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5 de julio de 2007
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ALAI
Agencia Latinoamericana de Información - 29 de junio de 2007
Latinoamérica
Carta abierta a Ernesto Che Guevara
Frei Betto
Querido
Che:
Ya han pasado cuarenta años desde que la CIA te
asesinó en la selva de Bolivia, el 8 de octubre de 1967. Tenías entonces
39 años. Pensaban tus verdugos que, al meterte balas en tu cuerpo, después
de haberte capturado vivo, condenarían al olvido tu memoria. Ignoraban
que, al contrario de los egoístas, los altruistas nunca mueren. Los sueños
libertarios no quedan confinados en jaulas cual pájaros domesticados. La
estrella de tu boina brilla más fuerte, la fuerza de tus ojos guía a
generaciones por las rutas de la justicia, tu semblante sereno y firme
inspira confianza a quienes combaten por la libertad. Tu espíritu
trasciende las fronteras de Argentina, de Cuba y de Bolivia y, cual llama
ardiente, inflama aún hoy el corazón de muchos revolucionarios.
En
estos cuarenta años ha habido cambios radicales. Cayó el muro de Berlín y
sepultó al socialismo europeo. Muchos de nosotros sólo ahora comprenden tu
osadía al señalar, en Argel en 1962, las grietas en las murallas del
Kremlin, que nos parecían tan sólidas. La historia es un río veloz que no
ahorra obstáculos. El socialismo europeo trató de detener las aguas del
río con el burocratismo, el autoritarismo, la incapacidad para llevar a la
vida cotidiana el avance tecnológico derivado de la carrera espacial y,
sobre todo, se revistió de una racionalidad economicista que no hincaba
sus raíces en la educación subjetiva de los sujetos históricos: los
trabajadores.
Quién sabe si la historia del socialismo no sería
distinta hoy si hubieran prestado oído a tus palabras: “El Estado se
equivoca a veces. Cuando sucede una de esas equivocaciones se percibe una
disminución del entusiasmo colectivo debido a una reducción cuantitativa
de cada uno de los elementos que lo forman, y el trabajo se paraliza hasta
quedar reducido a magnitudes insignificantes: es el momento de
rectificar”.
Che, muchos de tus recelos se han confirmado a lo
largo de estos años y han contribuido al fracaso de nuestros movimientos
de liberación. No te escuchamos lo suficiente. Desde África, en 1965, le
escribiste a Carlos Quijano, del periódico Marcha de Montevideo: “Déjeme
decirle, aún a costa de parecer ridículo, que el verdadero revolucionario
está guiado por sentimientos de amor. Es imposible pensar en un auténtico
revolucionario sin esta cualidad”.
Esta advertencia coincide con lo
que el apóstol Juan, exiliado en la isla de Patmos, escribió en el
Apocalipsis hace dos mil años, en nombre del Señor, a la Iglesia de Éfeso:
“Conozco tu conducta, el esfuerzo y la perseverancia. Sé que no soportas a
los malos. Aparecieron algunos diciendo que eran apóstoles. Tú los
probaste y descubriste que no lo eran. Eran mentirosos. Ustedes han sido
perseverantes. Sufrieron por causa de mi nombre y no se desanimaron. Pero
hay una cosa que repruebo en ti: abandonaste el primer amor” (2,
2-4).
Algunos de nosotros, Che, abandonaron el amor a los pobres,
que hoy se multiplican en la Patria Grande latinoamericana y en el mundo.
Dejaron de guiarse por grandes sentimientos de amor para ser absorbidos
por estériles disputas partidarias y, a veces, hacen de los amigos,
enemigos, y de los verdaderos enemigos, aliados. Corroídos por la vanidad
y por la disputa de espacios políticos, ya no tienen el corazón encendido
por ideas de justicia. Permanecieron sordos a los clamores del pueblo,
perdieron la humildad del trabajo de base y ahora cambian utopías por
votos.
Cuando el amor se enfría el entusiasmo se apaga y la
dedicación se retrae. La causa como pasión desaparece, como el romance
entre una pareja que ya no se ama. Lo que era ‘nuestro’ resuena como ‘mío’
y las seducciones del capitalismo reblandecen los principios, cambian los
valores y si todavía proseguimos en la lucha es porque la estética del
poder ejerce mayor fascinación que la ética del servicio.
Tu
corazón, Che, latía al ritmo de todos los pueblos oprimidos y expoliados.
Peregrinaste desde Argentina a Guatemala, de Guatemala a México, de México
a Cuba, de Cuba al Congo, del Congo a Bolivia. Todo el tiempo saliste de
ti mismo, encendido de amor, que en tu vida se traducía en liberación. Por
eso podías afirmar con autoridad que “es preciso tener una gran dosis de
humanidad, de sentido de justicia y de verdad, para no caer en extremos
dogmáticos, en escolasticismos fríos, en aislamiento de las masas. Es
necesario luchar todos los días para que ese amor a la humanidad viva se
transforme en hechos concretos, en gestos que sirvan de ejemplo, de
movilización”.
