| Latinoamérica - rodelu.net |
14 de junio de 2007
|
El País
de España - 13 de mayo de 2007
Reportaje
Cuando el mito regresaba a casa
La viuda del Che recuerda en un libro la aspereza de la vida íntima con el
guerrillero y cómo antepuso sus ideales a la familia
Después de 40 años de silencio autoimpuesto, Aleida March, la viuda de
Ernesto Che Guevara, ha escrito un libro de memorias íntimas que revela
el lado más desconocido de un mito revolucionario que ha marcado, y sigue
marcando todavía, a varias generaciones. Evocación es un acercamiento
humano a la figura del Che por la mujer que estuvo a su lado durante ocho años y
con quien tuvo cuatro hijos, un testimonio excepcional de la persona que más
sabe de las satisfacciones y sinsabores de convivir con un héroe guerrillero
para el que la revolución y su propio destino fue siempre lo primero.
Mauricio Vicent - La Habana
"El Che volvía tarde a casa, a las tres o cuatro de la madrugada, a veces a
las seis. Dormía sólo cinco o seis horas diarias. ¡Imagínese! ¡Estaba
construyendo una nueva sociedad! ¡No podía dedicarse al hogar y a la casa!",
dice, sin reproches, Aleida March (Manicaragua, 1936), en vísperas de la
presentación del libro, que se realizó ayer en Italia.
La viuda del Che ha puesto a disposición de EL PAÍS capítulos relevantes de
la obra antes de su edición en España. Evocación incluye cartas,
reflexiones, postales, poemas y otros documentos de Guevara que se publican por
primera vez y que forman parte de su correspondencia privada. Al leerlos, se
entiende mejor la psicología de un hombre que fue inflexible consigo mismo y
antepuso sus sueños políticos a su propia vida, así como los esfuerzos que hizo
Aleida junto a él para construir un verdadero hogar.
Cuenta que llevaban sólo 10 días de casados cuando, el 12 de junio de 1959,
el Che salió de gira por los países del Pacto de Bandung. Era un viaje largo, de
tres meses, y por ello le pidió que la llevara como su secretaria, lo que
realmente era en Cuba. "Fue el momento en que comencé a conocerlo con mayor
profundidad, cuando me argumentó que además de secretaria era su esposa y que se
vería como un privilegio, porque los otros no podían hacerse acompañar de sus
compañeras". Aleida no oculta el dolor que sintió en aquel momento: "Antes de
despedirnos fuimos a ver a Fidel a su casa y éste también trató de convencerlo
de que me llevara, pero no aceptó. Comenzó mi llanto, un llanto que siempre me
reprochó".
Éstas y otras anécdotas similares no las escribe Aleida desde el reproche de
esposa, sino desde el amor y la relación que tuvo con él como compañera de armas
y de revolución, pero aun así son reveladoras.
El nacimiento de la primera hija de ambos, Aleida Guevara March, el 24 de
noviembre de 1960, cogió al Che en una "misión" por el campo socialista, durante
la cual firmó los primeros convenios comerciales de Cuba con esos países. El Che
quería que fuese niño y había elegido hasta el nombre con Aleida. Se llamaría
Camilo, en honor de su compañero de lucha y amigo Camilo Cienfuegos. "En tono
jocoso y con su ironía habitual, me envió un telegrama en el que decía que si
era niña la tirara por el balcón", escribe. Estando en Shanghai supo del
nacimiento de la niña y le envió una postal, ahora publicada por primera vez. Le
dice: "Tú siempre empeñada en hacerme quedar mal. Bueno, de todas maneras un
beso a cada una y recuerda: a lo hecho pecho. Abrazos. Che".
Sin referirse a ello directamente, Aleida desmiente en Evocación que
la partida de Cuba de su esposo se debiera a discrepancias con Fidel Castro,
como han dicho varios de sus biógrafos.
