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18 de mayo de 2008

La Nación de Chile - 18 de mayo de 2008

Ojo con el mundo

Mandela, ese venerable terrorista

Queda claro en el caso de Sudáfrica, como en muchos otros, que la adjetivación de terrorista es un arma más del vasto arsenal de la propaganda política.

Raúl Sohr

Nelson Mandela, el líder sudafricano, es un símbolo mundial de la lucha por la dignidad humana y la democracia. Pese a ello, en Estados Unidos todavía está en la lista que lo señala como terrorista. Poco importó que fuera Presidente de su país, entre 1994 y 1999, y obtuviera el Premio Nobel de la Paz en 1993. Y la calificación de terrorista es aplicada no sólo a Mandela, sino también a muchos de los dirigentes del partido gobernante de Sudáfrica, el Congreso Nacional Africano (CNA), el mismo que dirigió la lucha contra el régimen supremacista blanco conocido como el apartheid.

El absurdo de esta designación, que en términos prácticos impide el ingreso a Estados Unidos a muchos militantes del CNA, se ha hecho evidente incluso para el gobierno del Presidente George W. Bush. Ahora, a poco de que Mandela cumpla sus 90 años el 18 de julio , se debate en el Congreso norteamericano una ley que levante el sambenito aplicado a tantos otros combatientes contra la opresión racial. Condoleezza Rice, la secretaria de Estado, señaló que la situación actual de tener que autorizar visas especiales es "más bien embarazosa". En lo que toca a los jefes del CNA, la descalificación es más tajante: "Como uno, que sufrió las consecuencias de esta legislación denigrante y repugnante durante los últimos 18 años, ha llegado la hora de terminar en la América democrática con la humillación de los luchadores por la libertad de Sudáfrica", declaró Tokyo Sexwale, uno de los dirigentes de mayor peso del CNA.

La acusación de terrorismo contra Mandela subraya la complejidad de definir a quién le calza semejante sayo. En los hechos, terrorismo es el empleo de métodos de lucha armada clandestina para obtener objetivos políticos. Por lo tanto, puede ser aplicado a todo tipo de organizaciones que van desde la extrema de derecha a la izquierda, incluyendo, en distintos momentos, a la mayoría de las denominaciones religiosas. De allí que no tiene sentido proclamar una "guerra contra el terrorismo", como lo hace el Gobierno de Bush. Estados Unidos, por su parte, ha apoyado la aplicación de métodos terroristas cuando ha servido a sus metas políticas, como ocurrió con los contras en Nicaragua o los muyahidín en Afganistán.

En el caso particular de Mandela, la acusación de terrorismo se basa en la opción adoptada, en 1961, por una facción del CNA que se convirtió "en el brazo armado del pueblo contra el Gobierno y sus políticas de opresión racial". Al año siguiente, en 1962, Mandela fue arrestado y recibió una condena de cinco años. Más tarde fueron capturados muchos de sus camaradas, lo que le valió un nuevo juicio que concluyó con una pena de prisión perpetua, de la cual padeció 28 años.

A poco de ser liberado, le preguntaron qué sentía hacia el régimen que lo sometió a tantas vejaciones. Respondió: "Perdí demasiado tiempo por culpa del odio, no quiero perder un segundo más odiando". Mandela jamás ha renegado de lo que en un momento consideró la forma más eficaz de lucha, que contemplaba el método o la táctica terrorista. Pero con la misma firmeza ha inculcado a sus compatriotas un espíritu de reconciliación.

Con todo, incluso los pueblos capaces de grandes gestas en la lucha contra la opresión pueden cometer tropelías semejantes a las que combatieron. La semana pasada estuve en Sudáfrica, donde ocurrió un incidente de extrema gravedad: en Alexandria, una pobrísima población al norte de Johannesburgo, fueron asesinadas dos personas y más de 40 resultaron heridas, luego de un verdadero pogromo de sudafricanos contra inmigrantes de Mozambique, Malawi y Zimbabue. Una enardecida muchedumbre, al grito de "fuera todos los extranjeros", atacó y robó las magras pertenencias de cuanto inmigrante se les cruzó en el camino. Un incidente similar ocurrió a comienzos de año en las proximidades de Pretoria, la capital. Allí fueron quemadas un millar de casas y asesinadas dos personas.

Este martes, Mandela aprovechó una de sus ya escasas apariciones en público para declarar: "Recuerden el horror de donde venimos; nunca olviden la grandeza de una nación que pudo superar sus divisiones para llegar hasta donde está, jamás descendamos al divisionismo destructivo, no importa cuáles sean las razones". En Estados Unidos hay una vasta comunidad que desea ofrendar la derogación de la condición terrorista como un obsequio de cumpleaños a uno de los hombres ejemplares de nuestro tiempo. Es un calificativo que nunca debió aplicarse. Los que sí lo merecían eran los supremacistas blancos que asesinaron a miles de luchadores o sospechosos de serlo. Queda claro en este caso, como en muchos otros, que la adjetivación es un arma más del vasto arsenal de la propaganda política.

 
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