Hebert Abimorad |
18 de Diciembre de
2002
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Cuando veo a un hombre más bien gordo, morocho y engominado rodeado de un séquito. Mi primera impresión es la de un grupo de mafiosos sicilianos. Pero no, porque Gardel me distingue y se me acerca, como si hubiera distinguido en mí al periodista uruguayo que lo va a entrevistar. Mientras se va acercando, sus compañeros se quedan conversando pero sin perder de vista al artista. Creo que tiemblo cuando veo aquella masa de hombre y una voz que me dice: ”Sólo tiene unos minutos para preguntar. Así que empiece nomás hermano”. Saco la grabadora y él me mira entre desconfiado y cachador, pero su seguridad es tal que no comenta nada. Como no hay mesas ni sillas nos quedamos los dos parados, y yo sosteniendo el grabador en una mano. Lo enciendo y le pregunto: ¿Don Carlos, usted es uruguayo?
¿Pero, es usted uruguayo?
¿Pero nació usted
allí?
¿Es entonces usted francés?
El pibe Piazzolla dice que usted
habla como un uruguayo…
¿Sus amores, señor
Gardel?
¿Por qué?
La última don Carlos. ¿Por qué
su enemistad con Razzano?
Lo veo irse y ya encaminarse al avión. Me quedo para mirar su despegue. Encienden los motores y comienza a deslizarse por la pista. Miro mi Seiko y son las 15 y 16 del 24 de junio. Cuando ya ha recorrido el avión unos doscientos metros, de repente hace un giro de 30 grados y se va contra el otro. Doy vuelta la cara y no quiero mirar, solamente oigo la explosión. Gritos y gente que corre, y pasajeros que saltan por las ventanas en llamas del avión. Una tea viviente se me acerca, se tira al suelo y rueda. Lo trato de ayudar tirándole agua con un balde que encuentro a mi lado. Me mira desesperado, mientras su cara quemada busca el contacto con el agua derramada en el suelo. Unos enfermeros lo recogen y se lo llevan en una ambulancia. Cuando por un instante me mira, sólo ahí reconozco a mi entrevistado. Me quedo unos días más en Medellín para saber que fue de él. Busco y pregunto, y nadie lo vio. Excepto yo. Hebert
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