Cultura y Sociedad
18 de marzo de 2008

La República de Uruguay - 5 de marzo de 2008

Los horrores de la guerra

La guerra

Es la más terrible, dolorosa y traumática de las experiencias humanas. Sin embargo, una profusa literatura destinada a sublimar semejante horror y miles de películas desbordantes de frivolidad o de crudeza extrema, han terminado por volver liviana, para el común de las personas, la visión última de cualquier guerra.
Fernando Butazzoni

Es simple: muerte y soledad, mugre y desesperanza. A partes iguales, esas señoras se pasean por el campo de cualquier batalla, sea justa o injusta la causa que allí se dirima. Hay analistas y expertos que ya comienzan a opinar con una ligereza que abisma sobre las supuestas consecuencias positivas y negativas, para los uruguayos, del conflicto colombiano y de su internacionalización. Indignan esos cagatintas que nunca estuvieron en combate. Nada de positivo puede haber en una guerra. Nada, nunca. No para los pueblos.

El de la guerra es un tiempo de absolutos. Es un paréntesis macabro en la vida de las personas que no se cierra cuando el conflicto finaliza, sino que perdura en el corazón de cada uno de los combatientes y en la memoria colectiva de las sociedades. Las cicatrices no paran de doler, los fantasmas merodean, el pasado vuelve. Los muertos de una guerra, que para los ajenos terminan siendo un número o, acaso, una imagen para la televisión, son para los propios la insondable nada de lo que pudo haber sido y no fue.

Un avión cruza el cielo a varios kilómetros de altitud. Ni se ve ni se oye. No hay nada que pueda prevenir el ruido como de vieja locomotora que durante tres o cuatro segundos advierte lo que, inexorablemente, va a suceder: una bomba de quinientos kilos de alto poder explosivo cae de punta, a gran velocidad, y perfora el asfalto de una calle cualquiera, no importa cuándo ni dónde. Esa bomba es un prodigio de aerodinámica e ingeniería que, al golpear contra el suelo, acciona una espoleta de retardo que provocará el estallido un segundo después, cuando ya el tallo de la bomba esté siete u ocho metros bajo tierra. El resultado es una detonación que literalmente raja la tierra, chupa todo el oxígeno disponible en una cuadra a la redonda, se lo traga en una sola bocanada de fuego y enseguida lanza una onda expansiva que desgarra, eviscera y aplasta cuerpos.

En una guerra hay muertos, la mayoría de ellos ajenos por completo al conflicto. Hay civiles que, si no terminan triturados por una de esas bombas, terminan sin casa, sin barrio, sin ciudad y sin país. Hay niños que se quedan solos en el mundo y hay padres que se quedan, peor que si muriesen, sin sus hijos. Hay, en cualquier batalla, pegotes de sangre, vientres abiertos en canal, piernas que se van pudriendo sin que se pueda hacer nada. Y esas cosas ocurren en lo más cerrado de una selva tropical o en el centro de una ciudad moderna con todos los servicios y comodidades, porque la lógica de una guerra lleva implícita la crueldad como parte inevitable de su propia dinámica. Eso ocurrió en el pasado, ocurre en el presente y ocurrirá en el futuro. Siempre idéntico a sí mismo, el espanto se repite. Ni los más modernos hospitales de campaña de los más modernos ejércitos del mundo han podido evitarles a sus soldados y a los ciudadanos (convertidos de pronto en simples "civiles") todo ese sufrimiento, esa descomposición en vida de lo humano.

La guerra es un demonio que sabe deslizarse por las hendiduras de nuestra ambición y nuestro individualismo. Es un bicho que recorre distancias enormes en poco tiempo. Contagia, se enmascara y por sorpresa se convierte, de la nada, en la única opción visible. El idioma de la guerra resulta atractivo y suele engatusar a las masas narcotizadas por prédicas patrioteras y triunfalistas. Demasiadas novelas o películas, demasiado discurso vacío, demasiado miedo. Además de un demonio, o acaso por ello, la guerra suele ser un espléndido negocio, en el que siempre ganan los mismos y siempre pierden los mismos.

En estos días el escenario se sitúa en una remota región selvática entre Ecuador y Colombia. Son parajes impenetrables, sin caminos ni electricidad ni comunicaciones. Allí hay apenas algunas comunidades campesinas. Todo es espesura y mosquitos. Sucumbíos, Putumayo, Farfán, Puerto Rápido. Son sólo nombres para una geografía que puede resultarnos demasiado lejana. Sin embargo, el demonio de la guerra hace extrañas marrullerías.

Cualquiera que lea estas notas puede actuar, hacer algo, para así lograr que la distancia no sea una coartada para la desidia. Cualquiera puede, es decir: todos podemos.

Entre todos podemos evitar un poco de esa pavura. Cada quien pensará cómo. Para empezar, podemos llamar a cada cosa por su nombre y dejar las galanuras para el frufrú diplomático. Cualquier gobernante que apele a la guerra es, en el fondo y para siempre, un crápula sin perdón. Eso hay que decirlo. Y hay que decir que la guerra es un demonio, un recurso aberrante, un crimen sin perdón, un absurdo, una mierda. Una auténtica mierda que no nos merecemos.

 
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