|
Mundo - rodelu.net |
4 de julio de 2007
|
Bitácora
de Uruguay - 21 de junio de 2007
Eric Hobsbawm:
El Marxismo todavía tiene un campo de acción considerable
El más prestigioso historiador del
siglo XX, Eric Hobsbawm, analiza el futuro de la democracia,
en un mundo imperial. Al cabo de una vida de intensa
militancia, reflexiona sobre la vigencia actual del
marxismo.
Ivana Costa Periodista argentina
Su concepción de la Historia, las dificultades de una
disciplina acechada por el escepticismo y el conformismo de la
permanente especialización. Hoy, cuando cumple 90 años,
reflexiona sobre el tiempo que pasó y el tiempo por venir.
Cuando cumplió 85 años, el historiador Eric Hobsbawm, el
más reconocido intelectual marxista de la actualidad, publicó
su autobiografía, Años interesantes. Para un especialista,
interesado en sus aportes a la historiografía del siglo XX,
quizás este libro no fuera más que una colorida guía por los
modos en que él fue abordando cada cuestión -el siglo XX, la
formación de la clase obrera, la tensión entre capitalismo y
revolución-; una serie de curiosidades biográficas que
definieron ciertos temas y una preferencia filosófica y
política. Pero para todo lector apasionado por el mundo en que
vivimos y por los ecos remotos de su pasado inmediato, la vida
de Hobsbawm es una lectura preciosa, prácticamente única, en
la que se conjugan la tragedia familiar y la construcción
personal con los acontecimientos históricos que hicieron del
siglo XX un tiempo terrible y hermoso, una ''edad de los
extremos''. Una pieza comparable, en su valor literario y
testimonial, a la autobiografía de Nina Berberova, a las
memorias de Vladimir Nabokov o al conjunto que forman la
novela G, de John Berger, y algunos de sus relatos breves.
Una importancia central que tiene la narración de la propia
vida, en el caso de un lúcido observador y analista del siglo
XX, es que él ''estaba ahí''. Nacido ''en el año de la
Revolución Rusa'', estaba ahí cuando se desintegró el imperio
británico -se desintegraron, al menos, los efectos simbólicos
de ostentar el ejercicio del poder gubernamental en las
colonias-, y sobre todo cuando el mundo decimonónico y sus
valores cayeron derrotados a los pies de la ''vida moderna''
-los propios padres de Hobsbawm: un ciudadano británico y su
joven esposa austríaca, miembros de la parte más cosmopolita
de la comunidad judía de Viena, se vieron allí hundidos en la
miseria-. Hobsbawm estaba ahí cuando subió Hitler al poder y
cuando fue vencido. Cuando se desmoronó el Muro de Berlín y,
con él, toda una era de ''socialismo real''. Hobsbawm estaba
ahí, recorriendo Latinoamérica y siguiendo el rastro de sus
movimientos insurreccionales justo en los años que van desde
la revolución cubana al surgimiento de las guerrillas
setentistas. Y estaba ahí viendo caer las Torres Gemelas de
Manhattan, oyendo cómo Washington se declaraba ''único
protector de cierto orden mundial'' y decretaba así la
clausura del siglo XX. El 11 de septiembre de 2001, Hobsbawm
estaba ahí, en una cama de hospital en Londres: ''No existe
lugar mejor que ése, lugar por excelencia de una víctima en
cautiverio -escribió-, para reflexionar sobre el aluvión
extraordinario de palabras e imágenes orwellianas que inunda a
la prensa escrita y la televisión''. Pero además, Hobsbawm
-que hoy cumple 90, y todavía escribe artículos, publica
libros y responde largas entrevistas telefónicas- sigue
estando ahí. Desconfía de la perdurabilidad del imperio
americano, señala las ingenuidades de la utopía altermundista,
piensa que es preciso ser ''un historiador escéptico'' y, a la
vez, esperar lo mejor del proyecto liberador del marxismo, al
que sin dudas reivindica.
-En una entrevista en Libération decía que ''hay
que devolverle al marxismo su elemento mesiánico''. A pesar de
que el pensamiento político (sobre todo el marxismo) aspira a
''salvar'' a grandes porciones de la humanidad, la tendencia
secular es a evitar el mesianismo. ¿La utopía marxista tiene
aún una oportunidad mesiánica en este siglo? -No en la
forma en que creíamos en ella, es decir la de una economía
planificada centralmente que prácticamente eliminaba el
mercado, sino bajo la forma de un sistema deliberadamente
orientado a incrementar la libertad humana y el desarrollo de
las habilidades humanas. Creo que, así, el marxismo todavía
tiene un campo de acción considerable.
