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22 de julio de 2007

Brecha de Uruguay - 20 de julio de 2007

Espíritu de sacrificio, se busca

Crisis de la estrategia militar

La derrota del ejército israelí, uno de los más eficientes, comabativos y mejor armados del mundo, frente a las milicias de Hizbolá en Líbano hace un año, sigue siendo motivo de análisis entre los estrategas, pero muy en particular entre los más interesados por sacar lecciones de fondo: los neoconservadores estadounidenses.

Raúl Zibechi
“Quinientos mil millones de dólares al año pueden comprar muchísima magia política”, asegura William S Lind en su último artículo dedicado a analizar las consecuencias políticas y militares de la reciente derrota israelí en Líbano. Lind es director del Centro de Conservadurismo Cultural de la Fundación Congreso Libre, uno de los think tanks neoconservadores más importantes de Estados Unidos. En buen romance, Lind es un lúcido e influyente pensador de la derecha global que tiene especial influencia entre los militares de su país. Suele publicar sus artículos en diversas revistas militares.

GUERRAS DE CUARTA
En el emblemático año 1989 formuló una nueva teoría militar que pasó a denominarse “guerra de cuarta generación” o 4 gw. En apretada síntesis, sostiene que por primera vez desde el Tratado de Westfalia (1648), en el cual el Estado estableció el monopolio sobre la guerra, los principales conflictos que aquejan a la humanidad ya no son interestatales sino entre estados y fuerzas no estatales. Sostiene que este tipo de conflicto es mucho más peligroso que las guerras entre estados porque la crisis de legitimidad de éstos modifica no sólo las tácticas sino sobre todo las estrategias.

Los tres tipos de guerra anteriores –caracterizadas respectivamente por el orden-desorden en el campo de batalla, la potencia de fuego en masa en la cual la aviación sustituye a la artillería y la guerra relámpago que derrumba al enemigo desde su retaguardia– son variaciones sobre un mismo escenario. La 4 gw es definida como una suerte de “retorno a la manera de guerra antes de la creación del Estado”. Sostiene que ninguna fuerza armada del mundo ha conseguido derrotar a un enemigo no estatal y que “en casi todos los lugares el Estado está perdiendo”.

En consecuencia, Lind defiende una rápida retirada de Irak. “Cuanto más tiempo permanezcamos en Irak, más probable es que explote el polvorín. Si explota, ¿Dios nos ayudará a todos?”, escribió en febrero de 2005. No es, empero, un pacifista. Sostiene que para mantener la hegemonía del imperio, su país debe poseer una infantería ligera capaz de luchar con sus propias armas sin depender de los aviones, apuesta a la “inteligencia cultural” que supone comprender la racionalidad de sus enemigos, postula “la integración de las tropas con la población local” y apuesta a que los ejércitos utilicen “tácticas estándares de guerrilla” y no un despliegue masivo y mastodóntico amparado en el empleo de tecnología militar avanzada.


LÍBANO
Lind y otros estrategas neoconservadores sostienen que en Líbano se vivió el obituario de la “revolución en asuntos militares”, un diseño guerrero defendido arduamente por el ex secretario de Defensa Donald Rumsfeld, que consiste en el uso y abuso de armas sofisticadas de precisión para destruir las posiciones del enemigo. Este tipo de guerra interesa a la industria de armamentos que se beneficia de contratos multimillonarios para desarrollar armas de alta tecnología, y a una población que no quiere ver morir a sus jóvenes en campos de batalla como sucedió en los años sesenta y setenta en Vietnam.

El 29 de mayo se conocieron los primeros resultados del análisis de la comisión Winograd sobre lo sucedido en Líbano. Allí se establece que la derrota israelí se debió a que los altos mandos cometieron “una voluntariosa negación de las limitaciones de las armas de precisión” aire-tierra y tierra-tierra. Uno de los párrafos más serios y de mayor profundidad establece hasta qué punto los jefes militares son víctimas de un serio error de apreciación. “Las ilusiones sobre las posibilidades de los sistemas de armas de precisión prevalecieron sobre las capacidades analíticas del estado mayor general. La fe en sistemas avanzados aéreos y de artillería como mágicos sistemas de ‘cambio de las reglas del juego’ absolvió al estado mayor general de la necesidad de considerar qué capacidades poseía el enemigo y llevó al ejército israelí a caer en una trampa estratégica.”

Lind sostiene que la guerra tecnológica de Rumsfeld se reduce a utilizar tecnologías para que “todo pueda convertirse en un objetivo”. Considera que es un engaño porque pretende “eliminar la cualidad que define a la guerra: la voluntad hostil independiente del enemigo”. El problema es que este tipo de guerra ha sido en realidad impuesta por el lobby industrial-militar que no entiende nada de guerra pero mucho de negocios. Por eso el híper desarrollo de sistemas aeronáuticos que llevaron a que tres cazas F-22 cuesten la friolera de mil millones de dólares.

Nada indica que los estrategas del Pentágono consigan derrotar a los negociantes del mismo Pentágono. Hay mucho dinero en juego. Tanto como un presupuesto militar que supone más de la mitad del producto bruto interno de Brasil, la décima potencia industrial del mundo. Pero eso no es todo. Lo más difícil va a ser promover y ganar una auténtica revolución cultural entre la población estadounidense, convencida desde hace mucho tiempo, más tiempo incluso del que nos separa de la guerra de Vietnam, de que es posible ganar una guerra sin combatir. O sea, sin atravesar los horrores de la guerra. Tal vez el derrumbe de esa convicción sea la mayor contribución a la paz que puedan hacer los habitantes de la superpotencia.

 
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