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7 de octubre de 2006

Ernesto Guevara yace muerto
en la escuelita de La Higuera
Con los ojos abiertos. Ernesto Guevara yace muerto en la
escuelita de La Higuera. La imagen fue tomada minutos
después de la ejecución y dio inicio al mito del
revolucionario que no parpadea ante la muerte.
(Foto: Freddy Alborta)

Poemas

Al comandante
Ernesto Che Guevara

Las palabras

Titulado con buscada obviedad (“Al comandante Ernesto Che Guevara”), este poema de Salvador Puig está considerado por la crítica uno de los mejores textos de la poesía uruguaya de la segunda posguerra. (Brecha)

Salvador Puig

“Las palabras no entienden lo que pasa:
Las vocingleras, las oscuras, las dóciles,
las que llaman las cosas por su nombre,
las que inventan el nombre de las cosas;
las palabras que dije o me dijeron,
las que aprendí en los libros,
las que escribo,
las que pensé mirando una ventana,
las que acercándose al silencio, gritan;
las que al tocar el fuego, se desfogan,
las que truecan los trinos y los truenos,
las que sirven la mesa de mi casa,
las de la nítida caligrafía que cae por las paredes de la escuela,
las que dicen a dúo el pez y el pájaro;
las palabras que tuve o que no tuve
para llamar al mundo y que viniera,
las que tienden un hilo minucioso
que va de los balcones a las bocas,
y de las bocas a la historia, y pasan,
las que pasan la noche entre papeles,
o suben la escalera del insomne,
y se introducen en su sueño a ciegas;
las que ordenan el ruido en los rincones,
las que barren el vómito de rabia,
las que saltan del fémur a la luna,
las que cortan la sombra calcinante,
las que labran un nombre en una piedra
para mejor perpetuar el olvido,
las que bajan al árbol por el aire
y se trepan al cielo por el tronco,
las que mastican un cangrejo lento,
las que anuncian el fin de la Cåuaresma,
las que le quitan sueño al asesino
y lo dejan dormir y le montan guardia,
las que no sangran, aunque se las hiera,
las que no mueren, aunque se las mate;
las que roban futuro en un embudo,
las que administran mitos y virtudes,
las que mantienen trato con el viento,
las que advierten el agua incinerada,
las que abren los labios de la tierra
buscando el astrolabio de tu grito,
las que te dicen, sin creer que oyes:
—Vuelve a pelear Ramón, aunque te mueras...
Las palabras no entienden lo que pasa.”


Yo tuve un hermano

Julio Cortázar

Yo tuve un hermano
no nos vimos nunca
pero no importaba.

Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.

Lo quise a mi modo
le tomé su voz
libre como el agua.

_


Caminé de a ratos
cerca de su sombra
no nos vimos nunca
pero no importaba.

Mi hermano despierto
mientras yo dormía.
Mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida.


Che

Mario Benedetti

Lo han cubierto de afiches
de pancartas
de voces en los muros
de agravios retroactivos
de honores a destiempo

lo han transformado en pieza de consumo
en memoria trivial
en ayer sin retorno
en rabia embalsamada

han decidido usarlo como epílogo
como última thule de la inocencia vana
como añejo arquetipo de santo o Satanás
y quizás han resuelto que la única forma
de desprenderse de Él
o dejarlo al garete
es vaciarlo de lumbre
convertirlo en un héroe
de mármol o de yeso
y por lo tanto inmóvil
o mejor como mito
o silueta o fantasma
del pasado pisado
sin embargo los ojos incerrables del “Che”
miran como si no pudieran no mirar
asombrados tal vez de que el mundo no entienda
que cuarenta años después siga bregando
dulce y tenaz por la dicha del hombre.

 
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