-¿Y las utopías altermundistas? -Lo
positivo es que son anticapitalistas y han vuelto a plantear
la cuestión de que el capitalismo en su totalidad debe ser
criticado. Lo negativo es cierta falta de realismo. Respecto
de la globalización, por ejemplo: se la puede controlar en
parte pero no se puede decir que se la va a revertir. Veo
varias utopías en el movimiento altermundista pero, por ahora,
ninguna que sea universalmente aplicable como las aspiraciones
socialistas de los siglos XIX y XX. Mucho del utopismo
altermundista está más cerca de los viejos anarquistas, que
decían: Acabemos con el capitalismo, acabemos con el régimen
malvado y después, de alguna manera, todo resultará bien. Hay
versiones políticamente más útiles: algunas ONG aprendieron a
actuar globalmente y pueden ejercer verdadera presión en
campos importantes como el ambiental.
-En su último libro, ''Guerra y paz en el siglo
XXI'', afirma que la democracia está rodeada de retórica
vacía: se ha convertido en un concepto incuestionable que, sin
embargo, enmascara situaciones inaceptables de injusticia.
¿Sería posible recuperar un sentido auténtico de democracia?
¿Tendría sentido? -La retórica vacía de la democracia
sirve de justificación a las conquistas imperiales, pero la
crítica principal a la democracia como retórica de propaganda
es más amplia. En general se la usa para justificar las
estructuras existentes de clase y poder: ''Ustedes son el
pueblo y su soberanía consiste en tener elecciones cada cuatro
o seis años. Y eso significa que nosotros, el gobierno, somos
legítimos aun para los que no nos votaron. Hasta la próxima
elección no es mucho lo que pueden hacer por sí mismos.
Entretanto, nosotros los gobernamos porque representamos al
pueblo y lo que hacemos es para bien de la nación''. Una
crítica: la democracia queda reducida a una participación
ocasional en las elecciones, porque oficialmente en una
democracia uno no está autorizado a emprender otras acciones
políticas que no sean las legítimas y pacíficas.
-Varios politólogos franceses piensan mejorar la
democracia fortaleciendo el debate institucional. -Sí,
pero mi objeción es mucho más amplia: no digo únicamente que
la democracia no puede quedar reducida sólo a las elecciones,
tampoco puede quedar reducida al debate. Lo que el pueblo hace
y es debe influir en el gobierno, de formas variadas. Su
influencia no puede quedar reducida a una forma particular de
constitución. Por otra parte, muchos problemas del siglo XXI
escapan al marco de los estados nacionales. La democracia
existe sólo dentro de los estados nacionales así que, nos
guste o no, tenemos que encontrar otras formas de abordar
problemas globales. Es difícil de saber cuáles van a ser
porque, hasta ahora, nada reemplazó a los estados.
-Cuando habla de ''pueblo'' piensa en movimientos
sociales, los de Argentina, por ejemplo. -Por
supuesto. Cualquier movimiento es sumamente importante,
siempre que el gobierno tome en cuenta la opinión del
pueblo.
-Usted estudió la forma en que, históricamente,
muchos movimientos perdieron eficacia al convertirse en usinas
de clientelismo, usados por el
populismo. -''Populismo'' es un término que se usa en
sentido demasiado general. La mayoría piensa que el populismo
está asociado a la derecha política pero también puede estar
asociado a la izquierda o al centro. ''Populismo'' simplemente
quiere decir gobiernos que tratan de hablar directamente con
la gente; lo pueden hacer con diferentes propósitos. Perón era
populista en un sentido y Chávez, en otro. No diría que
necesariamente el populismo como tal debe ser aceptado por
completo o rechazado. La esencia de la democracia es que el
gobierno tiene que tomar en cuenta lo que el pueblo quiere y
no quiere. No hay ningún mecanismo eficaz para hacerlo: el
gobierno representativo no es muy eficaz. A veces funcionan
mejor la prensa o los movimientos directos.
-¿Tiene futuro la ''multitud'' entendida como
sujeto político, tal como piensa Toni Negri? -Debo
decirle que no soy un gran admirador de él. No tengo muy buena
opinión de Negri. Y creo que el término ''multitud'' es
demasiado general. Hay que definir qué se entiende por
''multitud''. Se la podría estructurar por clases, por
nacionalidad o de otras formas, pero decir ''multitud'' no nos
lleva muy lejos.
