayor o menor
medida, a dar una fisonomía más independiente a América Latina.
Noam Chomsky acierta como pocos cuando, ajeno al eurocentrismo y al
sectarismo, afirma: "Latinoamérica reafirma su independencia.
Especialmente... desde Venezuela a Argentina... se alza para derrocar...
la dominación externa... y las formas sociales cueles y destructivas que
ella ayudó a establecer".
Publicado en La Jornada el 26 de abril de 2007
Angel
Guerra Cabrera
Columnista
de La Jornada de México
aguerra_123@yahoo.com.mx
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