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19 de julio de 2007
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ALAI
Agencia Latinoamericana de Información - 16 de julio de 2007
Religión
Benedicto XVI: vuelta al pasado
El papa Benedicto XVI acaba de sorprender al mundo cristiano con dos
decisiones: permitir el latín en las celebraciones litúrgicas y proclamar
a la Iglesia de Roma como la única verdadera Iglesia de
Cristo.
Frei Betto
Todos somos tributarios de nuestras raíces culturales. No
se puede valuar un texto fuera de su contexto. Lo cual vale también para
las personas. Joseph Ratzinger, ahora papa, es un alemán embebido del
pesimismo intelectual de Hannah Arendt y Karl Popper, filósofos
antiutopistas. Ambos fueron militantes de izquierda, ella en Alemania, él
en Austria. Ambos, al renegar de las ideas revolucionarias, cayeron en el
error de identificar utopía y totalitarismo. De ese modo se cerraron al
futuro, para alegría de quien insiste en otro grave equívoco, el de
identificar democracia y capitalismo.
Cuando el ser humano abandona
la imaginación creadora el futuro se le presenta como amenaza. Lo nuevo
atemoriza. Entonces se refugia en la nostalgia, como si en el pasado
residiera el mejor de los mundos. Es el retorno al Edén bíblico, al
“paraíso perdido” de Milton, a la seguridad del útero materno
diagnosticada por Freud.
Para acentuar el elitismo de una Iglesia
rehén de Constantino en el mundo latino la nobleza clerical adoptó como
idioma una lengua en decadencia, el griego. Derrumbado el Imperio Romano y
disgregada la unidad europea, la Iglesia conservó otro idioma en desuso,
el latín. Así los misterios sagrados eran tratados en un lenguaje
inaccesible a la plebe. En el siglo 16, en Pernambuco, Branca Dias fue
acusada por la Inquisición de un grave delito: poseer la Biblia en
portugués. Ni siquiera la constatación de que era analfabeta la salvó del
castigo. Lo vernáculo era tenido como profano.
No será el latín el
que atraerá a la Iglesia Católica a los pobres, que prefieren pastores
capaces de expresarse en su idioma. Jesús no hablaba ni griego ni latín;
hablaba arameo y entendía el hebreo. Aprecio el latín en el canto
litúrgico, como el gregoriano. Pero ¿cuántos fieles entienden la misa en
latín? Sospecho que ésos prefieren la celebración como mera experiencia
estética, restos de una Iglesia exiliada en su pasado, de espaldas al futuro.
¿Será la Iglesia de Roma la única verdadera Iglesia de
Cristo? ¿Por qué Roma suprimió del Credo la profesión de que nosotros, los
católicos, creemos en la “Iglesia católica, apostólica, romana”, tal como
yo recé en mi infancia? Ahora sólo se reza: “Creo en la Santa Iglesia
Católica”, lo que implica su carácter universal y apostólico pero no romano.
Esa afirmación de que el reconocimiento del obispo de Roma,
el papa, como cabeza de todas las Iglesias es condición para que se unan
las comunidades cristianas, dificulta aún más el ecumenismo. El concilio
Vaticano 2º insiste en la renovación y conversión de todas las Iglesias,
incluso la de Roma, como requisito para el restablecimiento de la unidad
perdida, primero con el cisma entre Oriente y Occidente en 1054, después
con la Reforma de Lucero, en el siglo 16. El concilio recomienda a la
Iglesia de Roma reconocer los elementos de verdad presentes en las demás
Iglesias. Prestar a tención a lo que une, no a lo que separa.
Esto
dice el Catecismo oficial de la Iglesia Católica, firmado por el cardenal
Ratzinger en 1998: “Muchos elementos de santificación y de verdad existen
fuera de los límites visibles de la Iglesia Católica: la palabra de Dios
escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad y otros
dones interiores del Espíritu Santo y otros elementos visibles. El
Espíritu de Cristo se sirve de estas Iglesias y comunidades eclesiales
como medios de salvación, cuya fuerza viene de la plenitud de gracia y de
verdad que Cristo ha confiado a la Iglesia Católica. Todos estos bienes
provienen de Cristo y conducen a Él, y de por sí impelen a la unidad
católica”. (819).
Jesús nunca condicionó el mérito de su amor a la
adhesión a su palabra. Hizo el bien sin mirar a quién. No exigió que,
primero, la mujer fenicia, el siervo del centurión romano o la viuda de
Naim creyesen en su predicación para merecer la sanación. Ni le dijo a
ninguno de ellos: “mi fe te salvó”, sino “tu fe te salvó”.
La unidad de los cristianos nunca será alcanzada por la escarpada vía
de la autoridad, sino de la caridad, de la tolerancia, de nuestra humildad
para reconocer los errores propios y ser capaces de destacar lo que hay de
positivo, de evangélico, en las demás Iglesias y denominaciones religiosas.
El primado del amor es el único capaz de asegurar la
unidad de fe en la diversidad de culturas. Para todo, y siempre, Cristo es
la cabeza de la Iglesia, y nosotros, fieles, diferentes miembros de su cuerpo.
- Frei Betto es escritor, autor de “La mosca
azul. Reflexiones sobre el poder”, entre otros libros.
Traducción de J.L.Burguet
http://alainet.org/active/18631&lang=es
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