-El concepto de ''clase social'' también fue
objetado (Philip Furbank lo atacó sociológica e
históricamente). ¿En qué cifraría la importancia política del
concepto de clase? -Es un concepto que de hecho se
mantiene. Cualquiera que analice resultados electorales verá
que se los descompone por clase, sección y nivel de educación
(hoy día esto también significa clase). Hoy la política no
está dominada por movimientos conscientes de que representen
una clase, pero eso no significa que la clase haya dejado de
ser importante. Algunas clases son hoy menos relevantes (la
clase industrial trabajadora) pero eso no quiere decir que las
clases hayan dejado de existir. Es un gran error subestimar la
importancia de la clase. Y es un gran error suponer que una
clase representa a las otras.
El Atlas y el mundo entero
''El 8 de febrero de 1929, a última hora de la tarde, al
regresar de una de sus cada vez más desesperadas idas y
vueltas a la ciudad en busca de dinero, fruto de su trabajo o
de algún préstamo, mi padre cayó fulminado delante de la
puerta principal de casa''. Así narra Eric Hobsbawm el más
directo impacto de la Depresión en su memoria de 12 años. Dos
años después iba a morir su madre. Pero hasta entonces, la
extrema vulnerabilidad en que se hallaba su familia le había
resultado casi inadvertida. El primer indicio de ''lo dura que
era la situación'' lo había tenido -cuenta- luego de mostrar
la lista de libros que pedían sus profesores del secundario:
entre ellos el costoso Atlas Kozenn. ''¿Es absolutamente
imprescindible que lo tengas?'', se había alarmado su madre.
El libro finalmente se compró, pero -escribe Hobsbawm-: ''la
sensación de que en esa ocasión se había hecho un sacrificio
importante siempre me acompañó''. En su biblioteca, Hobsbawm
conserva el viejo Atlas Kozenn un poco maltrecho y lleno de
dibujitos en los márgenes. Dice que todavía lo consulta. Su
obra, que abarcó el mundo entero en transformaciones
sucesivas, quizás haya sido una forma de reconocer el valor de
aquel sacrificio.
Ese mundo, que de nuevo se transforma mientras avanza la
globalización capitalista, no verá desaparecer las unidades
políticas reconocibles. Por ahora, al menos -afirma Hobsbawm-,
no verá desaparecer los Estados nacionales. ''La globalización
debilitó muchos poderes del Estado. Hay una tendencia a
globalizar la economía, la ciencia, las comunicaciones, pero
no a crear grandes organizaciones supranacionales. Muchos
Estados son irrelevantes o existen en función de la
globalización (viven del turismo o como paraísos fiscales),
pero hay cinco o seis que determinan lo que pasa en el mundo,
y otros, más chicos, son importantes porque imponen límites a
la globalización. La globalización capitalista, por ejemplo,
insistía en el libre movimiento de todos los factores de la
producción -dinero, bienes-, sin restricción y por todo el
mundo. Pero la mano de obra es un factor de la producción que
no ha instaurado el libre movimiento, y una de las razones es
política (los Estados no lo permiten porque podría crear
enormes problemas políticos a nivel nacional). El Estado no
está desapareciendo; coexiste con la globalización, o sea, con
un puñado de corporaciones, pero no desaparece.''
El proyecto de Unión Europea, dice, es todavía dudoso.
¿Cuáles son los aspectos más dudosos?
No hay una identidad europea. En la UE, las decisiones las
toman los gobiernos nacionales; las elecciones, incluso las
europeas, se llevan a cabo en términos de política nacional.
La expansión de la UE a 27 Estados lo hace aún más evidente:
no creo que tenga futuro como Estado federal único y, hasta
que no lo tenga, no tendrá un electorado efectivo ni será la
base efectiva de la democracia. Eso no quiere decir que sea
una mala organización. Al contrario, parece buena.
Una grandeza económica
Económica y algo más: ha logrado establecer ciertos
patrones comunes en materia de leyes aceptadas como superiores
a las leyes nacionales de los Estados. Quizá lo más cercano a
una federación.
-La UE acaba de sancionar una ley que castiga a
quien niegue el Holocausto. Usted estuvo en contra del juicio
al historiador David Irving (acusado de negar la ''solución
final''): ''La misma expresión -dijo- pertenece a una era en
la que la condena moral reemplazó a la historiografía''. ¿Qué
opina de esta ley? -No creo que se pueda establecer o
negar la verdad histórica por medio de la legislación. Fue un
error sancionar leyes que consideren un delito negar el
Holocausto, y es un error de los franceses tratar de promulgar
una ley sobre el genocidio de los armenios, y fue un error del
gobierno de Chirac insistir en que hay que enseñar que el
imperio francés fue positivo. Es la opinión general de los
historiadores profesionales -no hace falta aclarar que
difícilmente tengamos simpatía alguna por los nazis o la
masacre de los armenios por los turcos. Sólo que ésa no es la
manera de establecer la verdad.
