Leyenda urbana
El Che de las ciudades
Es probable que cada centro poblado tenga un grafiti, una
bandera, una calle o una historia vinculadas al Che Guevara. Hasta
Second Life, el mundo virtual en el que cientos de miles de usuarios
actúan una vida paralela, tiene sus guevaristas y sus
antiguevaristas luciendo inexistentes camisetas alusivas.
Roberto López Belloso
Barcelona, España
Abrazos, insultos, lágrimas,
apretones de mano. Todo esto era parte de la rutina laboral de Rubén
Pérez, un formoseño que acaba de cumplir 41 años y que durante
varios meses encarnó el papel de “estatua viviente” en las Ramblas
de la capital catalana. Ahí convivía con un astronauta, una mujer
que representaba un cuadro de Dalí, un ángel y un gladiador romano.
Ataviado con uniforme guerrillero y una boina, fumando un puro y con
la barba convenientemente recortada, este actor argentino
interpretaba a su más célebre compatriota. Los paseantes le hacían
preguntas sobre actualidad internacional como si fuera el verdadero,
le contaban lo mucho que habían esperado para sacarse una foto con
él (¿con él?), y hasta se dice que un alcalde malayo le pagó una
gira por varias ciudades del sudeste asiático. Ahora Rubén Pérez
volvió a su país, donde montó una obra en un teatro de Corrientes
(Elchevive), a la vez que interpreta su personaje en actividades
sociales, como la “bicicleteada” que este año pedaleó desde la
Capital Federal hasta la casa-museo de los Guevara, en la ciudad
cordobesa de Alta Gracia.
Varsovia, Polonia
En
Londres se lo puede ver con orejas de Ratón Mickey (atuendo que el
Río de la Plata también destinó a George W Bush), en Copenhague un
esténcil lo ha estampado contra una cerca de madera con gesto de
rapero, y en Munich se le hizo aparecer en un póster con la estética
de Sin City, suplantando una de las imágenes más célebres del filme
de Robert Rodríguez. Los artistas plásticos han intervenido su
imagen innumerables veces, generando obras que no han estado libres
de polémica. Pocos, sin embargo, han tenido la osadía del polaco
Zbigniew Libera, quien recreó en 2002, con actores, las fotografías
de la muerte del Che, dando lugar a una reinterpretación
desacralizadora que tituló “Pozytywy”. No fue ésta, sin embargo, la
exposición más removedora de Libera. Unos años antes había sacudido
a su país con la versión en Lego de un campo de concentración
nazi.
Belgrado, Serbia
Transcurridos siete años
de la última guerra balcánica, los muros, las camisetas y los
carteles se encargan de mantener vivas las viejas rivalidades. Los
albanokosovares mezclan, casi en partes iguales, las banderas y
pintadas del Kosovo independiente con las barras y estrellas de
Estados Unidos. Saben que es Washington el principal paladín de su
independencia y lo agradecen sin mayor pudor. En oposición, al otro
lado de la frontera, los serbios refugian la defensa de su
integridad territorial en la iconografía antiestadounidense. Por eso
su capital, que todavía presenta en sus edificios las heridas de los
bombardeos de la otan, muestra el rostro del Che en grafitis,
esténciles, y hasta en la cartelería de un bar (Caffé La
Revolución!, con signo de admiración al final, doble efe a la
italiana y un par de logos de Pepsi en la puerta de ingreso). Un
joven serbio que estudia filología hispánica explica las razones del
mito: “No es sólo por oposición a quienes nos bombardearon hasta
hace poco, sino que desde siempre la figura del Che fue un símbolo
para los serbios, ya que se asocia con facilidad a la imagen de los
haiducos, los guerrilleros-bandoleros que defendían la libertad de
Serbia en tiempos de la dominación otomana”.
Hong Kong, China
Sus rivales lo criticaban por su melena, por lo que
decidió dejársela crecer hasta que el gobierno chino se disculpe por
la masacre de Tiananm
en, ocurrida en 1989. Además, adoptó el
insulto como nombre y ahora Leung Kwok-hung firma sus manifiestos
como “pelo largo”. Lo criticaban por andar siempre con una remera
con el rostro del Che, por lo que decidió utilizarla como una suerte
de “vestuario político”, y no sólo la lleva a cada movilización,
sino que también la usa cuando ocupa su banca durante las sesiones
del Consejo Legislativo de Hong Kong.
República Checa
El antro parece un bar irlandés. Pero no un bar
irlandés de Irlanda, sino un pub de expatriados irlandeses devenidos
policías o bomberos neoyorquinos, de esos que muestran las películas
de Hollywood. No falta la cerveza negra, la rockola, las mesas
apretadas, y sobre todo no falta la diana hacia la que gruesos
parroquianos lanzan dardos con desigual puntería. La única
diferencia entre este bar de la ciudad vieja de Praga y un refugio
de la nutrida diáspora de San Patricio radica en la iconografía
guevarista. En todas partes, un rostro omnipresente justifica el
nombre de la cervecería: O Che’s.
Puerto Maldonado, Perú
No tenía una camiseta con la imagen del Che porque
en 1963 todavía no las fabricaban. Pero la Cuba nacida de la Sierra
Maestra impactó de lleno, como un meteorito, sobre sus 21 años.
Entonces Javier Heraud dejó para siempre las clases de cine y se
embarcó, clandestino, en la misma dirección que tomaría el Che.
Entró en Bolivia con una columna guerrillera y en Bolivia se
encontró, también él, pero cuatro años antes, aislado y sin apoyo.
Como manotazo de ahogado buscó pasar a territorio peruano, pero se
le adelantaron los soplos de quienes seguían sus pasos en Bolivia.
En la selva peruana, en un lugar llamado Puerto Maldonado, lo
esperaban. Lo acribillaron con balas de cacería cuando estaba
indefenso, en una balsa, junto a otro compañero, dos últimos
sobrevivientes del Ejército de Liberación Nacional del Perú. Javier
Heraud había logrado el raro prodigio de construir una voz poética
propia a pesar de su corta edad. Sus poesías completas caben en 150
páginas amarillentas de un libro de gastadas tapas violetas, de
ediciones Peisa, comprado en un almacén de ramos generales de la
calle Pizarro, en Trujillo. Y allí un poema, “El viaje”, emerge
raramente premonitorio: “y supe que/ al final moriría/ alguna tarde/
entre pájaros / y árboles”.
Publicado en Brecha el 5 de octubre de 2007