Se publica la carta que envió a Armando Hart desde Tanzania en 1965, meses
antes de comenzar su aventura boliviana. En ella propone la introducción en la
isla de un nuevo plan de estudios sobre filosofía, debido a las dificultades que
él mismo acababa de pasar para estudiar esta materia. "En Cuba no hay nada
publicado, si excluimos los ladrillos soviéticos que tienen el inconveniente de
no dejarte pensar; ya el partido lo hizo por ti y tú debes digerir. Como método,
es lo más antimarxista, pero, además suelen ser muy malos", dice el Che; su voz
es la de alguien comprometido, que no ha tirado la toalla.
Los encuentros clandestinos de la pareja en Tanzania y Praga, poco después de
la fracasada experiencia guerrillera del Congo, son momentos duros. En enero de
1966, al llegar a Tanzania disfrazada y después de un viaje con varias escalas,
Aleida temblaba: "Llegué muy nerviosa, en un mar de dudas y con una incógnita
mayor que la esfinge que había dejado atrás en El Cairo. Sin embargo, ese estado
desapareció de inmediato, al darme cuenta de que era él, y que ya estábamos
juntos de nuevo". A los cuatro meses, de nuevo luchó por reunirse en Praga con
él, pese a las dudas del Che. Antes de encontrarse, Aleida recibió una carta de
su esposo: "Dos letras. No es verdad que no quiera verte ni que huyera. (...)
Vine para impulsar las cosas y ya se han impulsado algo; no creí bueno que
vinieras porque podrían detectarte (checos o enemigos), porque se notaría
nuevamente tu ausencia de Cuba, porque cuesta plata y porque me afloja las
patas. Si Fidel quiere que vengas, que los pese él (los factores que pueden
interesarle) y decida...".
En octubre de 1966, el último encuentro de Guevara con Aleida y sus hijos, en
una casa de seguridad en La Habana antes de partir hacia Bolivia, fue
especialmente amargo. El Che estaba "transformado ya en el viejo Ramón", calvo y
con unas gruesas gafas y aparentaba tener unos 60 años. Quería despedirse de sus
hijos. "Cuando llegaron los niños, les presenté a un uruguayo muy amigo de su
papa que quería conocerlos. (...) Tanto para el Che como para mí fue un momento
muy difícil, en particular para él en extremo doloroso, porque estar tan cerca
de ellos y no podérselo decir, ni tratarlos como deseaba, lo ponía ante una de
las pruebas más duras por las que había tenido que pasar".
De esa casa Guevara salió hacia el aeropuerto. Ella no lo vio nunca más, pero
poco después de su partida recibió un poema que dejó escrito para ella: "Adiós,
mi única, no tiembles ante el hambre de los lobos / ni en el frío estepario de
la ausencia / del lado del corazón te llevo / y juntos seguiremos hasta que la
ruta se esfume". Cuarenta años después de la muerte del Che en Bolivia y
alentada por sus hijos, Aleida se ha decidido a contar secretos guardados
celosamente; no son políticos ni pretenden cambiar la biografía del Che, pero
descubren al mito en su intimidad.
Flechazo en la toma de Santa Clara
Aleida March tenía 24 años cuando conoció al Che en la sierra del Escambray,
en noviembre de 1958. De origen campesino, era una activa militante clandestina
del Movimiento 26 de julio y subió a la sierra con el encargo de llevar dinero a
la guerrilla.
En aquel mes largo de combates surgió el idilio. Confiesa Aleida que el Che
"no escogió el mejor momento" para declararse, el 2 de enero de 1959, mientras
avanzaba la caravana guerrillera hacia La Habana: "Se sirvió de un momento en
que nos encontrábamos solos, sentados en el vehículo. Me dijo que se había dado
cuenta de que me quería el día que la tanqueta nos cayó atrás, cuando la toma de
Santa Clara, y que había temido que me pasara algo". Y añade: "A aquella
confesión inesperada, medio dormida como estaba, no le di la importancia que
tenía".
Tras la boda, que se efectuó el 2 de junio, días después de que el Che
obtuviera el divorcio de su primera esposa, la peruana Hilda Gadea -con quien
tuvo una hija, Hildita-, el matrimonio vivió dos años en varias casas
itinerantes, acompañados de colaboradores y soldados. En 1962, se mudaron a una
casa en el barrio de Nuevo Vedado. Esa casa es hoy el Centro Che Guevara,
dedicado a la divulgación del pensamiento del guerrillero.
|