-Usa un ejemplo futbolístico para señalar
diferencias entre los EE.UU. y el antiguo imperio británico.
¿Le gusta el fútbol? -No soy fanático pero todos somos
parte de una cultura futbolística. Lo que digo es que hay un
conflicto básico entre la lógica del mercado, una lógica
global, y el hecho de que las emociones de la gente están
atadas al equipo nacional. Por un lado, los clubes y la
competencia entre los principales clubes de los principales
países europeos son los que dan el dinero. Pero allí no hay
nada nacional (como sabe, hubo un momento en que mi equipo, el
Arsenal, no tenía prácticamente ningún jugador nacido en
Inglaterra). Para estos grandes clubes, las selecciones
nacionales son una distracción. No les gusta prestar a sus
jugadores para que entrenen con sus selecciones. Pero las
selecciones nacionales tienen que entrenar. Por lo tanto, para
los clubes -empresas capitalistas, naturalmente- la selección
nacional es una distracción y sin embargo no pueden prescindir
de ella porque lo que mantiene al fútbol en funcionamiento es
la competencia internacional.
-Esa distracción y las tensiones que plantea son un
atractivo mayor. Los partidos no serían tan intensos si no
estuvieran esas emociones en juego. -Sí. Y en muchos
sentidos, muchos países que antes no tenían identidad, como
algunos de Africa, adquieren identidad a través de esto.
Porque es más fácil imaginarse como parte de una gran unidad a
través de once personas en una cancha que a través de
abstracciones.
-¿Cómo influyen las emociones en su oficio de
historiador? -El historiador tiene que ser
infinitamente curioso; tiene que poder imaginar las emociones
de personas que no se le parecen. No se puede llegar al fondo
de un período histórico si no se trata de averiguar cómo era.
Alguien dijo una vez, muy acertadamente, que el pasado es otro
país. Los historiadores son, de alguna manera, escritores,
novelistas: tienen que imaginar pero no pueden inventar, deben
guiarse por los hechos. Y el historiador tiene sus propios
sentimientos pero ellos no deben interferir con las pruebas.
En este sentido, el gran modelo es el francés Marc Bloch. No
sólo era un maravilloso historiador: en su primer gran libro
también imaginó una sociedad que creía que el rey estaba en
contacto directo con el Cielo y que, por eso, la mano del rey
podía curar sus males. Bloch tenía sus propias emociones, se
unió a la Resistencia y murió a manos de los alemanes durante
la Guerra. No era en absoluto una persona neutral.
-El historiador no inventa los hechos, pero
descubre -en los textos, en los documentos, en el análisis-
cosas que estaban allí y nadie había visto. ''Descubrir'' e
''inventar'' son palabras muy próximas, aun etimológicamente.
Descubrir o inventar el Big Bang ¿no es lo
mismo? -Creo que los historiadores comienzan con
ciertos problemas que surgen de cómo han sido criados, cómo
piensan, etc. No llegan a la historia como cámaras que sólo
filman (hasta las cámaras deben ser dirigidas hacia algo). Y
además, los historiadores producen algo definitivo,
permanente. No se pueden discutir las pruebas; sí las
interpretaciones. Alguno cree que Elvis Presley no murió: está
equivocado. Quien niega el Holocausto está equivocado. De allí
partimos. Qué pien se usted de Elvis, cómo interpreta el
Holocausto, hay infinitas discusiones posibles.
-¿Su concepción de la historia cambió en todos
estos años? -Básicamente no ha cambiado.
-Trabaja con el tiempo: ¿alguna vez pensó qué es el
tiempo? -Bueno, ahora pienso que tenemos que expandir
nuestros horizontes por fuera de la vida humana. La humanidad
abarca una pequeña porción de la historia del mundo, siguiendo
patrones astronómicos o incluso geológicos. La agricultura se
inventó hace quizá 10.000 años. Pero uno debe tratar de ver el
cuadro completo. Uno de los grandes aciertos de Marx fue
tratar de ver el desarrollo completo de la raza humana en
perspectiva, desde que salió de las cavernas hasta el
desarrollo de las sociedades. Eso no significa que uno no se
pueda concentrar en períodos más breves. De hecho, uno debe
hacerlo: los antropólogos solían entrenarse haciendo trabajo
de campo sobre un determinado pueblo, y los historiadores se
entrenan eligiendo determinado tema. Pero hoy el gran peligro
de la historia es la excesiva especialización y que se enseñe
la historia no como un progreso general de la especie humana
sino como una serie de retazos elegidos según un criterio
cualquiera. Y es muy importante que los historiadores se
comuniquen, que escriban para que se los pueda entender, no
sólo para otros especialistas.
|