Cuántas veces, Che, nuestra dosis de humanidad se ha
resecado, calcinada por dogmatismos que nos hincharon de certezas y nos
dejaron vacíos de sensibilidad para con los dramas de los condenados de la
Tierra. Cuántas veces nuestro sentido de justicia se perdió en
escolasticismos fríos que proferían sentencias implacables y proclamaban
juicios infamantes. Cuántas veces nuestro sentido de verdad cristalizó en
el ejercicio de autoridad, sin que correspondiésemos a los anhelos de
quienes sueñan con un trozo de pan, de tierra y de alegría.
Tú nos
enseñaste un día que el ser humano es el “actor de ese extraño y
apasionante drama que es la construcción del socialismo, en su doble
existencia de ser único y miembro de la comunidad”. Y que éste no es “un
producto acabado. Los defectos del pasado se trasladan al presente en la
conciencia individual y hay que emprender un continuo trabajo para
erradicarlos”. Quizá nos ha faltado destacar con más énfasis los valores
morales, las emulaciones subjetivas, los anhelos espirituales. Con tu
agudo sentido crítico cuidaste de advertirnos que “el socialismo es joven
y tiene errores. Los revolucionarios carecen muchas veces de conocimientos
y de la audacia intelectual necesarios para enfrentar la tarea del
desarrollo del hombre nuevo por métodos distintos de los convencionales,
pues los métodos convencionales sufren la influencia de la sociedad que
los creó”.
A pesar de tantas derrotas y errores, hemos tenido
conquistas importantes a lo largo de estos cuarenta años. Los movimientos
populares han irrumpido en todo el Continente. Hoy en muchos países están
mejor organizados los campesinos, las mujeres, los obreros, los indios y
los negros. Entre los cristianos, una parte significativa ha optado por
los pobres y engendró la Teología de la Liberación. Hemos sacado
considerables lecciones de las guerrillas urbanas de los años 60; de la
breve gestión popular de Salvador Allende; del gobierno democrático de
Maurice Bishop, en Granada, masacrado por las tropas de los Estados
Unidos; de la ascensión y la caída de la Revolución Sandinista; de la
lucha del pueblo de El Salvador. En México los zapatistas de Chiapas ponen
al desnudo la política neoliberal y se propaga por América Latina la
primavera democrática, con los electores repudiando a las viejas
oligarquías y eligiendo a aquellos que son a su imagen y semejanza: Lula,
Chávez, Morales, Correa, Ortega, etc.
Falta mucho por hacer,
querido Che. Pero conservamos con cariño tus herencias mayores: el
espíritu internacionalista y la revolución cubana. Una y otra cosa se
presentan hoy como un solo símbolo. Comandada por Fidel, la Revolución
cubana resiste al bloqueo imperialista, la caída de la Unión Soviética, la
carencia de petróleo, los medios de comunicación que pretenden
satanizarla. Resiste con toda su riqueza de amor y de humor, salsa y
merengue, defensa de la patria y valoración de la vida. Atenta a tu voz,
ella desencadena un proceso de rectificación, consciente de los errores
cometidos y empeñada, a pesar de las dificultades actuales, en hacer
realidad el sueño de una sociedad donde la libertad de uno sea la
condición de justicia del otro.
Desde donde estás, Che, bendícenos
a todos nosotros los que comulgamos en tus ideales y tus esperanzas.
Bendice también a los que se cansaron, se aburguesaron o hicieron de la
lucha una profesión en su propio beneficio. Bendice a los que tienen
vergüenza de confesarse de izquierda y de declararse socialistas. Bendice
a los dirigentes políticos que, una vez destituidos de sus cargos, nunca
más visitaron una favela ni apoyaron una movilización. Bendice a las
mujeres que, en casa, descubrieron que sus compañeros eran lo contrario de
lo que ostentaban fuera, y también a los hombres que luchan por vencer el
machismo que los domina. Bendícenos a todos nosotros los que, ante tanta
miseria que siega vidas humanas, sabemos que no nos queda otra vocación
más que la de convertir corazones y mentes, revolucionar sociedades y
continentes. Sobre todo bendícenos para que, todos los días, estemos
motivados por grandes sentimientos de amor, de modo que podamos recoger el
fruto del hombre y la mujer nuevos.
- Frei Betto
es escritor, autor de “La mosca azul. Reflexiones sobre
el poder”, entre otros libros.
Traducción de J.L.Burguet
Las citas del Che tienen como fuete el texto El
socialismo y el hombre en Cuba, publicado en “Ernesto Che Guevara,
escritos y discursos”, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana,
1977, pp.253-272
http://alainet.org/active/18421&lang=es
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