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14 de noviembre de 2007
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La Jornada de México
- 12 de noviembre de 2007
España: injerencias no explicadas
Tras la agitación en la clausura de la Cumbre Iberoamericana en
Santiago de Chile, en la que el rey de España, Juan Carlos de Borbón,
intentó callar con malas maneras al presidente de Venezuela, Hugo Chávez,
es preciso ir más allá de los encontronazos verbales y ver que detrás de
ellos hay un redimensionamiento inexorable de la presencia española
–política, diplomática y económica– en nuestro hemisferio.
Editorial
Por principio de cuentas, sería necio desconocer que, tras la muerte de
Franco, la antigua metrópoli desempeñó un papel positivo en América
Latina, asolada entonces por sangrientas dictaduras militares alentadas
desde Washington. Durante los años 80 del siglo pasado, España fue, junto
con Francia, un contrapeso –pequeño y a veces tímido, pero siempre
reconfortante– a los intereses hegemónicos de Estados Unidos en la región
y tierra de asilo para opositores perseguidos.
En la década siguiente, conforme se colapsaban los regímenes militares
en este lado del Atlántico y las nacientes democracias enfrentaban los
saldos de desastre, se produjo una notable expansión de las inversiones
peninsulares en América Latina. El flujo de capitales correspondiente
resultó importante para la recuperación de economías devastadas por la
crisis de la deuda externa.
El avance de la integración española a la Europa comunitaria y la
llegada de los posfranquistas del Partido Popular (PP) a La Moncloa
implicó un realineamiento de la percepción de Latinoamérica en los órganos
del Estado español. Desaparecieron los matices que diferenciaban a Madrid
de Washington y los países de este hemisferio dejaron de ser vistos como
parte de un universo idiomático y cultural común para ser considerados
mercados, en los cuales era preciso aplicar las normas de rapiña y
depredación características del modelo globalizador en curso. A medida que
las economías salían del amargo trance de fin de siglo, de este lado del
mar se cayó en la cuenta que las trasnacionales españolas, ya por entonces
con fuerte presencia regional, no eran menos voraces ni menos implacables
que las estadunidenses.
La rapacidad de las grandes corporaciones peninsulares –especialmente
las que tienen intereses en los sectores hídricos y energéticos– les ha
generado conflictos de diversos grados con gobiernos de Argentina, Bolivia
y con las sociedades de casi todos los países en los que tienen
presencia.
Ante el surgimiento de gobiernos latinoamericanos con propuestas
económicas alternativas al Consenso de Washington y con políticas
exteriores independientes, el gobierno que encabezaba José María Aznar
emprendió una política de abierta injerencia para favorecer a las fuerzas
derechistas de este lado del Atlántico. En el encuentro de anteayer, el
presidente nicaragüense, Daniel Ortega, dio cuenta de cómo, ya en tiempos
de Rodríguez Zapatero, en la embajada de España en Managua se conspiró
para impedir el triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional, lo
que generó por segunda vez la ira del jefe del Estado español, quien
abandonó con rudeza la sesión.
Ayer Chávez recordó que el gobierno de Aznar participó en la conjura
que desembocó en el fallido golpe de Estado de 2002, que por un par de
días alejó al presidente venezolano del poder. El ex jefe del gobierno
español buscó, además, inducir a varios países latinoamericanos –con
especial énfasis México y Chile– a la catastrófica y criminal aventura
bélica de Estados Unidos en Irak (y antes en Afganistán), faltando con
ello al elemental respeto a las soberanías nacionales y a las facultades
exclusivas de cada país de fijar su política exterior.
No hay que equivocarse: no es que Chávez u Ortega le hayan colmado la
paciencia al rey de España, es que algunos gobiernos de este hemisferio
han sido demasiado pacientes ante el intervencionismo español.
Ahora resulta fácil imputar al cavernario Aznar las responsabilidades
por estos actos hostiles, inadmisibles y contrarios a la legalidad
internacional; sin embargo, el ahora destemplado Juan Carlos de Borbón, en
su calidad de jefe de Estado y responsable máximo de la política exterior
de su país, no puede eludir su responsabilidad en las tropelías cometidas
por el gobernante defenestrado luego de los atentados del 11 de marzo de
2004 en los trenes de Madrid.
Las autoridades españolas le deben una explicación a los gobiernos y
pueblos de Venezuela y Nicaragua, deuda que posiblemente se quedará
pendiente por tiempo indefinido, habida cuenta de la arrogancia y el
desdén hacia América Latina que imperan en las altas esferas políticas de
Madrid.
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